Fundado en 1910

El pabellón del Príncipe de La ZarzuelaGTRES

La capilla de La Zarzuela donde el Rey Felipe VI hizo la Primera Comunión y Leonor fue bautizada

El Palacio de La Zarzuela, resguardado en el monte de El Pardo a las afueras de Madrid, funciona como residencia oficial de la familia real desde 1963. Aunque los focos mediáticos suelen apuntar al Salón de Audiencias o al Pabellón del Príncipe -la vivienda de 1.800 metros cuadrados diseñada por Manuel del Río donde residen los Reyes desde 2004-, el verdadero corazón sentimental del complejo late en la más estricta intimidad: su capilla privada. Este recóndito oratorio, blindado al ojo público, es el secreto mejor guardado del edificio principal y el lugar donde la Corona se despoja del protocolo para vivir su fe en la más íntima confidencialidad, un recogimiento que arranca temprano cada veinticinco de diciembre con la tradicional misa de Navidad.

Lejos de las descripciones que a veces confunden este espacio con grandes catedrales, según los reportes, el genuino oratorio familiar destaca por una rústica estética de piedra, robustas vigas de madera y coloridas vidrieras que bañan de luz un sencillo altar de mármol. El valor de este santuario es puramente emocional y dinástico. Sus muros han sido testigos de hitos vitales como las primeras comuniones del Rey Felipe y sus hermanas, las Infantas Elena y Cristina, así como del bautizo de la Princesa Leonor. El recinto también abraza el duelo familiar, habiéndose convertido recientemente en la capilla ardiente de Irene de Grecia para ofrecerle un último adiós privado.

Para comprender el origen de este místico refugio hay que bucear en la propia evolución de la finca. Los orígenes de La Zarzuela se remontan al siglo XVII, cuando nació como un pequeño pabellón de recreo bautizado así por la abundancia de zarzas, entorno que incluso sirvió de cuna para el género musical de la zarzuela. Tras quedar prácticamente destruido en la Guerra Civil, el arquitecto Diego Méndez se encargó de su reconstrucción en los años cincuenta, ideando la actual estructura que sirvió de hogar definitivo para don Juan Carlos y doña Sofía. Al cuerpo histórico original -distribuido en dos plantas con despacho, biblioteca y dormitorios- se le añadieron dos alas laterales para oficinas y habitaciones privadas, pero siempre reservando el núcleo del edificio para el recogimiento espiritual.

Incluso los vibrantes exteriores del palacio parecen rendirse ante el silencio de la capilla. Fuera se despliega un mosaico de vida y transformación: el huerto ecológico de la Reina Letizia, el singular hórreo asturiano que adorna los jardines desde 1971 y una activa zona verde con piscina, canchas de tenis, squash y las pistas de hípica que don Juan Carlos mandó construir para la Infanta Elena. Sin embargo, toda esta actividad exterior, custodiada por un frondoso bosque, contrasta con la paz del santuario interior.

Mientras el palacio se moderniza a nivel logístico, como demuestra el edificio Magnolias y sus 2.600 metros cuadrados de oficinas conectados por un túnel subterráneo a finales de los ochenta, la verdadera esencia histórica de los Borbón permanece inalterable. Ni los actos institucionales ni el trasiego administrativo logran perturbar los silencios de la auténtica capilla privada, el rincón donde la historia familiar se resguarda del paso del tiempo.