Heinrich Himmler, en la Plaza de Toros de Las Ventas en 1940
Cuando Himmler visitó Las Ventas y acabó horrorizado por la sangre de una corrida de toros
El hombre que años después supervisaría el exterminio sistemático de millones de personas no soportaba la visión de la sangre en una plaza de toros hasta el punto de tener que ser atendido por los servicios médicos
Heinrich Himmler, jefe de las SS y arquitecto de la maquinaria genocida nazi, visitó Madrid en octubre de 1940. Llegaba a la estación del Norte de la capital tras visitar San Sebastián y Burgos. «A las nueve de la mañana del domingo llegó a Madrid con su séquito. […] La estación del Norte aparecía profusamente engalanada con banderas españolas y del Reich, y tapices», relataba ABC en su edición del 22 de octubre de 1940.
A su llegada, aguardaba Ramón Serrano Suñer, entonces ministro de Asuntos Exteriores, quien le condujo hasta el hotel Ritz, donde se hospedaría. Poco después se entrevistó con el general Francisco Franco en El Pardo. «El señor Himmler conversó con el generalísimo durante una hora, encontrándose presente el Sr. Serrano Suñer», detallaba el periódico.
Himmler, recibido con honores en la Estación del Norte de Madrid
Tras este encuentro, el alemán acudió a la plaza de toros de Las Ventas, donde se celebraría una corrida en su honor. La plaza estaba abarrotada y recibió a Himmler con una ovación cuando apareció en el palco. El cartel lo compusieron Marcial Lalanda, Rafael Ortega 'Gallito' y Pepe Luis Vázquez.
Pero este acto que trataba de agasajar al alemán acabó por producir náuseas al jerarca nazi. Himmler terminó horrorizado de aquel espectáculo que describió como «repugnante y extremadamente sangriento». El número dos de Hitler era conocido por su aprensión a la vista de la sangre.
En una de las anotaciones, fechada en agosto de 1941, del diario personal del líder nazi que fue descubierto en 2016 en Rusia, describe cómo casi se desmaya cuando los sesos de una víctima judía de un fusilamiento masivo al borde de una fosa en las afueras de Minsk salpicaron su abrigo.
Aquella escena en Las Ventas encerraba en sí una ironía difícil de ignorar: el hombre que años después supervisaría el exterminio sistemático de millones de personas no soportaba la visión de la sangre en una plaza de toros hasta el punto de tener que ser atendido por los servicios médicos.
La banalidad del mal
Aquella contradicción no era exclusiva de Himmler, sino una característica más amplia del aparato nazi. Muchos de sus dirigentes evitaban contemplarse a sí mismos como monstruos y preferían la imagen de funcionarios disciplinados, hombres serios que cumplían con un deber desagradable pero necesario.
Esta lógica quedó reflejada años después durante el conocido discurso de Posen, pronunciado por Himmler en octubre de 1943 ante altos mandos de las SS. Allí habló abiertamente del exterminio judío como «un capítulo glorioso de nuestra historia jamás escrito» y elogió a los que habían sido capaces de soportar la visión de cientos o miles de cadáveres y, pese a ello, «haber seguido siendo personas decentes, es lo que nos ha endurecido».
El exterminio aparecía descrito no como un crimen, sino como una obligación administrativa y moral. «Tenemos el deber», afirmó, «de destruir a este pueblo». En dicho discurso defendió aquellas matanzas como un ejercicio de fortaleza ética y sacrificio colectivo.
Esta normalización del horror fue precisamente una de las cuestiones que décadas después Hannah Arendt trataría de explicar con la expresión «la banalidad del mal».
La escena de Las Ventas no revela humanidad en Himmler, sino la distancia psicológica que muchos verdugos nazis establecieron respecto a la violencia. La sangre real, inmediata y visible le repugnaba, mientras que la muerte convertida en burocracia, estadística y obediencia administrativa podía ser asumida como una tarea de Estado.