La gesta del Cristo de Marcelino: tragedia y esperanza en el convento de Don Benito
Grandes gestas de la Historia
La gesta del Cristo de Marcelino: tragedia y esperanza en el convento de Don Benito
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Quince hermanas carmelitas de la villa extremeña de Don Benito viven en clausura y para sobrevivir realizan labores de bordado y preparan dulces tradicionales. Su Convento sigue irradiando la humildad con la que se fundó, pero atesora una singular historia de tragedia y esperanza.
El período de la Segunda República y la retaguardia republicana de la Guerra Civil (1936-1939) vivió la mayor persecución de católicos desde los tiempos del Imperio Romano. El odio a la fe no estalló al iniciarse la guerra. Años antes la intolerancia religiosa y el anticlericalismo ya había dado lugar a múltiples episodios violentos en las iglesias: saqueos, incendios, persecuciones y asesinatos desde obispos a humildes párrocos, frailes, seglares o religiosos. El robo y la furia iconoclasta, plasmada en el impactante cuadro Turba sin Dios de Soria Aedo conllevó una enorme destrucción del patrimonio cultural e histórico. En menos de 8 años, hubo casi 8.000 asesinados, de los que 300 eran monjas y religiosas. Y no fue porque fueran conspiradores. Pese a lo que estaban pasando, el Vaticano por las circunstancias - como se dice ahora- se «puso de perfil» y tardó dos años en reconocer a Franco.
La represión de religiosos en Extremadura
Siempre se habla de los fusilamientos y duros castigos infligidos por el bando sublevado en las localidades extremeñas. Pero como narran Martín Rubio y Juan Ángel Ruiz, apenas de la brutal violencia frentepopulista ejercida anteriormente sobre derechistas y religiosos. En Guareña, en tan solo dos meses y medio antes de la entrada de las tropas rebeldes 81 personas habían sido asesinadas por sus convicciones religiosas, 63 de ellas en una sola jornada: la matanza del 11 de agosto. Entre los martirios de católicos en Guareña estaba el de padre del ingeniero Miguel López Cabrera, que como veremos, sería crucial en esta historia y se entremezclaría con la del Convento de Don Benito.
Imagen de la capilla
El Convento de Don Benito, en esta época convulsa vivió acechada por una espada de Damocles. Las monjas temían por su vida no en vano, su madre priora meses antes había sido ejecutada en una cárcel de Madrid donde estaba cautiva la mayor parte de la comunidad. La superiora general en cargo de su Congregación también sería asesinada tras sufrir martirio. Las monjas de Don Benito pudieron huir antes de fuera tomado por los milicianos y el Convento, convertido en cárcel para albergar a derechistas.
Libro profanación de la clausura femenina
«Cuerda de presos de Don Benito»
La villa fue una de las poblaciones de Extremadura que sufriría de una manera especial. Pero no lo fue por su número de víctimas total, ni porcentual, sino por la truculencia de la «Cuerda de presos de Don Benito».
Escena del Frente extremeño
El 23 de Julio de 1938, se intensificaba la ofensiva del ejército rebelde en el frente extremeño en la llamada Batalla de la Bolsa de la Serena. Don Benito estaba a punto de caer y con ello llegarían las represalias punitivas contra los responsables y adláteres de la violencia miliciana. La desbandada se tornó urgente y caótica, pero en la huida no olvidaron un cuantioso botín producto del robo y saqueo con el que llenaron 300 carros.
El coronel mexicano Juan Bautista Gómez al frente de una División en el frente extremeño
Pero no sólo se llevaron enseres. Para cubrir su retirada necesitaban escudos humanos y recurrieron, entre otros a presos a los del Convento : de madres e hijas de huidos a zona nacional, ancianos votantes de Acción Popular a «beatas» de misa diaria. Mientras se organizaban, el coronel estalinista Juan Bautista. Gómez uno de los sitiadores del Santuario de la Virgen de la Cabeza, arrancaba de los brazos de su madre a un niño nacido en el cautiverio. Después, según decenas de testimonios, eligieron a «las seis mujeres más guapas» y así se narró: «Comenzaron a saciar en estas infelices muchachas sus instintos de fiera, cometiendo con ellas el ultraje mayor del que pueda avergonzarse la raza humana. Después, consumieron el martirio matándolas y emprendieron la marcha».
En esta marcha conocida como la «Cuerda de presos de Don Benito», investigada a fondo por Alfonso Martínez Rodríguez, quince soldados republicanos escoltaron a los sesenta y nueve prisioneros, cuarenta y ocho hombres y veintiuna mujeres. Los ataron fuertemente de dos en dos con cuerdas mojadas y salieron de Don Benito a las dos de la tarde. El calor de julio por las áridas tierras pacenses, sin proporcionarles agua, y la larga caminata pronto hicieron mella en los presos más débiles que no podían seguir el ritmo de los milicianos y ralentizaban su huida.
El ejército rebelde les iba pisando los talones, por lo que, tras toda clase de vejaciones, los fueron ejecutando y dejando los cuerpos abandonados a lo largo del camino. Veintitrés hombres y seis mujeres fueron asesinados en los veinticuatro Kilómetros a pleno sol de Don Benito a La Haba, Magacela, La Coronada, Campanario y Puebla de Alcocer. Los ametrallaban y los que sobrevivían a la descarga eran rematados a bayonetazos, pedradas o incluso descuartizados, como recogen fotografías. Entre ellos, sufría el martirio la última víctima sacerdotal en Extremadura Eulogio Velasco, párroco de San Sebastián de Don Benito que impartía misa en el Convento.
80 aniversario dedicado a los integrantes de «La cuerda de presos»
Las monjas vuelven al Convento y la donación inesperada
Con la pacificación de la zona, las monjas pudieron volver a un Convento en precario. Todas sus pertenencias y ornamentos habían sido destruidas o robadas. Estaba totalmente desnudo y al ser una comunidad pobre, con pocas posibilidades de reforma, pero daban gracias por haber salvado la vida y sobre todo que hubiera llegado la paz. Rezaban ante una tela y una pequeña imagen recuperada de las cenizas en su pequeña iglesia.
Pero en 1955 todo cambiaría. El Convento había sido arrasado, pero el azar o la Providencia, les enviaría una imagen única: el Crucificado más célebre de la época. Y no por su gran valor artístico, ni siquiera estaba hecho de materiales nobles, ni tampoco era especialmente milagrero. Los Estudios Cinematográficos Chamartín, posteriormente Estudios Bronston de Madrid les donarían el icono de una película, que fue mucho más que eso, un fenómeno religioso, que pese a los 70 años transcurridos no ha perdido un ápice de emoción y de belleza estética.
Escena de la película de 1955, «Marcelino, pan y vino»
El largometraje
El largometraje se inicia en el pueblo vacío por su romería. Una niña está enferma y es vistada por un fraile que le habla de Marcelino.
Marcelino Pan y Vino narra la historia de una comunidad franciscana que tras la invasión francesa, reconstruye como Convento una casa en ruinas. Alguien abandona a un niño en su puerta y lo bautizan como era habitual como el santo del día, Marcelino, y el niño con una imaginación desbordante empieza a hablar con un amigo imaginario llamado Manuel.
Escena de la película de 1955, «Marcelino, pan y vino»
En realidad, Manuel es un Cristo Crucificado ubicado en el desván. Marcelino le lleva comida y vino que toma a escondidas de la cocina, en una relación íntima y sobrenatural. Esta interacción se convierte en una alegoría de la Eucaristía, donde el niño ofrece a Jesús pan y vino, símbolos de su cuerpo y sangre.
Escena de la película de 1955, «Marcelino, pan y vino»
El director: Ladislao Vajda
El director húngaro Ladislao Vajda actor, guionista, y productor fue uno de los mejores narradores cinematográficos de la industria hispana durante los 40 y 50.
Marcelino, pan y vino se rodó en decorados, en la Sierra de Guadarrama y en el pueblo salmantino de La Alberca y el reparto fue uno de los grandes aciertos: el niño Pablito Calvo destacó sobre todo por su espontaneidad y credibilidad en el papel. Los frailes fueron interpretados por extraordinarios actores con dicciones impecables. Comparados con los actuales hasta los más secundarios parecerían hoy deslumbrantes genios de la interpretación. La voz en off del gran Fernando Rey, confirió un aura especial a la narración y el relato fílmico dotó de una dimensión desconocida al cuento original escrito por José María Sánchez-Silva.
Pablito Calvo como Marcelino
La música, la elección de la voz de Cristo, los planos que rozan el expresionismo con luces y sombras dramáticas y la candidez del actor protagonista y su expresiva mirada fueron clave para que sus milagrosos encuentros con el Crucificado conmovieran profundamente al espectador. El niño ante Jesús clavado en la Cruz, emocionaba preocupado por ese amigo con sus preguntas sencillas: ¿Tienes hambre? ¿Tienes frío? ….
El reto del Cristo
Pero el gran desafío fue hallar una imagen de Cristo que se adecuara al argumento. Tenía que transmitir dulzura, harto difícil en un Crucificado clásico con sus espinas, laceraciones y sangre. Tras no hallarla, se decidió encargarlo al decorador Antonio Simont, premiado en películas inolvidables como Marcelino, pan y vino, y Un ángel pasó por Brooklyn, Atraco a las tres, La gran familia o Sor Citroen.
Siguiendo el diseño de Simont, el palentino Pedro Frías, admirador de Berruguete, lo modeló en barro y luego en escayola. Le hubiera gustado dado una vuelta más, pero había prisa. Aún así, el resultado fue el esperado: un rostro de facciones suaves, que transmitía el dolor de la crucifixión, pero también la paz y ternura necesarias para la historia.
Imagen del Cristo
Ver Marcelino, pan y vino se convirtió en un hito en los hogares españoles asociado a la Semana Santa como otras películas en la España de entonces que se repetían año tras año. Agustina de Aragón el 2 de Mayo, La Gran Familia en Navidad, y que se veían con la misma ilusión de la primera vez congregadas las familias ante los primeros televisores blanquinegros. El largometraje alcanzó un triunfo sin precedentes en las carteleras españolas y, pese a su temática religiosa ajena a las modas europeas, también en el extranjero desde Italia hasta Japón y fue archipremiado en festivales como Cannes o Berlín. Se han hecho versiones y series en color con altos presupuestos pero ninguna ha superado la película original.
Escena de la película de 1955, «Marcelino, pan y vino»
Finaliza el rodaje
Al finalizar el rodaje, los decorados, incluido el Cristo, fueron amontonados en un almacén en los Estudios Chamartín de Madrid. Ya no tenía ningún valor para futuras producciones, ni tampoco artístico ya que era de burda escayola. Pero entonces el milagro, el azar, o lo que sea, sucedió. El ingeniero de sonido de la película Miguel López Cabrera, procedía de una familia muy piadosa. Había sufrido de niño cómo su padre había sido uno de los asesinados en Guareña por su fe católica y era calificado por su entorno como un «hombre de Dios». Y en el Convento de Don Benito su hermana Catalina había ingresado como monja de clausura. Cuando la visitaba tenía que hacerlo entre rejas en el locutorio y conoció de primera mano lo acontecido en el Convento en la guerra civil y su pobreza de ornato.
Carmelitas mártires de la Guerra Civil
Lopez Cabrera planteó al Estudio la posibilidad de enviar a las monjas el Cristo de Marcelino, aunque dada su condición, no habían visto la película y por una extraña casualidad la fachada del Convento de Marcelino se parecía como una gota de agua al Convento carmelita.
El Cristo era de tamaño natural y la Cruz medía más de dos metros y para transportarla, hubo que desarmarla. El ingeniero dirigió su traslado a Don Benito y en el ensamblaje pudo entrar a Convento y abrazar por primera vez en años a su hermana.
Los vecinos no supieron que había llegado a su pueblo el famoso Cristo de la película religiosa más vista de las últimas décadas porque no se celebró ceremonia alguna, ni se dio publicidad en unos tiempos en que ese tipo de noticias grandilocuentes salían en el NODO. Y hasta hoy nunca ha salido en procesión.
El Cristo
Tras la donación de los Estudios se fue sufragando también la remodelación de la capilla y partes del Convento y llegaron nuevas imágenes para alegría de las carmelitas. El Cristo se situó presidiendo el altar mayor entre santa Teresa y san Juan de la Cruz, reformadores de la Orden.
Gracias y mediaciones
Pronto comenzaron a atribuirle gracias y mediaciones y se supo que en Japón había movido a conversiones al catolicismo, que tres religiosas ingresaron en el Convento «llamadas» por el Cristo de Marcelino y llegaron a sus puertas peregrinaciones de polacos y de otras partes de Europa, hasta Rusia. Por el boca a boca, acabaron enterándose en el pueblo y los fieles que acudían a misa pudieron verlo.
Solo hoy por cierta difusión en la red se ha conocido que el famoso Cristo está en Don Benito y se puede visitar en las misas que se ofician o en el Jueves Santo, noche en la que la capilla permanece abierta. Como comunidad contemplativa de clausura no quieren que se banalice como un mero objeto de turismo, pero ya está ejerciendo un atractivo singular, cuentan las actuales monjas que especialmente entre los estudiantes.
Detalle del altar con el Cristo
Nuestra salvación está en tu mano
Hoy en el altar mayor luce una cartela con un responsorio: «Salus nostra in manu tua» «Nuestra salvación está en tu mano», ¿Es su petición al Cristo para que proteja a la comunidad tras el peligro que corrieron en aquellos tiempos convulsos? Un verso del compositor Santi Santos afirma que siempre «entre el fango, nacen flores». Y el Cristo de escayola, amontonado en el almacén, refulgió entre aquellas paredes conventuales que rezumaban tragedia
Avatares del destino unieron asesinatos de católicos, monjas de clausura que huían temiendo por su vida, con un ingeniero piadoso y una película, Marcelino Pan y Vino que transcendió la pantalla para llegar al alma de muchos. Todo ello acabó trazando un capítulo de la intrahistoria de España.