Rafael Covaleda, el sacerdote que se hizo miliciano

Rafael Covaleda, el sacerdote que se hizo miliciano: una excepción en la Guerra Civil

Mientras la mayoría del clero sufría la persecución en zona republicana, algunos pocos sacerdotes se alinearon con el Frente Popular. Esta es la historia de uno de ellos

No fue la regla general, pero durante la Guerra Civil algunos sacerdotes —no muchos— se alinearon con el bando republicano. Uno de los más destacados fue don Jesús Arnal Pena, que fue secretario del anarquista Buenaventura Durruti hasta la misteriosa muerte de este. Todos estos presbíteros se desmarcaron de lo establecido por los obispos españoles en la carta colectiva de 1937.

Los prelados defendían que el bando nacional era el único que protegía y defendía a la Iglesia, frente a la feroz persecución a la que se la sometía en la zona republicana. Curiosamente, ninguno de los sacerdotes que se alinearon con los republicanos criticó nunca la brutal persecución contra la Iglesia.

Una de estas excepciones fue don Rafael Covaleda, párroco de la localidad de Valdemorillo, cercana a El Escorial. Fue uno de los pocos sacerdotes que ejercieron como milicianos durante la contienda.

Poco después del Alzamiento, don Rafael se encontraba en una de las fincas del pueblo. Allí fue apresado por los milicianos, que lo condujeron ante el comandante Liberino González, carpintero de profesión. El preso preguntó al comandante si iba a ser fusilado, pero este repuso que él no fusilaba a nadie por capricho, sino que primero dialogaría con él y, después, ya se vería.

Tras varios días en el cuartel, el comandante preguntó a don Rafael si quería alinearse con la causa republicana, a lo que este, sorprendentemente, respondió: «Sí, por justicia y hasta por cristianismo».

Entonces, el comandante le dio un fusil y el correaje, y así el joven sacerdote se convirtió en miliciano. Don Rafael fue entrevistado en el diario madrileño La Voz el 16 de diciembre de 1936. En ella reconocía que seguía siendo católico, pero injustamente denunciaba la intromisión de la Iglesia en política en España. Aún fue más allá y se atrevió a afirmar que se había producido un descrédito del sacerdocio en España e, incluso, que los presbíteros ancianos estaban contra el pueblo.

No se puede saber con certeza qué pasaba por la mente de don Rafael, pero, una vez terminada la contienda, afirmó que se había convertido en miliciano tan solo para salvar la vida.

Terminada la guerra, llegó a ejercer como coadjutor de la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, en el madrileño barrio de la Prosperidad. Curiosamente, otros milicianos como él habían sido quienes fusilaron el monumento del Señor en 1936. Finalmente, falleció en Madrid el 22 de noviembre de 1950.