Leopoldo O'Donnell

El triple desafío de O'Donnell en Cuba: así contuvo revueltas internas y las amenazas de Londres y Washington

Entre las razones que tuvieron los nuevos gobernantes para enviar al militar canario a las Antillas destacó el miedo a perder el control de la isla

Tras la caída y exilio del regente Baldomero Espartero, la victoriosa coalición de liberales progresistas y moderados temió que los británicos le reconocieran como legítimo gobernante, instalándose en Cuba. Precisamente, Londres había conseguido bases en Guinea española, en años anteriores, bajo el pretexto de vigilar al recién prohibido tráfico de esclavos; ocasión que un tercero en discordia, los Estados Unidos, amenazaba con apoderarse de la Gran Antilla si el Reino Unido intentaba ocuparla.

O´Donnell, en este sentido, debía evitar ese triple riesgo: un gabinete 'esparterista' en el exilio, las ambiciones imperiales británicas y la peligrosa injerencia norteamericana. Además, tuvo que hacer frente a los desastres del tiempo sobre la isla, recuperándola de los huracanes de 1844 y 1846.

O´Donnell evitó la entrada, en primer lugar, de literatura independentista, controlando la prensa y procuró depurar la oficialidad militar de posibles revolucionarios. Pocos días antes de la llegada del nuevo capitán general, comenzó una gran revuelta de gente de color en Matanzas, sublevándose al grito de «¡Muerte, fuego y libertad!», incendiándose varios ingenios.

La represión fue dura pero el gobernador pronto se percató de que ese sistema represivo estaba equivocado, pues su resultado más claro y constante era suministrar mártires a la causa revolucionaria.

Por ello, procuró buscar alivio a los difíciles problemas sociales planteados en la isla con una mejor organización del trabajo y con una más adecuada proporción entre las dos etnias, blanca y negra, que poblaban la isla. Bajo su mandato, O´Donnell procuró favorecer los matrimonios entre los braceros de color, impulsando la labor de cristianización de los misioneros; estableció premios para los agricultores que sobresalieran en el cultivo de sus tierras; se recomendó a los dueños de los ingenios que trataran con justicia y mejora a sus trabajadores; e intentó alejar de los núcleos urbanos a los «brazos de color» para que mejorara la producción agraria.

Thurnbull, cónsul británico en La Habana, fue acusado de excitar las aspiraciones a la libertad de la gran masa de trabajadores de la isla, libres y esclavos, animándoles a buscar la ansiada liberación en la independencia de la isla. Sus aspiraciones abolicionistas, en el fondo, buscaban el resquebrajamiento de la autoridad española en Cuba y la expulsión de su presencia que, con el paso del tiempo, debía ser sustituida por la de Gran Bretaña.

La tensión aumentó y O´Donnell incluso ordenó el secuestro de aquellas ediciones de prensa peninsular donde se solicitaban reformas en el gobierno de las Antillas, por el temor de que su lectura añadiera ánimos a los revolucionarios.

Al frente de los abolicionistas y emancipadores se alzó la figura del general venezolano Narciso López, el cual —tras ser apercibido por O´Donnell para que cesaran sus provocaciones— fue condenado a prisión, por lo que huyó al sur de los Estados Unidos, donde continuó con sus planes independentistas.

Y así, durante cinco años, permaneció el militar canario al frente de la capitanía general de Cuba, en cuya administración se condujo con absoluta pulcritud y cumplimiento de la ley, según sus fieles, al contrario que sus enemigos políticos que le acusaron de enriquecerse ilícitamente. Todos los capitanes generales de Cuba, al final de su mandato acumulaban una fortuna, al ligarse el cargo con numerosas prebendas y derechos.

Además de su sueldo, todo documento administrativo con la firma del gobernador debía abonar entre 4 y 10 reales, y teniendo en cuenta que cada vez que llegaba un nuevo capitán general a la isla había que refrendar obligatoriamente todas las licencias, los ingresos en sus arcas fueron considerables. O´Donnell ahorró ese dinero y lo depositó a un cierto interés en la Casa de Comercio en La Habana, de manera que logró una fortuna, al final de su mandato, cifrada entre 4 y 5 millones de reales.

La actuación de O´Donnell en Cuba fue de las más polémicas y tuvo que sufrir la crítica continua de la prensa de Nueva Orleáns y de Gran Bretaña, cuyos intereses se vieron perjudicados. Bajo su mandato se evitó más sublevaciones de mano de obra esclava y mestiza, pues todo conato fue reprimido severamente, como cabía esperar de la estructura colonial de la época, ante una amenaza que ponía en jaque el dominio de la isla. La consiguiente paz permitió acometer diversas obras públicas.

Y es que el 26 de noviembre de 1847, O´Donnell fue relevado de su cargo, entregando el mando al teniente general Federico Roncali, a finales del mes de febrero del año siguiente. Como era costumbre, se le hizo un juicio de residencia sobre su administración en Cuba, siendo publicadas las conclusiones.

En las mismas se indicó que no había habido ninguna demanda en su contra, ni acusación directa contra su persona, siendo las declaraciones de los testigos favorables, presentándole como un gobernador justo en sus acciones, severo en sus principios, desinteresado, eficaz en el mando, leal y empeñado en el progreso de la isla. No hubo tampoco ningún cargo contra su secretario ni contra sus asesores. Es más, hay constancia de una solicitud del ayuntamiento de La Habana a Madrid para que O´Donnell no fuera relevado del mando.