Farinelli, famoso castrato del siglo XVIII

Farinelli, famoso castrato del siglo XVIIIDidier Descouens / Wikimedia Commons

Historias de Barcelona

Voces de ángel y cuchillos de barbero: los niños mutilados que triunfaron como 'castrati' en Barcelona

La capital catalana también recibió la visita de algunos de los 'castrati' más famosos de su tiempo

En la primera carta a los Corintios, san Pablo escribió: «Como en todas las iglesias de los santos, que las mujeres callen en las reuniones, pues no les está permitido tomar la palabra». Se cree que una interpretación de esta frase fue la base con la cual la Iglesia Católica permitió, desde comienzos del siglo XVI, la castración de niños para que cantaran en las iglesias: eran los conocidos como castrati.

La castración era una lotería en la que muy pocos acertaban. Mientras que los felices favorecidos serían recibidos y admirados por los grandes de este mundo, los pequeños y los fracasados sólo tendrían ojos para llorar desde el fondo de oscuros coros parroquiales. Tengamos en cuenta que en Italia se llegaron a castrar unos 4.000 niños al año en el siglo XVIII.

Había dos métodos de castración: extirpar los testículos o remojarlos con leche, para ablandarlos y después chafarlos. El método más utilizado era el primero, el segundo era demasiado cruel para la criatura. Las medidas higiénicas eran nulas. En muchas barberías de Italia había un letrero que ponía: «Aquí se castra limpiamente», pero muchos niños morían como consecuencia de infecciones.

Tras estudiar música, canto y un instrumento, los más dotados saltaban a los grandes teatros o a las cortes europeas. Así se hicieron famosos Farinelli, Senesino, Caffarelli, Guadagni, Carestini o Velluti. Gracias a su voz se hicieron ricos: un castrati famoso podía cobrar entre 3.000 a 5.000 libras anuales, mientras que un trabajador ganaba entre 10 a 20 libras anuales.

Los castrati cantaron en Londres, Nápoles, Venecia, Milán o Viena. En España, Farinelli cantó para los reyes Felipe V y Fernando VI durante casi dos décadas. Las cortes de Nápoles, Prusia, Imperial de Austria o San Petersburgo tuvieron sus propios castrati, al igual que la Capilla Sixtina del Vaticano. ¿Y en Barcelona?

'Castrati' en Barcelona

La ciudad no tuvo teatro de ópera hasta 1729, cuando se reconstruyó el antiguo Teatro de la Santa Cruz, hoy Teatro Principal, en Las Ramblas. Eso quiere decir que no había tradición operística y la música se circunscribía a las iglesias. La llegada de la ópera tuvo lugar en 1705, cuando se estableció la Capilla Real de Barcelona, gracias al archiduque Carlos de Austria, pretendiente al trono español.

Como muchas cosas en aquella época esas representaciones quedaban reducidas a un sector noble de la población y dejando al pueblo al margen de esos eventos. Con anterioridad, el 15 de mayo de 1698, Matteo Sassano «Matteuccio» cantó en la Catedral de Barcelona antes de ir a Madrid, invitado por la reina Mariana de Neoburgo, para curar la depresión de Carlos II.

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Gracias a la Capilla Real de Barcelona se pudo escuchar por primera vez una ópera italiana: Il piú bel nome, de Antonio Caldara. Se representó en la Lonja de Mar con motivo de la boda del archiduque con Isabel Cristina de Brunswick-Wolfenbüttel. La Capilla estaba dirigida por Antonio Caldara y Andrea Stefano Fioré. Cuando el archiduque se marchó para ser proclamado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, muchos de estos músicos se trasladaron a Viena.

Cuando se inauguró el Teatro de la Santa Cruz, al convertirse en un centro operístico de cierto prestigio a nivel europeo, algunos castrati fueron contratados para representar diversas óperas italianas. Uno de los más famosos de aquella época era Gaetano Guadagni. Era conocido por ser el primer intérprete del papel de Orfeo en la ópera de Gluck.

Después de su éxito en Londres y antes de establecerse en Italia, cantó en Barcelona. Aquí cantó el Orfeo ed Euridice de Gluck y alguna otra obra famosa dentro de su repertorio. El Teatro de la Santa Creu no tuvo una temporada operística estable hasta la década de 1750, con lo cual Guadagni fue de los primeros en formar parte de ella.

El divino Velluti

Considerado el último de los grandes castrati, Giovanni Battista Velluti también actuó en el Teatro de la Santa Cruz. Sus actuaciones tuvieron lugar los años 1816 y 1818. Aquí cantó la ópera Aurelio en Palmira de Rossini, que la escribió para su lucimiento. Además cantó Adriano en Siria de Pasquales Anfossi; Ginevra di Scozia de Johann Simon Mayr; Tebe rigenerata de Pietro Generali; Ciro en Babilonia de Rossini; y Il crociato in Egitto de Giacomo Meyerbeer.

Velluti fascinó a los barceloneses. Se llegaron a vender abanicos, cajas de dulces y grabados con su imagen. Las barcelonesas de la alta aristocracia y la burguesía cayeron rendidas ante el divino Velluti, lo que provocó una mezcla de envidia, burla y desconcierto entre los hombres de la ciudad. Circulaban versos que describían cómo las funciones en el teatro se convertían en sesiones de desmayos y suspiros colectivos.

Se decía que las damas no iban a escuchar la música, sino a extasiarse con la figura andrógina de Velluti. Uno de los versos decía «lloran por el bello Velluti, que canta como un querubín, pero ¡ay!, que para tales ansias, no hay en él principio ni fin». El gusto de la gente cambió con el romanticismo y los castrati dejaron paso a los tenores y sopranos. Sin embargo, su recuerdo perduró durante años.

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