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General Juan Prim. Obra de Augusto Ferrer-Dalmau

Juan Prim o cuando los españoles no retroceden: del héroe de Tetuán al magnicidio que cambió España

Espadón de los del siglo XIX, héroe de la guerra de África y jefe incuestionable de los progresistas. El principal valedor de Amadeo de Saboya. Y quizá por eso le asesinaron

Fue el hombre fuerte de la Revolución. Tuvo todo el poder en España hasta que un tiro terminó con su vida en la madrileña calle del Turco. Espadón de los del siglo XIX, héroe de la guerra de África y jefe incuestionable de los progresistas. El principal valedor de Amadeo de Saboya. Y quizá por eso le asesinaron.

Fue conde de Reus y marqués de los Castillejos, en reconocimiento a esa épica victoria en Tetuán en la que afirmó que «los españoles nunca retroceden». La reina Isabel II celebró ese triunfo en el balcón de la Casa de Correos. Estaba a punto de amadrinar a la hija del general sin saber aún que, seis años después, Juan Prim lideraría la Gloriosa y la enviaría a ella al exilio.

Atentado contra la vida del general Juan Prim en la calle del Turco, la noche del 27 de diciembre de 1870

Juan Prim es uno de esos ejemplos en la historia en los que el poder lleva a acumular enemigos políticos. Muchos, en su caso. Muchísimos, como bien sabía su esposa, Francisca Agüero, cuando el rey Amadeo le juró que esclarecerían a los responsables del magnicidio y ella respondió que no tendría más que buscar en su entorno. Y la verdad nunca se supo, por mucho que los mentideros culpasen al republicano Paul y Angulo, al diario El Combate e incluso a los círculos próximos al general Serrano.

La mujer de Prim, mexicana de origen y que había acompañado al de Reus en muchos de sus destinos, estaba más al tanto de la realidad. Era culta e intuitiva. Lo conocía bien desde los días en los que había tenido que vencer muchos obstáculos familiares para poder casarse.

Pero Prim no siempre fue conspirador. Al menos no en el sentido de querer terminar con el poder liberal de la reina Isabel, aunque sí con sus corruptelas. De joven, incluso, se había alistado como soldado en la Primera Guerra Carlista defendiendo la causa isabelina, y durante su reinado fue diputado por Tarragona y Barcelona, además de gobernador de Puerto Rico, probablemente ya masón, con cierta acción represiva en Martinica, en las Antillas, como supremacista que era.

Aunque luego algunos quisieran convertir la causa democrática en sinónimo de antiesclavismo. Prim sí conspiró contra Narváez y fue también carne de exilio. De muchos exilios.

En París estaba cuando se casó. Lo hizo en la iglesia de La Madeleine, con gran fasto, en 1856. De esa unión nacerían dos hijos, Juan e Isabel; esta última, al parecer, amadrinada por la propia Isabel II. «Un periódico de Reus da la noticia de que la esposa del general Prim se halla en estado interesante, habiéndose ofrecido SS. MM. a ser los padrinos del futuro vástago de los condes de aquella población», leemos en La Regeneración (19 de noviembre de 1862). La niña, futura duquesa de Prim, se casaría años después con Fernando de Heredia y Livermore.

Prim estuvo en el frente otomano durante la guerra de Crimea, la misma que cubrió para The Times el corresponsal británico Russell. Pero fue en África donde Prim labraría su gloria. Frente a las cabilas que amenazaban Ceuta y Melilla, en la guerra de Marruecos. Una de las guerras de prestigio en las que se había embarcado el general O'Donnell, como también lo fueron Cochinchina o Valparaíso. Ahora las plazas norteafricanas parecían amenazadas y el pueblo español reaccionó con entusiasmo.

En la batalla de Tetuán, Prim alcanzó el punto más alto de su prestigio militar. Con el valor de sus avances a pecho descubierto. En los Castillejos y Wad-Ras. «¡Que viene Prim!» llegó a popularizarse entre los niños españoles como amenaza, por lo sanguinario de la lucha. Cuando, en pleno combate, algunos oficiales le aconsejaron retirarse porque las fuerzas marroquíes superaban a las españolas, Prim respondió: «¡Los españoles no retroceden!», todo un símbolo del orgullo militar español.

A su regreso, el recibimiento fue apoteósico y la reina le otorgó el marquesado de los Castillejos. Luego llegó la expedición a México y la espiral de corruptelas de los gobiernos moderados isabelinos, que le llevaron a inclinarse por la Revolución. Los banquetes en el Circo Price y el retraimiento electoral.

Entierro de Juan Prim, en La Ilustración de Madrid, 1871

Prim participó en los acuerdos de Ostende entre progresistas y demócratas, en los que se decidió expulsar a la reina Isabel II de España. «¡Abajo los Borbones!» fue el lema de aquel «España con honra» con el que algunos pretendieron barrer la malversación. Pero Prim se había ganado enemigos. Demasiados.

Prim impulsó y votó la candidatura del duque de Aosta para el trono de España. La dinastía liberal de los Saboya bajo la que se había unificado Italia. Aquello no iba a salir bien. Prim estaba ya en el punto de mira.

Tras el asesinato, su esposa fue nombrada duquesa de Prim. Ella falleció retirada de la vida social en 1889. Murió en su palacete madrileño de la calle Serrano. ¿Era casualidad...?