Soldado republicana en Barcelona (1936). Entrenamiento de una miliciana republicana, fotografiado por Gerda Taro
Taro, Horna o Michaelis: las fotógrafas que capturaron el alma de la guerra civil española
Sus imágenes no solo documentaron el conflicto: rompieron moldes, contaron verdades incómodas y desafiaron la narrativa oficial. Este es su legado
Durante la guerra civil española (1936-1939), una de las contiendas más simbólicas del siglo XX, emergió un fenómeno tan inusual como poderoso: el de las mujeres fotógrafas de guerra. En una época en la que el periodismo gráfico estaba firmemente controlado por hombres, figuras como Gerda Taro, Kati Horna, Margaret Michaelis, Tina Modotti y Margaret Bourke-White rompieron barreras, empuñaron sus cámaras como armas y narraron el conflicto con una mirada radicalmente distinta.
Lejos de buscar la épica heroica que caracterizaba la propaganda oficial, estas mujeres capturaron el rostro humano del conflicto: el sufrimiento civil, la cotidianidad truncada, la vida en las trincheras desde una perspectiva íntima. Sus imágenes no eran solo documentos: eran actos de resistencia.
La guerra con ojos de mujer
Gerda Taro, de origen judío-alemán, fue la primera fotoperiodista que murió en el frente. Su trabajo, junto a su pareja Robert Capa, estuvo marcado por una cercanía conmovedora a sus sujetos. A menudo eclipsada por Capa, debido a que ambos compartían el seudónimo «Robert Capa», su obra ha sido rescatada en décadas recientes como pionera del fotoperiodismo de combate con una sensibilidad distinta: más humana, más próxima, más política.
Uno de los negativos recuperados de Gerda Taro: «Dos soldados republicanos con un soldado en una camilla, Puerto de Navacerrada, frente de Segovia»
Kati Horna, fotógrafa húngara, aportó una visión completamente diferente. Aliada del anarquismo, colaboró con la CNT y la FAI, documentando no solo el conflicto, sino también las transformaciones sociales y colectivistas que emergían en la retaguardia republicana. Su mirada era surrealista, profundamente femenina, cargada de simbolismo. Las más de 500 imágenes suyas recuperadas recientemente desde los archivos de Ámsterdam reescriben parte de la memoria visual del conflicto.
Milicianos de la División Ascaso toman el almuerzo, en el frente de Aragón en 1937, obra de la fotógrafa Margaret Michaelis
Margaret Michaelis, austriaca de origen judío, fotografió la vida en los barrios obreros de Barcelona y la transformación industrial en las zonas colectivizadas. Aunque no estuvo en el frente, sus retratos son testimonio de una guerra que también se libraba en las fábricas, en los mercados y en las calles.
Tina Modotti, activista comunista y fotógrafa ítalo-mexicana, no cubrió directamente la guerra, pero fue fundamental en la creación del imaginario visual antifascista. Desde el exilio, movilizó recursos, artistas y voluntades en apoyo de la República.
Y Margaret Bourke-White, estadounidense, rompió otro techo de cristal: fue la primera mujer en fotografiar zonas de combate en varias guerras, incluida la española. Su presencia en el frente fue histórica no solo por sus imágenes, sino por lo que representó: una mujer narrando desde el epicentro del peligro.
Su legado
Estas fotógrafas no solo enfrentaban el fuego cruzado de la guerra, sino también el fuego sordo del machismo. Su trabajo era ignorado, invisibilizado o atribuido a hombres. Muchas usaron seudónimos; otras no vieron sus imágenes publicadas hasta décadas después. El legado de Gerda Taro, por ejemplo, fue durante años confundido con el de Capa. No fue hasta bien entrado el siglo XXI que empezó a reivindicarse su nombre con justicia.
Además de los obstáculos de género, estas mujeres también enfrentaron barreras de clase, raza y afiliación política. El caso de Salaria Kea, enfermera afroamericana que sirvió en la España republicana, muestra cómo el racismo y el sexismo se entrelazaban incluso dentro de una causa progresista. Su historia, apenas documentada, nos obliga a preguntarnos cuántas otras quedaron fuera de los archivos por no encajar en los cánones de la historia oficial.
Más allá del fotoperiodismo tradicional, muchas de estas mujeres utilizaron la imagen como denuncia, propaganda o poesía visual. Horna, por ejemplo, hablaba de un «testimonio de género» en sus fotografías: una forma de contar la guerra no desde la épica masculina, sino desde el dolor, el desgarro y la dignidad de las mujeres que también luchaban, sobrevivían y resistían.
En sus imágenes no vemos solo soldados y trincheras. Vemos madres, niños, obreras, milicianas, despedidas, calles bombardeadas pero vivas. Documentaron no solo la muerte, sino la vida en medio de ella. Una vida que insistía en no rendirse.
Gran parte del trabajo de estas mujeres fue rescatado en décadas recientes gracias a la labor de archivistas e historiadores. El caso más emblemático es el de Horna, cuyas fotos se creían perdidas hasta que un investigador halló cuarenta cajas de negativos en los archivos del sindicato CNT en Ámsterdam. Esas imágenes dormidas hoy reconfiguran la historia visual de la Guerra Civil.
Mujer dando el pecho a su hijo en Vélez Rubio (Almería) en 1937. Foto realizada por Kati Horna
El rescate de este legado no es solo un acto de memoria: es un acto político. Al reivindicar el trabajo de estas fotógrafas, no solo les devolvemos el lugar que les corresponde en la historia del fotoperiodismo, sino que también reescribimos una narrativa bélica tradicionalmente masculina, añadiéndole voces, matices y verdades que habían sido silenciadas.
Las mujeres que fotografiaron la guerra civil española no solo documentaron un conflicto. Lucharon, con cada disparo de cámara, por una manera diferente de mirar el mundo. Una mirada más justa, más cercana, más humana. Hoy, sus imágenes siguen hablándonos: no solo del pasado, sino del futuro que aún está por construirse.