La fortaleza de Guaita en el Monte Titano, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Picotazos de historia
San Marino, la república más antigua de Europa que sigue existiendo desde la Edad Media
La República de San Marino sobrevivió a Napoleón —que es mucho sobrevivir y, si no, pregúntenles ustedes a la República de Venecia— y fue reconocida por el Congreso de Viena
La Serenísima República de San Marino es un pequeño Estado enclavado dentro de la República Italiana. Carece de litoral propio; esto es: no tiene acceso al mar, que se encuentra a apenas 20 kilómetros. Su superficie total es inferior a 62 kilómetros cuadrados y se encuentra entre las regiones de Emilia Romaña y Las Marcas.
La mayor parte de su territorio lo comprende el monte Titano (739 metros de altitud) y sus estribaciones. Su población ronda actualmente unas 34.000 personas repartidas por todo el territorio; la moneda que utilizan es el euro y hablan una variedad dialectal del italiano (que, a fin de cuentas, es el dialecto romano) denominada sanmarinés.
Este pequeño país está considerado como la primera república moderna y la nación más antigua de Europa. Y es que la tradición afirma que una señora, de nombre Felicísima, donó estas tierras, de las que ella era propietaria, a un cantero de origen dálmata que, huyendo de las persecuciones del emperador Diocleciano a los cristianos, se había instalado en el monte Titano, donde había fundado una comunidad religiosa. El cantero, que se llamaba Marino y que sería posteriormente canonizado, antes de morir declaró el territorio «libre de ambos hombres». Esto es: libre de la jurisdicción del emperador y del papado. Esta creencia está en la base de su declaración como república.
En el siglo VII intervino Pipino de Francia, que acabó con los lombardos y entregó al papado los territorios del Exarcado de Rávena, donde estaba incluida la demarcación de San Marino. Será en torno al año 1000 cuando las diferentes poblaciones que comprenden San Marino decidan reunirse para organizar una asamblea, que estará formada por los cabezas de las diferentes familias del territorio. Esta asamblea será conocida como Arengo.
El gobierno todavía no era completamente autónomo, ya que dependía del obispado de Montefeltro, que se consideraba heredero de los derechos feudales del abad de la comunidad creada por el propio San Marino.
Un guardia del Consejo Grande y General saludando a la Bandera Nacional sanmarinense
El año 1291 será muy importante para la futura república. El año anterior, la comunidad de las diferentes poblaciones —el Arengo— había presentado una demanda contra el obispo de Montefeltro. Los representantes del Arengo, ahora llamados Capitanes Regentes y nombrados de dos en dos, por un periodo de seis meses para ejercer funciones ejecutivas y judiciales, habían seguido lo aprobado por el Gran Consejo General.
Este era un nuevo organismo que se habían dado a sí mismos. En 1264, el Arengo, ante la dificultad de estar reuniendo continuamente a los cabezas de familia del territorio, aprobó la creación de un organismo llamado Gran Consejo General, que reuniría una delegación formada por sesenta miembros del Arengo, con poderes delegados de este último organismo. Con el tiempo, la Asamblea General (Arengo) fue perdiendo funciones en favor del Gran Consejo hasta su desaparición por falta de uso. Jamás se reunió desde 1571 hasta 1909, cuando volvió a activarse.
Pero volvamos al asunto y no nos perdamos por las ramas. Como les estaba contando antes, los Capitanes Regentes impugnaron la autoridad del obispo de Montefeltro para reclamar impuestos, lo que era impugnar la autoridad del papado sobre su territorio. Ese año de 1291 se dio una sentencia judicial sobre esta causa y se considera que es la fecha de creación «moderna» de la República de San Marino. La sentencia afirma que las gentes de San Marino «no pagan porque nunca pagaron. Fue su santo quien les liberó».
Esa frase se afirma y consta en un documento fechado en 1296, encontrado en el archivo del convento franciscano de Sant’Igne y que es copia del original de 1291. El documento afirma la exención como un derecho derivado de un mandamiento del propio San Marino. Ese mismo año —1296— el Papa Bonifacio VIII encargó una investigación acerca de la autonomía del territorio de San Marino con respecto del Patrimonium Petri (Patrimonio de Pedro), gobernado por el pontífice. El resultado no debió de ser el esperado, ya que el papado dejó de pretender tener jurisdicción sobre San Marino.
La república crecería en tamaño por la anexión, gracias a la guerra, de distintos territorios limítrofes. Entre 1460 y 1463 tuvo lugar la llamada guerra de San Marino, en la que esta república, aliada con el ducado de Urbino y el Papado, luchó contra el vecino señor de Rímini, Segismundo Pandolfo Malatesta.
Victoriosos, el papa Pío II cedió a la república «por siempre y a perpetuidad» la posesión y propiedad de los castillos y territorios de Serravalle, Montegiardino, Domagnano y Fiorentino. La población de Faetano, junto con su fortaleza, solicitó ser integrada en la república. Se votó en Arengo y fue aprobado por disposición del Gran Consejo General en 1465. Desde entonces la república no ha variado la extensión de su territorio.
El pequeño Estado sobrevivió a los tumultuosos siglos XIV, XV, XVI y XVII, que en la península italiana fueron especialmente convulsos. Todavía sufrió alguna que otra maniobra política con intención de ser absorbido por el Estado pontificio durante el siglo XVIII, pero fracasaron debido a una desobediencia civil y religiosa por parte de los ciudadanos de la república. En el caso concreto de Clemente XII, que amenazó con la excomunión, no tuvo más remedio que envainarla y aceptar el fracaso con filosofía.
La República de San Marino sobrevivió a Napoleón —que es mucho sobrevivir y, si no, pregúntenles ustedes a la República de Venecia— y fue reconocida por el Congreso de Viena. Los movimientos y guerras de la unificación italiana fueron un tiempo peligroso para los sanmarinenses, amenazados por los Saboya, por Austria-Hungría y por el Papado. En 1862, un tratado de amistad con el nuevo Estado italiano puso fin a tanta zozobra.
Durante la Primera Guerra Mundial tuvo dos muertos en combate, que anualmente son honrados con actos solemnes ante su monumento conmemorativo. Durante la Segunda Guerra Mundial fue dos veces invadido por los alemanes —la primera en 1940 y la segunda en 1944— y declaró la guerra al Tercer Reich en 1944, para ser invadido por las tropas del mariscal Kesselring, ya que las defensas de la Línea Gótica pasaban por las estribaciones del monte Titano.
Hoy es un remanso de paz que vive del turismo, de la concesión de títulos nobiliarios (ahí tiene el caso de Ruiz-Mateos y su marquesado de Olivara), de las empresas tecnológicas y de inversión y de las emisiones filatélicas (de prácticamente nulo uso en el territorio, pero con legión de seguidores y entusiastas dentro del mundo de la filatelia).