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El Rey Don Juan Carlos con el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, al día siguiente del golpe de Estado del 23-F de 1981EFE

Juan Carlos I y el 23-F: el papel decisivo del Rey para frenar el golpe de Estado

La intervención de don Juan Carlos I la noche del 23F fue determinante para desactivar el golpe de Estado y consolidar la democracia española

Si preguntáramos a un investigador especializado en historia militar quiénes fueron, a su juicio, los monarcas más militares de la España contemporánea, sin duda citaría a Alfonso XII y a su biznieto Juan Carlos I.

En el corto reinado de diez años, don Alfonso apartó al Ejército de la contienda política mediante un profundo programa de profesionalización. Sin duda fueron los años de formación militar en la escuela militar inglesa de Sandhurst y la influencia desde muy pequeño de su preceptor militar, el general Antonio Sánchez Osorio, lo que hicieron de don Alfonso el Rey soldado por excelencia inculcándole un marcado espíritu militar. Cánovas aprovechó esa vocación del joven monarca para diseñar el modelo político de la Restauración en el que no había más militar con influencia política que el Rey.

La importancia que, en la formación de la mentalidad y el carácter de los militares, tienen sus años de estudio en las academias castrenses es evidente. En el caso de don Juan Carlos, además de su paso por las tres academias de Tierra, Armada y Aire, desde muy pequeño, cuando llegó a España, estuvo rodeado de preceptores militares como el estricto e intelectual duque de la Torre, Alfonso Armada o el marqués de Mondéjar, al que no permitió apartarse de su lado hasta que cumplió ochenta y cinco años y al que dedica un cariñoso recuerdo en las memorias recientemente publicadas.

Otro militar, Sabino Fernández Campos, le acompañó y aconsejó en los momentos más difíciles de su reinado y, de su trascendente buen hacer, no cabe la menor duda. Ese momento evidentemente se refiere a la actuación de don Juan Carlos la noche del 23 de febrero de 1981. Ante los graves acontecimientos sucedidos en el Congreso de los Diputados el Rey paró el golpe de Estado, como jefe supremo de los ejércitos perfectamente uniformado e imponiendo la disciplina.

Pero ¿cómo pudo don Juan Carlos reconvertir la grave situación con un teléfono y su breve discurso transmitido por televisión? Pues precisamente porque durante años se había ganado la confianza de los militares, era un compañero más. El primer soldado de la Nación. A lo que cabría añadir el importante apoyo del general Fernández Campos, impidiendo que don Juan Carlos rebasara los límites que le marcaba la Constitución.

Hay que tener en cuenta que, cuando fallece Francisco Franco, todos los mandos de las Fuerzas Armadas españolas desde teniente coronel hasta teniente general habían participado en la Guerra Civil. Es decir que todas las unidades de mando desde batallón a las mismas capitanías generales y otros escalones de mando superiores estaban en manos de militares con una indiscutible fidelidad a Franco.

Y esto es precisamente lo que permite a don Juan Carlos empezar con buen pie. Porque el anterior jefe del Estado, mediante su testamento político, dejaba claro el apoyo a su sucesor como heredero de él mismo. El joven monarca era percibido entonces por los militares como el referente superior que sustituye a Franco y a esto se unía las buenas referencias que circulaban en los cuarteles de parte de los militares que habían estado en contacto con él en las academias de los tres ejércitos y en todas las ocasiones en las que visitaba dependencias castrenses o maniobras militares en las que sabía sacar lo mejor de su bonhomía y su campechanía.

Al Rey se le veía muy a gusto en las audiencias militares y se notaba su esfuerzo por conectar con los compañeros de armas, especialmente cuando apoyaba las misiones en el extranjero y empleaba ese «nosotros los militares».

Si intentásemos clasificar a los militares por su ideología política en noviembre de 1975, podríamos hablar de tres grupos perfectamente definidos: uno pequeño, en número, de extrema derecha, pero influyente al ocupar puestos importantes; un segundo grupo que sería el más numeroso que, siendo fiel a la memoria del dictador, no estaban dispuestos a apoyar ningún golpe de fuerza contra su sucesor y, por último, un tercer grupo, quizás el menos numeroso, que era decididamente partidario del proceso democratizador desde posiciones más liberales. Sin duda, la figura del Rey don Juan Carlos tenía mucha más aceptación que detractores entre el estamento militar.

Don Juan Carlos supo estar a su nivel como jefe supremo de las Fuerzas Armadas también cuando sintió que tenía que hacer valer su autoridad reclamando la disciplina como virtud castrense esencial. Este fue el caso en los sucesos de clara insubordinación, como en el entierro del gobernador militar de Madrid, el general Ortín Gil, cobardemente asesinado por la banda terrorista ETA.

Los gritos de dimisión que se escucharon aquel 4 de enero de 1979 en el gélido patio del Palacio de Buenavista dirigidos al general Gutiérrez Mellado, que presidía el acto, y el traslado, no previsto, del féretro a hombros por parte de militares y civiles exaltados por las calles del centro de Madrid conmovieron tanto a la sociedad civil como a la familia militar. Dos días después, aprovechando su discurso en la Pascua Militar, don Juan Carlos, tras mostrarse comprensivo con la indignación que producían los execrables crímenes de los asesinos vascos, condenó muy seriamente la indisciplina y aludió a lo sucedido en el funeral de Buenavista calificándolo de bochornoso espectáculo. Un militar que ha perdido la disciplina —diría el Rey— «ya no es un militar».

Bajo el mando de don Juan Carlos, las Fuerzas Armadas españolas se han modernizado como nunca, situándose en este momento como las mejores de su historia como fuerza regular. Al menos en preparación, si no en medios. En la Pascua Militar de 2024, SM el Rey don Felipe VI destacó, muy acertadamente, la contribución de los ejércitos a la democracia española cultivando tres virtudes esenciales: abnegación, eficacia y dignidad.

Temo que la sociedad española no ha reconocido lo suficiente este enorme esfuerzo de adaptación al cambio de este Ejército desde 1975 a nuestros días, ni tampoco al hombre que lo impulsó y favoreció.