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Reichelt lució el traje al pie de la Torre Eiffel poco antes de su fatal caída

Picotazos de historia

El sastre que quiso volar desde la torre Eiffel y murió al probar su invento

Para el sastre, la idea de desarrollar un traje que permitiera descender con suavidad, planear hasta el suelo, se fijó en su mente hasta transformarse en obsesión

Franz Karl Reichelt (1878–1912) nació en la actual población de Steli, en la República Checa, aunque entonces se llamaba Wegstadtl y pertenecía a la Bohemia austriaca del Imperio austrohúngaro. A los veintidós años, y tras haber cumplido con el servicio militar, Franz decidió trasladarse a París para ejercer su oficio de sastre. Se instaló en el barrio parisino de la Ópera, en el número 8 de la rue Gaillon.

Franz tuvo un cierto éxito en su oficio, ya que reunió un pequeño pero selecto grupo de clientes. Esto le permitió alquilar más espacio en el edificio para utilizarlo como taller y vivienda.

El antiguo ciudadano austrohúngaro estaba perfectamente integrado. Se encontraba a gusto y agradecido por la acogida que había tenido. En 1911 decidió solicitar la nacionalidad francesa. Cuando le fue concedida, afrancesó su nombre. Se puso un Henri por delante y el Franz lo convirtió en François. El bohemio se transformó en parisino.

Bocetos del famoso paracaídas de Leonardo da Vinci

El nuevo siglo XX se presentaba con grandes novedades y fascinantes avances científicos. Una de las novedades era la aviación. La capacidad de volar, el cumplir el sueño de Ícaro, parecía posible y cercana. La ciencia y el progreso (palabra que abarcaba todo) parecían infinitos e inabarcables.

Henri François Reichelt no fue inmune al atractivo de la novedad. Pero la culpa de su futura obsesión provino de una exposición que se celebró en el Louvre, donde se expuso —no sé si en original o una copia— los bocetos del famoso paracaídas de Leonardo da Vinci.

La idea del paracaídas era antigua y su efectividad se demostró desde el siglo XVIII, de la mano del desarrollo de los aerostatos. Para el sastre, la idea de desarrollar un traje que permitiera descender con suavidad, planear hasta el suelo, se fijó en su mente hasta transformarse en obsesión.

Tenía a su favor las mañas aprendidas en su oficio y, tras muchas pruebas y dar vueltas y vueltas a diferentes ideas, se decidió por un modelo de traje que asemejara las alas de un murciélago. Al abrirse, estas permitirían un suave planeo hasta tomar tierra.

El primer modelo que construyó era demasiado pesado: poco más de sesenta kilos. Había que reducir el peso. Al final desarrolló un traje hecho de tela acolchada, impermeable y seda, fijas a unas varillas metálicas que daban rigidez y permitían el despliegue de las mismas. El peso total era de apenas nueve kilogramos.

Franz Reichelt con el paracaídas que él mismo diseñó

Henri inició las primeras pruebas de su traje utilizando maniquíes que arrojaba desde lo alto de su edificio al patio interior. También realizó un par de pruebas arrojando los maniquíes al exterior —directamente a la rue Gaillon—, lo que sobresaltó a unos desprevenidos viandantes y le valió una amonestación por parte de la policía.

Los resultados de estas pruebas fueron, en el mejor de los casos, bastante decepcionantes. Pero Henri achacó los malos resultados al hecho de que los maniquíes no podían abrir los brazos y, por lo tanto, no podían manipular el traje para permitir que se abrieran las alas correctamente. Esta idea reforzó el convencimiento de que era necesario que él, personalmente, probara el traje. Su invento estaba bien, pero era necesario que el propio Henri demostrara que funcionaba y, para ello, era necesaria una demostración pública.

Henri solicitó permiso a la Gendarmería para hacer una prueba desde el primer piso de la torre Eiffel. Fue lo suficientemente vago como para que la policía interpretara que la demostración se haría con un maniquí, por lo que dio su autorización.

Con el permiso en la mano, anunció a la prensa que el día 4 de febrero de 1912, a las 8:00 de la mañana, probaría, delante de todos, la maravilla de su invención. Saltaría desde la torre Eiffel y aterrizaría sin daño alguno.

La noticia era lo bastante sensacional como para que, el mencionado día, se hubieran reunido al pie de la torre una treintena de periodistas. Llevaban varias cámaras fotográficas y dos cámaras de cinematógrafo, la gran novedad del momento.

Henri fue puntual y llegó a las 8:00 en punto. La noche anterior había tenido la precaución de hacer testamento. Por si acaso, nada más.

Los periodistas se distribuyeron. Una cámara cinematográfica filmaría desde tierra y la otra acompañaría al audaz inventor hasta el primer piso de la torre. El documento que legaron se considera como el más impactante junto con el incendio del dirigible Hindenburg.

El pequeño sastre, de 72 kilogramos de peso, exudaba confianza. A las 8:22 se encontraba subido a la balaustrada de la primera planta de la torre. Estaba a 57 metros del suelo.

La cámara nos muestra aún a Henri comprobando las diferentes partes de su traje y la dirección del viento. Durante unos cuarenta segundos pareció que dudaba de lo que estaba a punto de hacer. Por fin pareció decidirse. Murmuró un à bientôt (hasta luego en francés) y saltó.

La cámara que estaba en tierra grabó las imágenes de la caída y del impacto del pobre Henri contra el suelo.

El soñador sastre murió instantáneamente. En el lugar del impacto dejó un agujero de quince centímetros de profundidad, un logro probablemente no deseado que dejaba testimonio de la brutalidad del impacto.

No hubo necesidad de practicar la autopsia al cuerpo de Reichelt. El destrozado cadáver mostraba las consecuencias del impacto desde tanta altura. Tampoco había necesidad de saber las causas de la muerte: había suficientes testigos y todos estaban muy impresionados por lo sucedido. La muerte fue declarada como suicidio.

Como les he mencionado antes, Henri pasaría a la historia como el protagonista de uno de los documentos periodísticos tempranos más importantes y curiosos de la historia de la cinematografía.