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El triunfo de la Santa Cruz en la batalla de las Navas de Tolosa. Obra de Marcelino Santa María SedanoMuseo del Prado

Entrevista a David Botello, guionista y divulgador

David Botello: «La Reconquista es una etiqueta que intenta explicar 700 años de historia con una sola palabra»

David Botello analiza de forma original, irónica y curiosa cómo el control del relato moldea la historia, con mayúsculas, de España y del mundo

Dato mata a relato, ¿o no? La historia, con mayúsculas, también está influenciada por los diversos relatos ideológicos o interesados que se hacen sobre ella. David Botello, guionista, divulgador y profesor, presenta No me cuentes batallitas, un recorrido por personajes, hechos y objetos históricos «cracks y pringaos que la liaron tan parda que acabaron en los libros de historia». Ironía y profundidad en mitos como el de don Pelayo o la Reconquista, cuestionándose el relato que nos han contado o escondido sobre diferentes aspectos de nuestra historia común.

–¿Quién ha construido el relato de nuestra historia?

–Sorprendentemente, no ha habido una gran entidad encargada de construir el relato de nuestra identidad; esta se ha ido formando a base de retazos. En el libro hablo, por ejemplo, de don Pelayo y de la batalla de Covadonga y cómo significaron un impulso nacional para dar sentido a un pequeño reino que estaba creciendo.

Hablo de la Reconquista, de la Armada Invencible, que también es muy sorprendente cómo es posible que en España hayamos reivindicado ese nombre dentro de los libros de texto. La historia está en los hechos. Pero, como todo, los hechos son interpretables.

Entonces, ¿qué nos cuenta cualquier teoría de la narrativa? Que la narrativa lo que hace es coger dos puntos, que son dos hechos, y conectarlos a través de una historia. El hecho histórico en sí no afecta a la historia que conocemos; lo que afecta realmente es cómo ese relato favorece un determinado tipo de ideología.

–Uno de los personajes de los que trata es Pelayo. ¿Fue un personaje histórico o un mito?

–No existe evidencia histórica de que fuera descendiente de reyes visigodos; su figura es un mito fundacional interesado que sirvió a los reyes de Asturias para legitimar su reinado vinculándolo al Reino de Toledo.

–También es muy crítico con términos como la Reconquista.

Es que la «Reconquista» es una etiqueta del siglo XIX que intenta explicar 700 años de historia con una sola palabra. Ese relato elimina matices incómodos, como el hecho de que los reyes cristianos luchaban entre sí o que el Cid Campeador fue mercenario de reyes musulmanes. Se creó un relato de «buenos contra malos» que obvia la complejidad de esos siglos.

–¿Ocurre lo mismo con la Armada Invencible?

Totalmente. Es sorprendente que en España hayamos reivindicado ese nombre cuando fue un invento inglés. Es un caso donde los perdedores, los españoles, nos hemos creído el mito mucho más que los propios ingleses.

–¿Es la historia, entonces, una cuestión de hechos o de interpretación?

–Los hechos están ahí, pero son interpretables. La narrativa conecta dos hechos, pero esa conexión a veces no corresponde a la realidad, sino a cómo ese relato favorece una ideología o una situación de poder. Personajes como Julio César o Juana de Arco han sido reconstruidos a imagen y semejanza de quien quería apropiarse de su relato en cada época.

Quien controla el relato hoy tiene un poder inmenso sobre toda una generación

–Usted utiliza figuras históricas para hablar de conceptos como el cambio o la disciplina. ¿Qué nos enseña Michael Collins sobre el éxito?

–Collins fue fundamental para que la misión a la Luna tuviera éxito; si él hubiera fallado, los otros astronautas no habrían vuelto. Sin embargo, siempre se le olvida. Esto nos enseña que el éxito es muy relativo: puede ser poner un pie en la Luna o, simplemente, hacer bien tu trabajo para que las cosas salgan adelante y puedas dormir tranquilo.

–Habla también de «puentes que unen, muros que revientan», y menciona el Golden Gate y la Transición española. ¿Qué tienen que ver como elementos históricos?

–Un puente, como el Golden Gate, comunica espacios y crea cultura; los muros, a largo plazo, no sirven para nada. Lo primero que se vuela en las guerras son los puentes, y se levantan muros. Hoy parece que estamos más empeñados en levantar muros de «si no estás conmigo, estás contra mí», lo cual es históricamente insostenible. El caso de la Transición, a pesar de las críticas actuales, fue un periodo en el que fuerzas opuestas que venían de una guerra civil decidieron tender puentes y llegar a un acuerdo que se refleja en la Constitución.

–El libro cierra con un salto al presente, al año 2016, en Veles, Macedonia. ¿Por qué?

–Este último gran capítulo forma parte del apartado de No me cuentes batallitas, que habla sobre el valor del relato. El caso de Veles es aterrador porque demuestra que no hace falta una gran conspiración para cambiar el mundo; basta con la casualidad y el deseo de ganar dinero. Unos chavales con ordenadores viejos descubrieron que inventar noticias falsas a favor de Trump les generaba ingresos masivos por la viralización en EE.UU.

–Entonces, ¿son las noticias falsas un fenómeno nuevo?

–Existen desde Ramsés II, pero lo que ha cambiado es la capacidad de amplificación de las redes sociales y el teléfono móvil en el bolsillo. La economía de la atención y el sesgo de confirmación nos vuelven vulnerables ante quien controla el relato al otro lado de la pantalla. Al final, quien controla el relato hoy tiene un poder inmenso sobre toda una generación.