Jaime Ortega, el general que traicionó a Isabel II por la causa carlista
El desembarco carlista de 1860 que arruinó el plan de Carlos VI para tomar el trono
En abril de 1860, tras la Guerra de África, un grupo de militares carlistas liderado por el general Jaime Ortega desembarcó en San Carlos de la Rápita para proclamar rey a Carlos VI
En abril de 1860 España estaba de celebración. La victoria obtenida en la llamada Guerra de África llevó el júbilo a todos los rincones de la Península. Los arcos del triunfo y los desfiles de los héroes de Marruecos, aclamados por miles de compatriotas, animaron cada localidad por la que pasaban. Sin embargo, el optimismo generalizado se esfumó en cuanto se conocieron las condiciones de la paz firmada con el enemigo derrotado.
La recompensa se consideró demasiado «chiquita» para una campaña tan «grande» como la que se había desarrollado en tierras africanas. La alegría se transformó en indignación y las iras populares dirigieron sus miradas a las autoridades políticas y militares. Algunos, incluso, se atrevieron a señalar a la propia reina.
Isabel II ocupaba el trono español desde noviembre de 1843 y, para su desgracia, estos sobresaltos no eran algo novedoso en su reinado. Prácticamente desde su nacimiento había visto cómo sus derechos a ceñir la corona española eran discutidos. Su tío, Carlos María Isidro, había logrado que sus partidarios, bautizados como carlistas, se enfrentasen a las fuerzas isabelinas durante siete años, de 1833 a 1840.
Aunque fueron derrotados, tiempo después, entre 1846 y 1849, volvieron a levantarse en armas contra la joven reina que, de nuevo, consiguió mantenerse en el trono. Por si esto fuera poco, en 1854 fueron los liberales los que se alzaron contra su reina, que a punto estuvo de ser expulsada del Palacio Real.
Este último episodio dio alas a los carlistas y a su nuevo pretendiente, el hijo de Carlos María Isidro, Carlos Luis de Borbón, quien llegó a establecer contactos con importantes personajes de la corte isabelina. Entre ellos se hallaba su primo, Francisco de Asís, el rey consorte, abierto a una unificación de las dos ramas de la dinastía Borbón: la carlista y la liberal.
Si bien la caída de los progresistas en 1856 y la Guerra de África en 1859 frenaron las aspiraciones carlistas, la situación cambió en la primavera de 1860. La guerra había terminado y un sentimiento de frustración se extendía por España. Esta era la coyuntura perfecta para lograr el triunfo carlista, o al menos así lo estimaron algunos de sus cabecillas.
El desembarco que hundió el sueño de Carlos VI
Uno de ellos fue el antiguo general isabelino, Jaime Ortega, capitán general de Baleares. Sin informar a todos los hombres a su mando, se embarcó con ellos y arribó a San Carlos de la Rápita a comienzos de abril. En la Península debía esperar el pretendiente, junto a su hermano Fernando que, por diversas circunstancias, retrasaron unos días su llegada.
Sin embargo, cuando el general anunció sus planes a las tropas al grito de «¡Viva Carlos VI!», muchos soldados, sorprendidos, respondieron con vivas a la reina. El líder del levantamiento no contaba, ni siquiera, con el apoyo de sus propios subordinados. La confusión se apoderó de los carlistas, incluido el propio pretendiente, ya en España. Así, no tardaron en ser capturados por los militares fieles a Isabel II.
Ortega trató de huir, pero fue arrestado a los pocos días. En su interrogatorio aseguró haber sido traicionado por gran cantidad de tropas que habían dado su palabra de sublevarse junto a él. Llegó incluso a nombrar al general progresista Juan Prim, que negó las acusaciones alegando que se hallaba en África luchando por el engrandecimiento de su patria y por la gloria de su reina.
También apuntó hacia el propio Palacio Real, insinuando que el rey consorte, Francisco de Asís, era partidario de la abdicación de su esposa Isabel en favor de su primo Carlos Luis. Como si se quisiese evitar nuevas revelaciones comprometedoras, Ortega fue juzgado a toda prisa y fusilado. Mientras tanto, Carlos Luis y Fernando fueron obligados a firmar un documento en el que renunciaban a sus derechos al trono. Tras esto, se les permitió partir al exilio. Eso sí, nada más traspasar la frontera se retractaron de lo acordado. No obstante, su repentina muerte, a causa de la misma enfermedad y pocos meses después, trajo cierta calma a la corte isabelina.
La benevolencia de la reina que, además de permitir a sus primos abandonar el país, concedió el perdón a todos los implicados en la trama, no fue entendida por todo su entorno. Hubo quien pensó que se trataba de borrar lo sucedido para no crear un escándalo, debido a la participación en la conjura de personajes muy influyentes de todo el arco político.
En cualquier caso, su postura pareció acertada, ya que el fracaso de San Carlos de la Rápita, la amnistía y la muerte del pretendiente y de su hermano, sumió al carlismo en una crisis que, junto al fin de la Guerra de África, dio estabilidad al gobierno de la Unión Liberal de O’Donnell (1858-1863) que, a la postre, se convertiría en el más largo del reinado de Isabel II.