La gesta de Fray Escoba y el niño español que lo convirtió en San Martín de Porres
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El 25 de agosto de 1956, Antonio Cabrera, un niño de cuatro años, ingresaba en una clínica tinerfeña con un gravísimo traumatismo. Presentaba una extensa herida desgarrada con amplios magullamientos en el pie izquierdo acompañados de infracción del maléolo externo y varios metatarsianos. El miembro, ya frío y cianótico, mostraba signos de compromiso vascular severo. La lesión había sido causada por la caída de una losa de cemento de gran tamaño, cuyo peso aplastó pie y pierna.
Placa en recuerdo
Tres después el pie adquiría tonalidades cada vez más violáceas, la fetidez se hacía alarmante. Las escaras, comenzaban a ennegrecer, signo inequívoco de gangrena en progresión.
El estado del niño se fue deteriorando de forma brusca. El pulso se aceleró, la temperatura se elevó y la infección se hizo evidentes. Los antibióticos de amplio espectro y una batería de vasodilatadores no pudieron evitar que el 31 de agosto se desarrollase una septicemia. Por ello, se tomó la difícil decisión proceder a la amputación.
El niño español del milagro
Pero cuando se realizaba la cura preparatoria para la amputación, algo desconcertó a todo el equipo médico. El yeso estaba caliente, y al intentar movilizar con pinzas las escaras negras, estas se desprendieron. Los bordes de los dedos y el dorso del pie aparecían sonrosados y calientes, signos de una recuperación súbita e inexplicable. El estado del niño también mejoraba: pulso más regular, temperatura más baja. Aquella transformación, tan rápida y tajante, resultaba imposible desde el punto de vista clínico.
El 5 de septiembre, desaparecida la fiebre, Antonio evolucionó favorablemente hasta que el pie aparecía prácticamente epitelizado en su totalidad y fue dado de alta.
La mejoría inexplicable, se interpretó como un fenómeno clínico excepcional. Pero la madre del pequeño reveló un dato que alteró la lectura del caso: el 1 de septiembre, había rezado y colocado sobre el pie una reliquia del Beato San Martín traída desde Madrid. Había una exacta coincidencia temporal entre ese gesto y la súbita mejoría.
Casa natal de San Martín de Porres
Las películas de los 60: Fray Escoba
Quienes fuimos niños en los años sesenta, conocíamos de sobra a San Martín de Porres. Parte de nuestra sensibilidad religiosa nos llegó envuelta en las películas en blanco y negro de las sesiones de sobremesa. Aquellas cintas de romanos de Semana Santa, el conmovedor Marcelino, pan y vino o el entrañable retrato social de La gran familia configuraron un imaginario de valores tradicionales que se integraban con naturalidad en la vida cotidiana. En ese universo emocional, la película Fray Escoba (1961), alcanzó una dimensión popular extraordinaria. Nos descubría a un santo distinto: humilde, risueño, y la película convirtió a un mulato limeño en el santo más simpático y cercano de la hagiografía popular. Lo verdaderamente curioso es que Martín de Porres aún no había sido canonizado cuando se rodó la película —lo sería un año después, en 1962—, pero para el público ya habitaba en los altares. Y muy pocos sabíamos que había sido precisamente un niño español el que le otorgó la categoría de santo. Nos hubiera gustado todavía más.
La gran familia
Tampoco alcanzábamos a vislumbrar que su historia constituía un alegato sobre una de las mayores aportaciones de la Monarquía Hispánica a la historia del mundo: el mestizaje. Un colosal proyecto civilizatorio ecuménico, donde lenguas, culturas y espiritualidades se fundieron bajo un mismo horizonte cristiano.
Fray Escoba
Nace Martín en Lima, la ciudad de los Reyes
En el Virreinato del Perú, joya de la Monarquía Católica, convivían criollos, indígenas, africanos y españoles en una red de castas, oficios y devociones. Allí nació Martín de Porres, en Lima, en 1579. Hijo del hidalgo burgalés Juan de Porres de Miranda, caballero de la Orden de Alcántara y diplomático al servicio de Felipe II y de Ana Velázquez, una mujer afroperuana libre oriunda de Panamá.
De su amancebamiento nació Martín y su hermana Juana que fueron reconocidos por su padre que también se ocupó de su sustento y educación.
Fachada de la casa donde nació san Martín de Porres
En la América Hispana era habitual que los españoles reconocieran a sus hijos ilegítimos. Desde las más altas esferas de la Corona —como el propio emperador Carlos I con don Juan de Austria, o Hernán Cortés con su hijo Martín, hijo de Malinche— hasta la aristocracia y burguesía virreinal, el dar el apellido paterno otorgaba un amparo legal a la descendencia algo casi inconcebible en otros imperios.
El pequeño Martín reveló tempranamente una inclinación hacia la misericordia. Solía regresar de los recados con la compra incompleta porque había entregado parte del dinero a algún necesitado, recogía animales heridos y ayudaba a enfermos. Un maestro barbero y cirujano se fijó en su buena disposición y le propuso trabajar con él como aprendiz.
Ser barbero en el siglo XVI era ser peluquero, médico elemental y cirujano, y en aquel taller Martín se adentró en los secretos del arte de curar. Aprendió a sangrar, a suturar heridas, a tratar fracturas, a preparar ungüentos y a aliviar fiebres. Atendía sin distinción a españoles empobrecidos, indígenas debilitados, criollos enfermos y esclavos recién desembarcados de África. Descubrió en ese contacto cotidiano que la enfermedad no reconocía castas ni linajes.
Interior de la casa de San Martín
Pero todos los días antes del alba acudía a la iglesia para ayudar a misa y, al terminar tras la jornada en la barbería, dedicaba las noches a la lectura devota y a la oración. Pronto supo que quería dedicar su vida a Dios.
El ingreso en los dominicos: la humildad como camino de perfección
Los dominicos, eran un pilar espiritual del virreinato. En el convento de Lima convivían doscientos religiosos: los padres sacerdotes, dedicados al culto y la predicación; los legos, encargados de los oficios auxiliares; y los donados u oblatos, criados que recibían alojamiento, y como tal ingresó con 16 años Martín.
Su padre don Juan Porres, intentó disuadirle pues este estado equivalía a ser criado de por vida. Pero Martín se mantuvo firme y cuando tomó el hábito su primer ministerio fue barrer la casa. Pronto le llamaron Fray Escoba.
Fray Escoba
Durante nueve años barrió claustros, limpió letrinas, sirvió en la cocina, cuidó la huerta—irradiando una santidad doméstica. En ocasiones, recogía en su celda a enfermos y heridos, lo que provocó protestas de algunos hermanos. Cuando los superiores lo supieron, le prohibieron severamente continuar.
Una vez un indio cayó apuñalado cerca del convento. Martín lo llevó a su celda y lo curó y recibió una dura reprimenda del Provincial. El insistía «Yo, Padre, no he pecado». «¿Cómo no, si quebrantaste mi orden?». «Así es, Padre; más creo que contra la caridad no hay precepto, ni siquiera el de la obediencia».
Pronto fue destinado a la enfermería. Su habilidad médica, mezcla de intuición sobrenatural y experiencia empírica, desconcertaba a los doctores de las universidades.
Un ojo clínico y la labor de apostolado
Su ojo clínico distinguía si una dolencia era leve, grave o mortal. Preparaba brebajes, emplastos y vendajes, y repetía: «yo te curo, Dios te sana». Atendía epidemias, consolaba moribundos, curaba heridas y multiplicaba alimentos y medicinas cuando los recursos faltaban. Los resultados eran, muchas veces, prodigiosos. Cuando no disponía de remedios, acudía a medios insólitos: vino tibio para sanar a un niño con las piernas fracturadas; un trozo de suela para curar la infección del brazo de un zapatero. Testimonios de beatificación narran que a los religiosos enfermos les servía de rodillas; y así les asistía de noche a sus cabeceras, levantándoles, acostándoles y limpiándoles, aunque se tratase de las más asquerosas enfermedades».
San Martín de Porres
Su apostolado se desplegaba especialmente entre los negros de las haciendas y de las aldeas. los ayudaba en los trabajos del campo, sanaba a sus enfermos y su bondad obraba verdaderas conversiones. Repartía limosnas que él mismo mendigaba y buscaba refugios para niños abandonados.
En la puerta del convento, distribuía comida a los pobres y trataba con indios, negros, mulatos, antiguos soldados, mercaderes y carreteros. Pero la Ciudad de los Reyes albergaba también «pobres vergonzantes» viudas y huérfanos de españoles, descendientes de encomenderos sin encomienda, hijos arruinados de antiguos conquistadores, mercaderes en quiebra, clérigos pobres, emigrantes sin fortuna. Hubieran muerto antes que pedir limosna y Martín los ayudaba en secreto. Su figura llegó a ser un puente entre mundos: españoles, criollos, indígenas y negros lo reconocían como hermano.
Frugal y sobrenatural
Ayunaba por costumbre y no comió carne en cuarenta y cinco años. No tuvo celda propia. Dormía dos o tres horas, en un catre de palos y una estera, en un banco, junto a las camas de enfermos, o en un ataúd preparado para religiosos antes del entierro. Su hábito blanco y capa negra iba siempre remendada hasta que se deshacía en puros harapos.
Tuvo numerosos éxtasis; fue visto elevado del suelo hasta tres metros, envuelto en luz, abrazando al Crucificado. Llevaba cilicio, se ceñía con gruesa cadena, Sus penitencias eran terribles: triple disciplina tras el Ángelus, flagelo nocturno por la conversión de los pecadores, y otra antes del alba por las almas del Purgatorio Testimonios aseguran que el Demonio lo asedió directamente. Una noche llegó a sacudirlo por fuerzas invisibles mientras producía un incendio sobrenatural.
San Martín de Porres
En un grave aprieto económico del Convento, Martín, se ofreció a sí mismo para que lo vendieran como esclavo. El Prior quedó conmocionado por ello y quebró las normas de la época, que impedían a los mestizos tomar el hábito de religioso. Y en 1603 Martín era un elegido.
En los últimos años su virtud le convirtió en alma del convento. Frailes, seglares, oficiales de la guardia, licenciados, encomenderos, esclavos, gobernadores y virreyes acudían a él. Era «medicina general para todos los achaques». Aun así, seguía barriendo los pasillos, atendía a los enfermos y alimentaba a los pobres con una entrega silenciosa.
A sus casi sesenta años, cayó enfermo con dolores profundos. Nunca se quejó. Mientras los frailes entonaban el Credo, fallecía. Causó conmoción en toda Lima que se volcó en su funeral en un duelo común de castas y razas. Altas autoridades lo llevaron en hombros mientras las campanas doblaban en toda la ciudad.
Un corpus ingente de milagros
Los testimonios sobre los milagros de San Martín conforman un corpus ingente. Parece imposible que un solo hombre aliviara a tantas personas, multiplicara su presencia en tantos lugares y, al mismo tiempo, dedicase horas incontables a la oración y a la penitencia.
Con fechas concretas existen noticias de su bilocación en México, Portobelo, París, Japón, China y Berbería. Se narran casos en que enfermos y necesitados recibían su visita sin que nadie abriera la puerta. Durante una epidemia que afectó a sesenta frailes, Martín se multiplicó atendiendo a unos y a otros, de día y de noche, entrando y saliendo «con los cerrojos echados». El amor de Martín alcanzaba también a los animales. A un gato sangrando, descalabrado le dijo. «Véngase conmigo y le curaré». Le vendó la cabeza, y le pidió que regresara al día siguiente. El gato volvió puntualmente y aguardó en la puerta hasta que Martín salió a atenderlo.
San Martín de Porres
Otro episodio ocurrió con ratones que roían la ropa del convento. Un día atraparon a uno y estaban a punto de matarlo. Martín llegó y riñó al ratón «Vaya, hermano, y diga a sus compañeros que se retiren todos a la huerta, que yo les llevaré allá el sustento cada día». Y así fue: los ratones dejaron de merodear la ropería y acudían diariamente a la huerta, donde Martín les llevaba comida.
Beatificación y canonización
Entre los milagros documentados para su beatificación en 1837 está el daño irreversible en el ojo de una novicia. Se colocó sobre él una reliquia de fray Martín y durante la noche algo creció en el vacío de su rostro y al amanecer tenía un ojo nuevo. En el paño quedó la piel del ojo muerto, presentada ante los jueces eclesiásticos.
Otro milagro fue el de un niño que cayó de un balcón y se fracturó el cráneo con pérdida de masa encefálica. El médico afirmó que no había esperanza. La familia pidió la intercesión de fray Martín, y amaneció completamente recuperado.
Crónica de la canonización en La Vanguardia 1962
Para la canonización en Roma se exigieron dos nuevos milagros que fueron estudiados con rigor y comparecencia de muchos testigos. El primero ocurrió en Asunción, una anciana gravemente enferma sanó de manera inexplicable tras la súplica de su hija a Fray Martín. El segundo, del que ya hablamos, fue el del niño español de Tenerife.
Juan XXIII, lo canonizaba en 1962 y fue el primer santo mulato de América, patrono de la justicia social, de enfermeros y barberos y se proyectó como símbolo de fraternidad universal.
El Perú lo celebró con fervor nacional. Lima se embanderó por completo; repicaron todas las campanas del país; el buque insignia de la Armada Peruana ejecutó una salva de veintiún cañonazos y las sirenas de la escuadra resonaron en su homenaje. Miles de fieles acudieron a venerar sus reliquias. No solo eso. Llegaba también en loor de multitudes desde España en un vuelo transatlántico el actor de Fray Escoba y Antonio Cabrera, el niño canario.
Imagen actual del niño del milagro
Y es que el origen del santo en un estrato intermedio —hijo de un hidalgo español y de una mujer afroperuana — lo convirtió en un puente entre mundos. Desde esa condición mestiza, San Martín de Porres encarnó, en la humilde majestad de su escoba, la universalidad del Evangelio que la Monarquía Hispánica arraigó en el Nuevo Mundo: una herencia espiritual que, al fundirse con la realidad americana, dio forma a uno de los vínculos más profundos e identitarios de la Hispanidad.