La gesta de la bandera rojigualda
La gesta de la bandera rojigualda: 240 años de un símbolo que vino del mar
La bandera de España no solo es un emblema nacional, es también un símbolo profundo de la historia, la identidad y los valores de la nación española
La bandera de España, con su identitaria combinación de rojo y amarillo, no solo es un emblema nacional. Es también un símbolo profundo de la historia, la identidad de la nación española y de los valores que la han definido a lo largo de los siglos.
Acerca del significado de sus colores existen varias teorías. La más popular afirma que el rojo representa la sangre derramada en defensa de la patria; mientras que el amarillo simboliza el sol y el esplendor del Imperio español. Por su matiz dorado se le llamó gualda y a la bandera, rojigualda, curiosamente un adjetivo en exclusiva para ella. Pocos objetos o elementos tienen esta condición.
Y precisamente este mes de mayo de 2025 se cumple un aniversario singular y de gran trascendencia desconocida por muchos. Hace 240 años un Real decreto rubricado por el rey Carlos III instaba a lo siguiente:
«Para evitar los inconvenientes y perjuicios que puede ocasionar la Bandera Nacional que usa mi Armada Naval y demás embarcaciones españolas, equivocándose a largas distancias o con vientos calmosos con la de otras Naciones, he resuelto que en adelante usen mis Buques de guerra una Bandera dividida a lo largo en tres listas, de las cuales la alta y la baja sean encarnadas y la de en medio, amarilla, Aranjuez, 28 de Mayo de mil setecientos ochenta y cinco.»
Por lo tanto, obligaba a que la bandera roja y amarilla ondeara en los barcos de la Real Armada Española. Del decreto se imprimieron más de un millar de ejemplares que se distribuyeron en todos los organismos del reino, incluyendo la España de ultramar: los Virreinatos de América y Filipinas.
Bandera de España elegida por el Rey
Un origen desconocido
En aquella época coexistían en España tres tipos de banderas: el estandarte real, las banderas militares y el pabellón de Marina. La bandera blanca con el escudo borbónico no era buena insignia para el mar. La mayoría de los países utilizaban pabellones en los que predominaba el color blanco lo que producía confusiones entre los buques de guerra, sobre todo con los de Francia, Dos Sicilias, los Ducados de Parma y Toscana, incluso con Inglaterra (blanca con la cruz de San Jorge). Era especialmente difícil de identificar sobre todo cuando hacía poco viento y los escudos quedaban ocultos en los pliegues.
Parece claro entonces que la razón para la elección fue puramente visual: se necesitaba una enseña marinera que se viera de lejos y se presentaron al rey Carlos doce modelos para que eligiera y optó por dos: una para los barcos de la Armada de guerra y otro para los mercantes pero con los mismos colores. El Museo Naval de Madrid afirma contundente que: «Está científicamente probado que la elección fue correcta desde el punto de vista técnico ya que son colores bastante perceptibles y diferenciados en la distancia». Pero lo que también es cierto que poderosas razones históricas la avalaban.
Banderas navales de distintas naciones
Las primeras banderas
Las banderas nacieron como un símbolo militar: había una necesidad de identificar los bandos en el campo de batalla. Así en la península Ibérica las primeras banderas o vexilum aparecieron con los legionarios romanos que las utilizaban como insignia en sus campañas y los soldados estaban obligados a jurarles fidelidad.
Posteriormente, los visigodos utilizaban un estandarte con un paño como elemento identificador y hasta San Isidoro las mencionaba al hablar de los ejércitos de su tiempo.
Pero las banderas tal y como hoy las conocemos son de origen árabe: piezas de tela fijadas a un asta desde el que ondean de forma perpendicular. Algunas dinastías usaban un determinado color como el blanco los Omeyas y almohades, o el verde los Fatimitas que inspiraron la moderna bandera andaluza.
La Edad Media
En cuanto a las razones históricas para los colores, el rojo y amarillo eran los tradicionales de España desde la época de la Reconquista. Estaban presentes en la Corona de Castilla, Aragón y Navarra y en castillos, leones, barras y cadenas de los elementos heráldicos.
Durante la Edad Media en España no se utilizaban banderas sino el Escudo Real con los territorios que se poseían como el caso de los Reyes Católicos que utilizaban uno que unía las coronas de Castilla y Aragón.
Con el matrimonio de su hija, Juana, conocida como La loca, con Felipe el Hermoso de Austria, en 1496 irrumpe en nuestro país la Cruz de Borgoña o Cruz de San Andrés. Su característico diseño representa dos troncos de árbol cruzados en aspa que exhiben los nudos de las ramas recordando el martirio de San Andrés que fue crucificado así, en aspa. La cruz era roja sobre fondo blanco o amarillo. Los expertos vexilólogos consideran que esta bandera, tras la batalla de Pavía, hace exactamente 500 años, se convertiría en «la bandera nacional».
Con la llegada de los Borbones las banderas adquirieron una composición clásica y sencilla: un fondo blanco con el escudo de las Armas Reales del monarca.
Pita da Veiga en la Batalla de Pavía
El proceso de Carlos III y la Armada de Córdoba
Como hemos comentado fue Carlos III el que introdujo con su decreto la bandera roja y amarilla en la Armada. Y para ello con antelación, se había contactado con los mejores tejedores del reino. Entre otros con uno de Granada al que se le pidió «exquisitez en la fabricación de las lanillas. Que fueran tupidas, delgadas, con las hiladas afianzadas, de colores vivos y que permaneciesen en el tiempo». Y paralelamente, el ministro de Marina también pedía muestras de telas a los mandos supremos de las tres Capitanías marítimas: Ferrol, Cádiz y Cartagena.
Pero no muestras al azar, pedía expresamente muestras de lanillas encarnadas y amarillas provenientes de las apresadas en el convoy inglés de 1780. Había sido una gesta de proporciones épicas en la que la escuadra al mando del capitán general de la Armada, Luis de Córdoba, había interceptado un riquísimo convoy de más de medio centenar de buques ingleses se dirigían a sofocar la rebelión de las 13 colonias norteamericanas.
Carlos III por Mengs
Nunca llegaron, lo que sería de gran ayuda a los independentistas estadounidenses. España además se incautó de grandes contingentes de víveres, lonas, velamen, jarcias y el sustancioso botín incluía centenas de metros estas lanillas inglesas que gozaban de un acreditado prestigio.
Pero en 1786 llegaba una importante notificación del intendente de Palma de Mallorca. No solo informaba de que existía un nuevo sistema de fabricación de telas, sino que acompañaba las nuevas muestras. El sistema convenció y unos meses después se firmaba un contrato con un tejedor mallorquín Juan Nicolao. Hoy el Museo Naval atesora estas muestras de las lanillas inglesas y españolas como parte de la historia de nuestra bandera.
Bocetos para la bandera naval de Carlos III
La Guerra de la Independencia
La guerra de la Independencia supondría un antes y un después en el despliegue de la bandera rojigualda. Oficiales y miembros de la Armada tuvieron que dejar sus naves y combatir en tierra y lo hicieron con estas banderas como en la batalla de Bailen. La exaltación del sentimiento patriótico se extendería y la bandera fue lucida por los voluntarios españoles que luchaban contra Napoleón. Se ha escrito muchas veces que la bandera rojigualda alcanzaría su cénit político e institucional en las Cortes de Cádiz, pero el experto vexilólogo Luis Sorando afirma que es un error muy extendido, aunque sí la usaría en el trienio liberal la Milicia Nacional.
Con el estallido de las guerras carlistas la bandera rojigualda sería utilizada indistintamente por ambos bandos, el isabelino y el carlista. Para diferenciarse, estos últimos incluían una franja central con el lema Dios, Patria y Rey.
Bandera carlista
Isabel II y el error comunero
Tras la victoria liberal, en 1843 la reina Isabel II todavía una niña, la convertía por decreto en la bandera oficial de la nación y de todos sus cuerpos de seguridad (Ejército, Armada y Milicia Nacional). La bandera naval, tras desembarcar en tierra y sólo 60 años desde su creación, se consolidaba como la bandera que representa a todos los españoles hasta la actualidad. Solo hubo la pequeña excepción de la segunda república que mutó una de sus franjas rojas por morada en homenaje a los comuneros que se rebelaron contra el rey. Craso error porque la que portaban ellos era carmesí. Con el fin de la guerra volvió a instaurarse la bandera tradicional hasta la actualidad. Por ello cumple este año, 240 años de vigencia.
Orgull, por Ferrer-Dalmau
La bandera y las actuaciones heroicas
En el ámbito de la defensa, el abanderado era el militar encargado de portar la bandera, porque era un elemento no solo formal, sino existencial, dentro de los ejércitos. Se exigía el máximo respeto y veneración hacia ella y portarla era un gran honor, y perderla una deshonra. Era el símbolo de la razón y de los objetivos que aunaban a los hombres que peleaban tras sus colores.
La Historia de España atesora centenas de actuaciones heroicas ligadas a la bandera. Ya cuando se usaba la Cruz de Borgoña en la batalla de Pavía el ferrolano Pita da Veiga en misión suicida se lanzó en pleno campo de batalla a recuperar el estandarte, atrapado en campo enemigo, y en el ámbito naval, la acción del granadero extremeño Martín Álvarez fue especialmente emotiva. En la Batalla del Cabo San Vicente, espléndidamente pintado por Ferrer-Dalmau, con el barco desarbolado y la batalla perdida protegió la bandera luchando hasta el último aliento con los ingleses. Cuando lo encontraron, permanecía abrazado a la bandera rodeado de cadáveres. Chorreaba tanta sangre que lo dieron por muerto, pero quedaba en él un hálito de vida y el propio Nelson conmovido por su actuación heroica mandó que lo curaran y que desembarcara en tierra.
En esta línea, Juan Escrigas el director del Museo Naval de Madrid en el documental La Bandera que vino del mar quiso recordar las 25 banderas que habían cubierto las tumbas de los españoles que estuvieron en la isla de Seavey, en Portsmouth.
Martín Álvarez, por Ferrer-Dalmau
Tras el Desastre de Santiago de Cuba con el hundimiento de los barcos de la Armada Española, los supervivientes de las dotaciones fueron hechos prisioneros y repartidos entre el Hospital Naval de Norfolk, la escuela naval de Annápolis y el resto fueron a un campo de prisioneros en la isla de Seavey hoy una base naval. Muchos de los que fueron se encontraban enfermos de tifus, malaria y de distintas enfermedades tropicales. A lo largo del cautiverio, 31 de ellos murieron y fueron enterrados en la isla. Durante 18 años los norteamericanos el Memorial Day, el día que conmemoran a sus héroes ponían flores y una bandera sobre las tumbas de estos españoles. En 1916, sus cadáveres fueron repatriados y recibieron sepultura en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando. Los norteamericanos enviaron las 31 banderitas que habían cubierto esos años las tumbas de los españoles. El Museo Naval de Madrid conserva 25 de ellas.
La significación de la bandera
Al igual que en aquella isla, la bandera española ha cubierto durante siglos y seguirá cubriendo los féretros de muchos españoles que dieron su vida por la patria.
Y es que la significación de la bandera va mucho más allá que una insignia visual y más allá del ámbito militar. Cuando se exhibe para los que aman a su país en eventos deportivos, festividades y celebraciones, la bandera se erige como un símbolo de orgullo y cohesión recordando que todos los españoles que, a pesar de las diferencias, formamos parte de una misma historia que une a las generaciones. Un sentimiento compartido de pertenencia y punto de encuentro emocional.
La bandera española siempre ha ondeado como un poderoso icono de identidad e historia. De la historia en la que los habitantes de la llamada piel de toro lucharon por recuperar su nación contra el Infiel, cuando formaron los Tercios invictos en mil batallas y cerraron el paso del Turco en Lepanto.
Levantaron un Nuevo Mundo y consiguieron que en España nunca se pusiera el sol. Surcaron océanos y desiertos, y portaron nuestra bandera hasta el confín de la Tierra. Defendieron su nación con un coraje inusitado contra Napoleón y lo vencieron. Resistieron en Cuba con pundonor, y fueron los últimos españoles en portarla en una Filipinas que tras 500 años ya no era española.
Celebración en la Plaza de Orense
En el Barranco del Lobo se cantó que había una fuente que manaba sangre de los españoles que murieron por España. Desembarcaron con ella en Alhucemas cubiertos de gloria, se enfrentaron en una gran guerra fratricida defendiendo ideales contrapuestos y combatieron en una guerra olvidada en Ifni y Sahara. Hasta hoy nuestros valientes han dejado su vida en Bosnia, Irak, Líbano, Afganistán, Mali, o Somalia, luchando por la paz bajo la bandera española.
Mucha sangre, sudor y vidas españolas fueron derramadas durante siglos valiente y generosamente… por hombres que como siempre se les recuerda…
Por la Patria morir fue su destino,
querer a España, su pasión eterna,
servir en los Ejércitos, su vocación y sino.
No quisieron andar otro camino,
No supieron vivir de otra manera.
No quisieron servir a otra Bandera,