Cilindro asirio que representa un exorcismo
De la magia al rito: evolución histórica del exorcismo en el mundo antiguo
Práctica milenaria, el exorcismo pasó de rito marginal a herramienta clave en la expansión y autodefinición del cristianismo primitivo
El exorcismo es un tipo de práctica religiosa bastante bien conocida. Esto no implica que se trate de una práctica habitual o cotidiana, pero sí que su existencia se remonta milenios atrás, pues se atestigua por primera vez en Mesopotamia desde, al menos, el tercer milenio a.C., tal y como muestran los cilindros del rey Gudea de Lagash (ca. 2144-2124 a.C.).
Los exorcismos implican la creencia en un ser espiritual, generalmente denominado «demonio», aunque también puede tratarse de un espíritu, un diablo o un fantasma, capaz de poseer seres vivos —principalmente, personas— y, en ocasiones, objetos o incluso lugares, causándoles daño de diversas maneras. Por consiguiente, es necesario expulsar a estos seres espirituales, y para ello, los creyentes desarrollaron una serie de rituales que solían incluir la invocación de un poder superior al que causaba el daño. Estos rituales podían consistir en oraciones, invocaciones, órdenes, amenazas o gestos, entre otros, y eran realizados habitualmente por un profesional religioso, conocido como exorcista, con el fin de expulsar al espíritu maligno del ser o cosa poseída.
Desde un punto de vista etimológico, el término se origina a partir del griego ex-horkizô, que no presentaba una connotación religiosa ni mágica, sino legal. Procede de horkos, juramento, y designa el proceso por medio del cual un ciudadano podía demandar a un adversario, que automáticamente prestaba juramento como parte del proceso judicial.
Así pues, se trata, literalmente, de la acción de atar legalmente a un demonio mediante un juramento. Este matiz ya se encontraba presente en el concepto judío precristiano de hashba’ah.
No obstante, y si bien hay ejemplos en otras culturas de la Antigüedad –como ya se ha mencionado–, no cabe duda de que la popularización del concepto se encuentra estrechamente vinculada a la tradición latina y cristiana, y que las primeras evidencias de lo que podríamos considerar la fórmula «clásica» del exorcismo no son anteriores a las primeras centurias cristianas.
El exorcismo se convirtió en una práctica común en el contexto de las primeras misiones cristianas, lo cual resulta comprensible si consideramos la propia actividad exorcística de Jesús, tal como se presenta en los evangelios, y su mandato a sus discípulos de hacer lo mismo. Sin embargo, esta práctica tuvo que adaptarse con el tiempo al contexto cultural y la sensibilidad religiosa grecorromanos.
Cristo cura a los poseídos, de un comentario ilustrado sobre el Evangelio de Marcos
Muchos griegos y romanos, especialmente los más relacionados con la esfera intelectual, asociaban el cristianismo con la magia y la superstición, como Celso, quien afirmaba que Jesús realizaba sus milagros mediante la magia que supuestamente aprendió durante su estancia en Egipto (Origen. Cels. 1.28). Resulta un tanto paradójico, de hecho, que encontremos el florecimiento de los exorcismos en contextos misioneros si no existía una demanda aparente de tal cosa dentro de la sociedad pagana romana.
Una de las primeras menciones que tenemos en contexto romano del exorcismo como práctica ritual es bastante tardía. Flavio Josefo (Ant. 8.45-49) menciona que Dios instruyó a Salomón con la habilidad para expulsar demonios y afirma haber presenciado un exorcismo junto a Vespasiano. Esto habría sonado sumamente extraño para su audiencia grecorromana, pero a lo largo del siglo II las prácticas exorcísticas comenzaron a aparecer con mayor frecuencia en los textos, como podemos ver en varios ejemplos.
En la jurisprudencia de Ulpiano (Dig. 50. 13. 1), se observa cómo distingue el exorcismo de la medicina propiamente dicha. También contamos con la filosofía de Marco Aurelio (Ad se ipsum 1.6), quien trata al exorcista con desdén. En la sátira de Luciano (Phil. 16-17) se considera a los exorcistas como empresarios fraudulentos en un mundo supersticioso, y en la hagiografía de Filóstrato se muestra la suspicacia que despierta entre las autoridades romanas.
Todas estas fuentes nos aportan dos evidencias: primero, que los exorcismos, aunque mal vistos, comenzaban a ganar popularidad (al menos en cantidad, si no en reputación), hasta el punto de aparecer en estos textos como un tema conocido, sin necesidad de explicación. Segundo, resulta evidente que los exorcismos causaban una impresión exótica en las clases letradas; tenían un aura oriental y extranjera que los hacía objeto de recelos, cuando no directamente de temor, y, por supuesto, en su mentalidad se encontraban estrechamente vinculados a la magia.
Sin embargo, los autores cristianos, desde sus inicios, condenaron severamente la magia. ¿Cómo es posible, entonces, que autores como Justino Mártir y Tertuliano abogaran por el exorcismo? Se trata de un giro didáctico. Dado que, según ellos, los exorcismos emanaban de las autoridades cristianas, no solo debían separarse de la magia y no catalogarse como tal, sino que, además, servían para instruir a una sociedad pagana en una práctica arcana con la que pudieran familiarizarse, cumpliendo un doble propósito: misionero (forjar la adhesión a la nueva fe de los neófitos antes paganos mediante la realización de actos sobrenaturales) y, una vez realizada la conversión, establecer un límite espiritual que distinguiera a la nueva comunidad de la alteridad mundana.
La teología del exorcismo cristiano primitivo se basaba en la creencia de que Dios impartía a los creyentes el carisma de expulsar demonios, y de ese modo, podían demostrar su adhesión a la verdadera fe. Entre los siglos II y III, el exorcismo se convirtió en un mecanismo crucial de autodefinición cristiana.
Esto también implicaba la concepción de los dioses paganos como seres malignos y exigía su renuncia sistemática como requisito previo para el bautismo, que, como es bien sabido, inicialmente se administraba a adultos. Además, se consideraba que los creyentes que recaían en el paganismo caían bajo la influencia de estos demonios y necesitaban ser liberados de ellos. Sin embargo, con el paso de los años, y como veremos, la Iglesia evolucionó en su enfoque de los exorcismos, lo que reflejó cambios en la relación con una sociedad cristianizada en la que el bautismo de infantes se hizo cada vez más común y el conflicto espiritual con la religión pagana se atenuó.
Desde el siglo III en adelante, el otrora sencillo rito del bautismo sufrió una profunda transformación litúrgica que implicó, entre otras cosas, que el exorcismo se convirtiera en una parte sustancial del pre-ritual, algo que sigue presente en la actualidad. Pero en lo que respecta a los exorcismos «clásicos» (fuera del contexto bautismal), serían definidos por san Agustín como el proceso por medio del cual «un espíritu inmundo externo invade el alma y perturba los sentidos, provocando furia en algunos hombres; quienes se encargan de expulsarlo se dice que imponen las manos o exorcizan, es decir, que lo expulsan invocando a lo divino» (De Beat. Vit. 3).
San Francisco de Asís expulsa a los demonios de Arezzo, fresco de Giotto.
La primera referencia a mandatos (imperia) dados por exorcistas a demonios se encuentra en un sermón de León Magno. Advierte sobre la ineficacia de los mandatos por sí solos, sin oración ni ayuno (Serm. 87, 2). La representación pictórica más antigua de un exorcismo se halla en el díptico de Murano, de finales del siglo V. Es una imagen en marfil de Jesús con el endemoniado de Gerasa. El hombre está atado de tobillos, muñecas y cuello, y el demonio emerge de su cabeza en una representación muy expresiva. Se suponía que esta representación influiría en la forma en que los espectadores analfabetos debían concebir el exorcismo.
En general, como ocurre con otros temas del arte religioso, estas representaciones visuales reforzaron la creencia de que el exorcismo implicaba la expulsión de un espíritu maligno que habitaba el cuerpo, y también dieron una forma física al espíritu maligno, que de otro modo sería etéreo. Aunque del desarrollo litúrgico de estos exorcismos no sabemos tanto, en general, se derivó del exorcismo prebautismal. La primera referencia al rito aparece en un documento del siglo X que recoge las fórmulas derivadas del cuarto Concilio de Cartago (celebrado en el año 398). Se especifica que a los exorcistas se les entregaba un pequeño libro, y al colocarlo sobre sus manos se pronunciaba una oración.
Las razones del desarrollo de esta práctica son sin duda diversas, pero debieron estar relacionadas con la preocupación, que comenzó a surgir alrededor del siglo II, por la presencia demoníaca que muchos creían que impregnaba cada espacio urbano que rodeaba a las primeras comunidades cristianas. Tertuliano ofreció numerosos ejemplos, como el de una mujer poseída por un demonio tras asistir a un espectáculo (Tert. Spec. 26).
En su opinión, todo templo pagano, todo entretenimiento, toda comida de los banquetes sacrificiales, todas las estatuas de los dioses, prácticamente todo lo que rodeaba a un cristiano que vivía en ciudades como Cartago o Roma, podía amenazar al neófito con la «contaminación».
Por lo tanto, los exorcismos desempeñaron un papel importante en el establecimiento de una frontera espiritual que, en teoría, podía separar al individuo y a su comunidad de la «otredad» circundante. Con el tiempo, cuando la cristianización se extendió por todo el Imperio, estas prácticas se transformaron y, en cierta medida, se atenuaron. Pero cuando la Iglesia tardoantigua llegó a la Europa septentrional pagana, los mismos mecanismos volvieron a ponerse en marcha.