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Siete encuentros que forjaron y fracturaron el Imperio español

El Imperio español fue una de las principales potencias de la Edad Moderna, y su historia se extiende a lo largo de cuatro siglos: «Es una historia de éxito y no una historia de fracaso», afirmaba el historiador Manuel Lucena en entrevista con El Debate. A partir de 1492, España construyó un sistema de dominio intercontinental que se expandió por Europa, América, África y Asia, dando lugar a un imperio donde no se ponía el sol. Sin embargo, las constantes guerras, la crisis monárquica y los conflictos internos precipitaron su declive. En 1898, la derrota ante Estados Unidos supuso la pérdida de los últimos territorios de Ultramar. A continuación, repasamos siete encuentros que forjaron y fracturaron esta historia

Sarah Durwin

Madrid 24 jul. 2025 - 04:30

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Isabel y Colón

«Algo se inicia como un vasto social cataclismo sobre la faz del orbe» reza la placa «en recuerdo de la audiencia de los Reyes [Católicos] a Colón el 20 de enero de 1486 en el Palacio Arzobispal» en Alcalá de Henares. En aquel encuentro comenzó a fraguarse el viaje a las Indias que desembocó en el descubrimiento del Nuevo Mundo. Aunque en un principio los Reyes Católicos se negaron a la propuesta del almirante, finalmente –con ayuda del confesor real– logró persuadir a Isabel la Católica de la viabilidad de la nueva ruta que ofrecía hacia las Indias. De este modo, el almirante partiría el 3 de agosto de 1492 del puerto de Huelva con tres navíos: la Niña, la Pinta y la Santa María. Dos meses después, llegaría a la isla de Guanahaní (ahora isla Waitling en las Bahamas), convencido de que había llegado a Asia, sin embargo, acababa de descubrir un «Nuevo Mundo», un nuevo continente: América, realizando «la gesta más notable de la historia de la humanidad», en palabras del hispanista Hugh Thomas.

Los Reyes Católicos y Boabdil

La pintura de Francisco Pradilla y Ortiz inmortaliza la entrega de las llaves de Granada por parte del último rey nazarí, Boabdil, a los Reyes Católicos el 2 de enero de 1492. Este acontecimiento marcaba el fin de la Reconquista y la desaparición del último reino musulmán en la Península Ibérica, unificando España bajo el gobierno de Isabel y Fernando. Cuando la noticia de la toma de Granada llegó a Roma toda la ciudad «se puso en regocijo y fiesta», según recoge el cronista de la época Jerónimo Zurita, pues había caído el último enclave musulmán de Europa occidental. No solo Roma, sino Europa entera celebró esta conquista. Tras la entrega de las llaves, unos soldados entraron en la Alhambra e izaron en una de sus torres una cruz y el pendón regio de Castilla, un heraldo comenzó a gritar, según afirman fuentes históricas: «Santiago, Castilla, Granada, por los muy altos y muy poderosos señores don Fernando y doña Isabel, rey y reina de España, que han ganado esta ciudad de Granada y todo su reino por la fuerza de las armas…».

'La rendición de Granada', de Francisco Pradilla (1882). Wikimedia

Cortés y Moctezuma

Este encuentro que «marcaría el futuro de todo un continente» –tal y como consideró nuestro colaborador Bernard Durán en un artículo publicado en este medio– tuvo lugar el 8 de noviembre de 1519. Aquella reunión significó el choque entre dos mundos, dos idiomas y dos formas diferentes de concebir la realidad. Más de 500 años después de que Hernán Cortés y Moctezuma se reunieran en Tenochtitlan, Ituriel Moctezuma Romero, descendiente directo del emperador azteca describió este encuentro histórico en conversación con El Debate de esta manera: «Creo que fue respetuosa. Cuando Cortés entró a Tenochtitlan, según las crónicas y datos que tenemos nosotros, mandó tirar 20 tiros con las armas de fuego, como haciendo honores. Moctezuma a su vez alojó a Cortés y a su gente en uno de los mejores palacios de Tenochtitlán y durante varias semanas estuvieron conversando sobre muchas cosas».

Juan Ginés de Sepúlveda y Fray Bartolomé de las Casas

  • Reunidos en Valladolid durante 1550 y 1551, Juan Ginés de Sepúlveda y Fray Bartolomé de las Casas debatieron sobre los derechos de los indios dentro de la conquista de América. Era la primera vez que un Imperio organizaba oficialmente una Junta «sobre la justicia de los métodos para extender su dominio», comenta el doctor en Filosofía Alfonso Maestre Sánchez en su artículo sobre la conocida como Disputa de Valladolid, la cual define como un «testimonio apasionado de un hecho decisivo en la historia de la humanidad». Mientras que Ginés de Sepúlveda defendía una guerra justa contra los indios por pecadores e idólatras; De las Casas consideraba que las crueles costumbres de las sociedades precolombinas no eran peores que las que había habido antaño en España y el Viejo Mundo. Además, fray Bartolomé defendió que los nativos eran «hombres capaces de llegar a ser cristianos», con «pleno derecho a gozar en sus bienes, su libertad política y su dignidad humana, y que en su creencia deberían ser incorporados a la civilización española y cristiana en vez de ser esclavizados o destruidos», prosigue el artículo de Maestre. Aunque la disputa finalizó sin resolución, contribuyó a consolidar un debate que influyó en la evolución de las leyes de Indias y en los intentos por aplicar las reformas impulsadas desde la Corona.


Carlos IV, Fernando VII y Napoleón

En 1808, España atravesaba una grave crisis política y social. El descontento hacia Carlos IV y su valido Godoy se extendía entre la nobleza, el clero, los ilustrados y el pueblo. El Motín de Aranjuez forzó la abdicación del rey en favor de su hijo, Fernando VII, «pero pronto se iba a comprobar que la crisis de la Monarquía absoluta no iba a solucionarse con el cambio de su titular», indican Marta Friera Álvarez e Ignacio Fernández Sarasola de la Universidad de Oviedo en un artículo. las tropas francesas ocupaban el país tras el Tratado de Fontainebleau. En este clima, Napoleón convocó a padre e hijo a Bayona y los forzó a renunciar al trono, imponiendo como rey a su hermano José Bonaparte. «El rey Carlos [IV] no pudiendo las circunstancias actuales ser sino un manantial de disensiones, tanto más funestas cuanto las desavenencias han dividido su propia familia, ha resuelto ceder, como cede por el presente, todos sus derechos al trono de las Españas y de las Indias al emperador Napoleón, como el único que, en el estado a que han llegado las cosas, puede restablecer el orden», rezaba el acta de abdicación de Carlos IV en favor del francés. El episodio desató un rechazo generalizado y un levantamiento popular que marcó el inicio de la Guerra de la Independencia.

Simón Bolívar y Pablo Morillo

La entrevista entre Simón Bolívar y Pablo Morillo en Santa Ana representó el último intento de reconciliación entre España y la América española. El español había llegado a América con instrucciones de pacificar el continente; sin embargo, esas órdenes se enfrentaron a la realidad de un territorio vasto, una guerra brutal instigada por Bolívar contra los partidarios de España y odios irreconciliables entre realistas y patriotas. Logró estabilizar Venezuela y reconquistar parte de Nueva Granada. Además, intentó aplicar una política conciliadora que incluyó indultos, pero fue saboteada por la desconfianza interna, la traición de algunos rebeldes y el resurgimiento de Bolívar. A esta situación cada vez más insostenible se sumó la revolución liberal en la Península (1820), lo que bloqueó los refuerzos y forzó al general español a aceptar un armisticio con el Libertador, con quien se reunió en Santa Ana el 27 de noviembre de 1820. Aunque formalmente invicto, comprendía que el equilibrio militar favorecía ya a los insurgentes, que aprovecharon la tregua firmada para reforzarse. Así, se selló no solo el fracaso de su expedición, sino el destino del imperio español en América. La entrevista en Santa Ana y los tratados de armisticio marcaron el principio del fin del dominio español en el continente.

Firma del Tratado de París

El 10 de diciembre de 1898 se firmaba el Tratado de París entre España y Estados Unidos selló el fin del Imperio español como potencia tras más de cuatro siglos de historia. Las derrotas en Cavite (Filipinas) y Santiago de Cuba, obligaron al Gobierno español a negociar la paz con Estados Unidos, que impuso una serie de condiciones: la renuncia a Cuba, la cesión de Puerto Rico, Guam y Filipinas, y la evacuación inmediata de los territorios ocupados. Al frente de la delegación española estuvo Eugenio Montero Ríos, quien no tuvo margen de maniobra en las negociaciones. Tras dos meses de tensiones y con la amenaza de un desembarco estadounidense en la Península, se firmó un tratado que marcó el colapso definitivo del Imperio español en América y Asia, y el paso de España a una potencia de segundo orden. «España sintió que la era de las aventuras en el extranjero había terminado, y que en adelante su futuro estaba en casa», escribió el historiador español Salvador de Madariaga en España: una historia moderna.


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