Vista aérea de Manila en 1945
Cuando España casi declara la guerra a Japón en 1945 por la masacre de Manila
Ochenta civiles españoles fueron asesinados en el consulado de Manila por tropas japonesas. El régimen franquista consideró intervenir militarmente para acercarse a los aliados ante su inminente victoria
Manila fue hasta 1945 la ciudad más hermosa de Asia. España había dejado un impresionante patrimonio cultural. La grandiosidad del barroco hispano se había hibridado con las abigarradas aportaciones de la creatividad oriental. El resultado era un urbanismo penetrado por una belleza acogedora y risueña, que armonizaba con la exuberancia vegetal del trópico. Su mayor exponente lo constituía el maravilloso barrio de Intramuros, la antigua ciudad amurallada. Conservaba intacta una magia mestiza de patio andaluz con plaza castellana, de monumentalidad clásica con minimalismo oriental.
Plaza de Santo Tomas
Cuarenta años de presencia americana apenas habían tocado aquella maravilla. El brutalismo desarrollista de los yanquis se había desparramado sobre los barrios de nueva construcción, pero se había detenido ante aquella ciudadela, asentada sobre cimientos de pétrea persistencia, cuajada de cúpulas y torres que proclamaban una intuición de eternidad.
Filipinas fue uno de los escenarios significativos de la Segunda Guerra Mundial. En 1942 la atravesó el vendaval de la invasión japonesa. El retorno de los americanos en 1944 inició otra campaña de tremenda dureza. Entre ambas se libró una permanente guerra de guerrillas, provocada por la crueldad de la ocupación militar nipona y las atrocidades contra la población civil. En total hubo alrededor de 800.000 víctimas.
Manila no pudo librarse de la destrucción. Carecía de importancia militar, por lo que el alto mando japonés ordenó su abandono. Sin embargo, el almirante Iwabuchi Sanji decidió por su cuenta organizar su defensa, comprometiéndose a luchar hasta el último hombre. Aprovecharon varias buenas posiciones defensivas, especialmente los sólidos edificios de Intramuros.
La consiguiente batalla, que duró un mes, culminó en un baño de sangre y la total devastación de la ciudad. Fue el escenario de los peores combates urbanos en el teatro del Pacífico, y de espantosas represalias de los japoneses contra la inerme población civil. La comunidad española sufrió lo indecible. Una de las matanzas más significativas tuvo lugar en nuestro consulado, donde fueron salvajemente asesinadas 80 personas allí refugiadas.
Las atrocidades japonesas y los bombardeos estadounidenses arrasaron totalmente la ciudad. Bajo los escombros quedaron los cadáveres de cien mil de sus habitantes, un número de muertos comparable al bombardeo de Tokio o a la bomba atómica de Hiroshima.
Las fuerzas imperiales japonesas heridas se rinden a los soldados estadounidenses y filipinos
Los acontecimientos causaron una fuerte impresión en España. Las inicialmente buenas relaciones existentes se habían deteriorado como consecuencia del brutal comportamiento nipón. Quizá por ello, el Gobierno español se había negado a establecer relaciones diplomáticas plenas. Se mantuvieron a nivel de encargados de negocios, sin llegar al intercambio de embajadores.
La destitución de Serrano Suñer como ministro de Exteriores y su sustitución, primero por el aliadófilo Jordana y, tras su muerte, por el moderado Lequerica, evidenciaron la intención del régimen de congraciarse con los aliados. Desde el Gobierno empezó a difundirse la teoría de las «tres guerras».
Muy resumidamente: España era partidaria de Alemania en la guerra contra la Rusia soviética; era absolutamente neutral en el enfrentamiento entre el Eje y los anglosajones; partidaria de estos en la guerra del Pacífico, en la que Japón se estaba transformando en «el enemigo de la civilización cristiana».
Un grupo de camilleros estadounidenses transportando a un soldado herido a través de las ruinas de Intramuros
Han quedado escasas pruebas documentales de este proceso, pero se sabe que en los círculos cercanos al Gobierno se comenzó a hablar de una intervención militar contra el Japón con el envío de dos divisiones de voluntarios. Incluso se difundió el rumor de que estarían encabezadas por sendos generales prestigiosos: Muñoz Grandes y Antonio Aranda.
El apoyo más decidido a esta iniciativa se manifestó en los ambientes más ideologizados del régimen, especialmente por parte del ministro secretario general del partido único, José Luis Arrese, un hombre de profundas convicciones cristianas y falangistas. En uno de sus libros relata sus conversaciones al respecto con Lequerica. En los círculos juveniles, organizados en torno al SEU, se habló de una nueva División Azul.
No hay duda de que Franco y Lequerica estudiaron jugar la carta japonesa para aproximarse a los aliados, ante la evidencia de su inevitable victoria. El agregado militar británico en Madrid, Windam Torr, relata en sus memorias que el ministro español le había comunicado informalmente la intención de declarar la guerra al Japón. El inglés preguntó los motivos de tan repentino cambio. «Franco siempre ha odiado a los japoneses», contestó textualmente el español.
Los aliados recibieron la noticia con indisimulado sarcasmo. Rechazaron la oferta subrayando que se trataba de un asunto exclusivamente español y que nunca aceptarían ningún tipo de alianza.
Finalmente, España se limitó a romper cualquier tipo de relación diplomática con Japón como consecuencia de la masacre sufrida por los españoles de Manila. Se realizaron también numerosas gestiones buscando la protección de los supervivientes.
Inicialmente, Filipinas tenía alrededor de 7.000 miembros y no se sabe cuántos perecieron durante los combates. Ante la tibieza norteamericana al respecto, finalmente se enviaron dos barcos para repatriar a cuantos españoles lo desearan. Lo hicieron varios centenares que lo habían perdido todo. Aquellos sí que fueron realmente «los últimos de Filipinas».