Rafa Jodar siempre se ha mostrado orgulloso de su Leganés natal
Rafa Jódar, en la intimidad: el barrio en el que creció, la relación con sus padres y su placer prohibido
La nueva sensación del tenis español tiene nombre y apellidos: Rafael Jódar. Con solo 19 años y apenas cinco meses en el circuito profesional, el joven madrileño ha quemado etapas a una velocidad de vértigo. Tras conquistar Marrakech y alcanzar las semifinales en Barcelona, este martes se estrena en los octavos del Madrid Open. Pero detrás de este ascenso meteórico que ha deslumbrado a la Manolo Santana, se esconde una vida sencilla que huye del glamur y los focos.
El nuevo diamante español se ha criado en Arroyo Culebro, un barrio residencial de la ciudad de Leganés, situado en el sur de la Comunidad de Madrid, a unos 15 kilómetros de la capital. Es un rincón joven y tranquilo, pegado al parque de Polvoranca, donde las familias buscan refugio del bullicio de la metrópoli sin alejarse de ella. Allí, entre las aulas del instituto Rafael Frühbeck de Burgos y las pistas de su entorno, el leganense construyó ese carácter que hoy asombra al mundo. Sus raíces siguen intactas gracias al búnker emocional que su familia ha levantado a su alrededor, priorizando la calma de su vecindario frente a la vorágine mediática.
De momento, esta joven promesa no es el típico deportista que se deja ver por los sitios de moda; es, ante todo, un chico de casa que prefiere una cena tranquila en su zona antes que cualquier alfombra roja. La figura central en esta historia es su padre. Se llaman igual y son, según cuentan, la misma persona. Su relación va mucho más allá de lo habitual; es su entrenador, su mánager y su sombra constante desde que empezó a empuñar la raqueta en el Club Chamartín.
Rafa Jódar celebra la victoria ante el brasileño Joao Fonseca durante la tercera ronda del Mutua Madrid Open
El inicio de su trayectoria deportiva responde a una relación muy personal con su padre. De pequeño destacaba en distintas disciplinas, pero terminó inclinándose por el tenis por un motivo sencillo: era la forma de compartir tiempo juntos. «Empecé a jugar al tenis porque era un deporte donde podía jugar con mi padre y nos lo podíamos pasar bien los dos, no necesitábamos más gente», recuerda. Aquella elección acabó convirtiéndose en un vínculo decisivo también en la alta competición. «Cuando las cosas no van tan bien, él siempre tiene una solución. Es una conexión especial».
Rafa sénior, que compagina la docencia como profesor de Educación Física en instituto y universidad con las labores de entrenador, sigue siendo hoy la pieza central de su proyecto. Su madre, también vinculada a la enseñanza como profesora, completa el núcleo familiar más cercano. Jódar no tiene hermanos y, por ahora, la estructura que le acompaña en su crecimiento profesional gira prácticamente en torno a la figura paterna.
De hecho, esta unión (padre e hijo) explica el ritual más comentado de sus partidos. Mientras otros jugadores viajan con séquitos de agentes y psicólogos, su mentor se sienta totalmente solo en el palco, dejando una fila entera de asientos vacíos como si hubiera una barrera invisible. El atleta explica que es una rutina que les funciona: «Yo siempre miro al box y solo está él, y así es muy fácil». Es su progenitor quien le baja los humos, recordándole que sigue siendo el mismo chaval de siempre y manteniéndolo en una burbuja de humildad: aunque gane títulos ATP, la esencia sigue siendo aquel juego entre dos en una pista solitaria.
En las distancias cortas, Rafa confiesa que su «placer prohibido» es dormir; le encantan las siestas eternas siempre que los entrenamientos y su dieta de proteínas se lo permiten. Y aunque se cuida al milímetro con rutinas de bicicleta y baños de contraste -alternando el fuego del agua caliente con el hielo-, se vuelve loco por la comida española. Eso sí, reconoce que es un desastre absoluto entre fogones, casi su único punto débil junto al sueño profundo.
A pesar de que ya se codea con estrellas como Jude Bellingham o de que el propio Carlos Alcaraz le escriba con naturalidad, el tenista sigue siendo un misterio. No se le conoce pareja y su intimidad está bajo siete llaves: «No miro lo que se dice de mí, las redes sociales las uso solo para hablar con mis padres y amigos», asegura para blindarse. Se refugia en la música de Coldplay y en las sagas de Piratas del Caribe o Harry Potter, buscando la desconexión necesaria para alguien que soporta el peso de ser la gran esperanza del tenis nacional.