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Leopoldo III y Balduino de BélgicaWikipedia

Balduino empezó su reinado en un ambiente de insurrección civil

El 11 de agosto de 1950, hace 75 años, el aún Príncipe asumía la regencia de un país partido en dos, duro periodo de preparación para un reinando que comenzaría un año más tarde

Sabía el Príncipe Balduino de Bélgica que al aterrizar en la base militar de Melsbroek, cercana a Bruselas, a las 7.30 de la mañana del 22 de julio de 1950 que se encontraría con una situación política y social tensa.

Mas no con un país -cuyo suelo pisaba por primera vez en 6 años- al borde de la insurrección. El referéndum sobre la vuelta al trono de su padre Leopoldo III se había resuelto con una victoria de este último con un 57 % de los votos.

Sin embargo, tres cuartas partes de esos votos procedían de Flandes. La inevitable consecuencia fue la no aceptación del resultado por amplios sectores, principalmente de izquierdas, en la Valonia francófona.

Así las cosas, los disturbios empezaron al llegar la Familia Real, cuyo cortejo entre Melsbroek y Bruselas fue recibido por un público escaso y poco entusiasta: había en el trayecto casi más soldados que ciudadanos.

Esa misma tarde, el primer ministro, el socialcristiano francófono Jean Duvieusart, presentó su dimisión a Leopoldo III, que la rechazó.

Cinco días más tarde, quedaba proclamada la huelga general, seguida, sobre todo, como recuerda Stéphane de Lobkowicz en su biografía de Balduino, «en Lieja, Charleroi, en el Centro [de Bélgica] y en el Borinage, que eran las únicas regiones que habían votado mayoritariamente a favor del no en el referéndum».

El día 30, la movilización alcanzó su punto álgido el 30 de julio. En Grâce-Berleur, municipio minero situado a las afueras de Lieja, la violencia de los manifestantes desembocó en una no menos violenta réplica de la gendarmería, cuyos integrantes dispararon sobre la multitud, causando la muerte de tres personas.

La sangre derramada elevó alarmantemente la presión sobre la clase política y sobre el Rey hasta el punto de que Duvieusart empezó a susurrar a Leopoldo III que, tal vez, la solución más razonable consistiría en delegar sus funciones constitucionales en su hijo mayor el Príncipe Balduino.

En un primer momento, el todavía soberano intentó resistir. Sin embargo, ante la unanimidad cada vez más sólida entre unos partidos generalmente divididos, cedió en la dramática noche del 31 de julio al 1 de agosto, tras arduas negociaciones sobre la forma en que anunciaría la no menos dramática decisión. El traspaso de funciones se fijó para el 11 de agosto.

Que el Príncipe Balduino solo tuviera 20 años -la mayoría de edad se alcanzaba con 21- le permitía asumir las funciones, si bien no ser proclamado Rey.

Era lo más prudente, pese a que al joven Príncipe le caían abruptamente unas inmensas responsabilidades. Nada extraño, pues, que a las 3 de la tarde del 11 de agosto de 1950, cuando apareció en la sede del Parlamento vistiendo uniforme de teniente general -desprovisto, por cierto, de formación militar previa, debido a la precipitación de los acontecimientos-, proyectase una imagen tímida e inseguro.

Una sensación que se hizo aún más perceptible cuando prestó juramento en neerlandés y en francés. Justo después, una voz surgió procedente de los escaños comunistas: «¡Viva la República!». Era la del diputado comunista Henri Glinier. Pero fue atribuida al jefe del partido, Julien Lahaut, quién fue abatido en la puerta de su casa por un fanático una semana después.

Los comunistas habían previsto el incidente: era inicialmente Lahaut el encargado de pegar el grito republicano. Pero Glinier, enfervorizado, se adelantó. Sea como fuere, Patrick Roegiers en La Spéctaculaire histooire des rois des Belges observa que la era de Balduino «empezó con un asesinato».

El Príncipe Real -asumió ese título porque no convenía que fuera llamado Príncipe Regente, para no ser confundido con su tío carnal el Príncipe Carlos, regente de Bélgica entre 1944 y 1950- empezó su era con la máxima prudencia.

Este primer periodo no estuvo, sin embargo, exento de momentos duros. Por ejemplo, negó el saludo a Hubert Pierlot, el primer ministro que se enfrentó -con consecuencias trágicas para Bélgica- a Leopoldo III en 1940.

En junio de 1951, en cambio, fue el general norteamericano Dwight Eisenhower quién se negó a asistir a una ceremonia militar en compañía de Balduino, proyectando sobre él la antipatía que le profesaba a su padre.

Mas el enfrentamiento más violento se produjo en el plano familiar: su tío Carlos, el Príncipe Regente, seguía viviendo en el Palacio Real de Bruselas -Balduino hacia lo propio, junto a Leopoldo III en el castillo de Laeken, en las alturas de la capital-, lugar que quería utilizar como su despacho oficial, al igual que sus antecesores.

Sin embargo, las relaciones execrables entre Laeken y Carlos hicieron que Balduino se negase a pisar el Palacio Real mientras estuviera ahí su tío carnal. Obtuvo satisfacción: en octubre de 1950, el antiguo regente se largó.

Estos incidentes, con todo, no deben empañar el buen hacer general del joven Balduino que, cuando fue proclamado oficialmente quinto soberano de los Belgas en agosto de 1951, ya había sentado las sanas bases de lo que sería un reinado muy positivo para el país creado en 1830.