Regreso de la Victoria a Sevilla. Elías SalaverríaMuseo Naval

Cuando Elcano procesionó en Sevilla para dar gracias por haber dado la Primera Vuelta al Mundo

Los navegantes y pescadores tenían por costumbre ofrecer una promesa a Dios, la Virgen o los santos como san Telmo, san Nicolás o la Virgen del Carmen para que les protegiera durante sus salidas a la mar

Dieciocho hombres exhaustos, cadavéricos y sin fuerzas capitaneados por Juan Sebastián Elcano llegaron a Sanlúcar de Barrameda a bordo de la destrozada nao Victoria el 6 de septiembre de 1522. Habían hecho Historia –con mayúsculas– porque fueron los primeros en circunnavegar la totalidad de la Tierra, 85.700 kilómetros. La Victoria, que no podía navegar, fue remolcada río arriba del Guadalquivir y dos días después Elcano y sus hombres llegaron a Sevilla y desembarcaron en silencio, como quien ha vencido a la muerte y sabe que la gloria terrenal pesa menos que la gratitud.

Elcano había escrito en Sanlúcar a su rey Carlos I, para avisarle de su llegada y lo que habían conseguido: «Mas sabrá su Alta Majestad aquello que más debemos estimar y tener es que hemos descubierto y dado la vuelta a toda la redondez del mundo, yendo por el occidente y viniendo por el oriente». Y solicitó al monarca una recompensa para sus hombres «por los muchos trabajos, sudores, hambre, sed, frío y calor que esta gente ha pasado en tu servicio, les hagas merced de la cuarta parte y veintena de sus cajas e quintalada». Por su parte, la Casa de Contratación de Sevilla envió una nao cargada de víveres para los recién llegados.

Ya en Sevilla, los 18 supervivientes destrozados, hambrientos, sucios y con las ropas hechas girones, no fueron a lavarse, a comer o a festejar que seguían vivos. Según cuenta Pigafetta, cronista y superviviente, «el lunes 8 de septiembre echamos el ancla en el muelle de Sevilla y disparamos toda la artillería». Al día siguiente, como habían prometido, lo primero que hicieron fue agradecer.

No había otra forma de explicarle a Dios a la Virgen lo que habían vivido. Como recoge el cronista Maximiliano Transilvano, secretario de Carlos V, en su carta de 1523, los supervivientes salieron de la nao y emprendieron una procesión «descalzos y con cirios» hasta la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria en Triana. «Fuimos todos con una antorcha en la mano a Santa María de la Victoria y a Santa María de la Antigua», escribe Pigafetta. Llevaban en alto una cruz, y a su paso, los sevillanos se descubrían y los observaban con devoción. En la iglesia ofrecieron su sacrificio a la Virgen y le dieron las gracias por su salvación.

El mar y lo sagrado

Lo que hicieron Elcano y sus hombres no es algo excepcional, forma parte de una tradición enraizada en la cultura marinera de España. Los navegantes, pescadores, galeotes o comerciantes tenían por costumbre ofrecer una promesa a Dios, la Virgen o algún santo como san Telmo, san Nicolás o la Virgen del Carmen para que les protegiera durante sus salidas a la mar.

Además, ofrecían a los santos, a Cristo y la Virgen, exvotos creados expresamente como forma de agradecimiento: maquetas de barcos, pinturas, cartas náuticas, velas, remos, redes, etc. Estos exvotos se depositaban en las iglesias de puerto, ermitas o santuarios vinculados al mundo marinero, como en el Santuario da Virxe da Barca, la iglesia del Buen Suceso de Tenerife, el santuario de la Virgen del Puerto en Plasencia o la iglesia de Santo Domingo en Cádiz, entre tantas otras de mayor y menor tamaño repartidas por el litoral español. Los exvotos eran «narraciones visuales de lo vivido, donde el marino plasmaba el milagro recibido», escribe el historiador Fernando Martínez Nespral en su artículo Naufragios, tempestades y exvotos, publicado en la Revista de Historia Naval.

Esta muestra de espiritualidad marinera forma parte de una tradición mucho más antigua que compartían todos los hombre y mujeres de mar, y que venía de una herencia en la que la fe formaba parte de la vida diaria, también en los buques, porque cuando no quedaba esperanza, en mitad del océano, la tempestad, la soledad, y los peligros, la encomienda en Dios suponía un alivio y en ocasiones un salvavidas.