Charles Byrne, el Gigante Irlandés que quiso ser arrojado al mar y terminó en un museoScience Photo Library

Picotazos de historia

Charles Byrne, el Gigante Irlandés que quiso ser arrojado al mar y terminó en un museo

Durante más de doscientos años, la principal pieza del museo, la más visitada y últimamente la más codiciada por todos los tarados de los selfis, fue el esqueleto del gigante

El otro día les hablé a ustedes del coleccionismo en relación con la cabeza de Cromwell y la inusual reliquia de Napoleón; hoy me gustaría hablarles de otro caso.

Se sabe muy poco sobre él. Se hacía llamar Charles Byrne, aunque probablemente su verdadero apellido era O’Brien. Aunque no hay seguridad, se da por hecho que nació en 1761 en una pequeña aldea al sur de Littlebridge, en la parte sur del condado de Londonderry, en el Úlster.

El pequeño Charles pronto empezó a crecer de una manera anormal. Con catorce años, era más alto que la mayoría de los hombres adultos; con diecisiete años, sobrepasaba los dos metros y treinta centímetros. Desde hacía años era una curiosidad local, por lo que decidió cruzar el estrecho de Irlanda y viajar a Escocia para dedicarse al espectáculo. En 1780 embarcó hacia Escocia.

Byrne en un grabado de John Kay (1784)

Así lo hizo y tenemos referencias acerca de este individuo en periódicos locales. Lo mejor es una referencia de un ciudadano de Edimburgo en la que muestra su asombro al encontrarse con el gigante en medio de la noche. Según nos cuenta el narrador, Charles Byrne estaba encendiendo su pipa utilizando la llama de una de las farolas que iluminaban North Bridge. Lo que más impactó al ciudadano fue que el gigante ni siquiera tuvo que alzarse de puntillas para hacerlo.

En 1782, a los veintidós años de edad, ya había conseguido reunir suficiente dinero para emprender la aventura londinense. Con buenas ropas, alquiló habitaciones en el elegante y céntrico barrio de Charing Cross y empezó a mostrarse en exhibiciones. Fue la gran sensación.

Era imposible que pasara desapercibido. Muy pronto su presencia empezó a ser solicitada en los mejores salones y se le ofrecieron locales especiales donde poder organizar exhibiciones con un ligero barniz científico. Como los famosos de hoy en día, Charles tenía unos honorarios por aparecer en los salones y reuniones sociales.

Otra cosa que jugó a favor del gigante fue su enorme y genuina bondad de carácter, que, junto con una respetuosa amabilidad para con todo el mundo, hizo que el siempre voluble y peligroso público londinense le adorase. Pero el propio gigantismo que le había dado notoriedad y fama también le provocaba graves problemas de salud. Al leer sobre su vida, Charles me recuerda un poco al encantador gigante Fezzik de la película La princesa prometida.

Fotograma de la película La princesa prometida

La bondad e ingenuidad de Byrne eran un reclamo para aprovechados y sinvergüenzas de todo tipo y uno de ellos le afanó todos los ahorros que tenía. Los problemas de salud, más el desengaño, la angustia y la depresión derivados de que le robaran todos sus ahorros resultaron ser una combinación fatal. El pobre Charles Byrne murió el 1 de junio de 1783 en las habitaciones que tenía alquiladas en Cockspur Street, en Charing Cross.

John Hunter (1728-1793) fue un cirujano y uno de los científicos más destacados de su tiempo. Gozó de un enorme prestigio e influencia y fue nombrado cirujano personal del Rey Jorge III. Pero una de sus pasiones –pasión absolutamente científica y orientada al desarrollo del conocimiento– era el coleccionismo.

El doctor Hunter era propietario de una magnífica colección de ejemplares anatómicos y de peculiaridades guardadas en formol. Pues bien, para el buen doctor, la idea de conseguir el esqueleto del Gigante Irlandés, como todos lo conocían y como él mismo se anunciaba, debía ser el equivalente a lo que sintió cierto alcoholizado oficial norteamericano cuando le abrieron las puertas de la bodega personal del mariscal Hermann Göring.

La aproximación directa fue un desastre y recibió una absoluta negativa. A Charles Byrne la idea de acabar dentro de una vitrina para ser visto por todos le espantaba. Algo curioso teniendo en cuenta que se ganaba la vida exhibiendo su rareza. Como fuera, durante sus últimos días y sintiéndose morir, le agobiaba la idea de que su cuerpo fuera robado por el doctor Hunter. Arregló con sus amigos que su cuerpo fuera depositado dentro de un ataúd y que este, tras ser sellado con plomo y bien lastrado, fuera arrojado a la mar.

El cirujano real presionó hasta el último momento para que le cedieran el cuerpo, sin resultado alguno. En ese tiempo, los únicos cuerpos que se entregaban a los cirujanos para que pudieran estudiar anatomía o practicar su arte eran los cadáveres de los delincuentes ejecutados que no habían sido reclamados por sus familias.

El esqueleto de Charles Byrne

Y aunque la legislación británica era muy liberal en lo que a sentencias de muerte se refiere –las llamadas «leyes sangrientas», en vigor hasta mediados del siglo XIX, enumeraban más de cien causas por las que podías ser ejecutado y la deportación a Australia se consideraba una pena humanitaria por delitos tan graves como robar un pan de más de diez onzas (320 gramos) de peso–, no había cuerpos suficientes para satisfacer la demanda científica de tanto cirujano.

Las leyes compensatorias del mercado intervinieron dando lugar a un floreciente mercadeo de cadáveres. Algunos tan frescos que habían sido asesinados solo unos momentos antes.

Obviamente, el distinguido cirujano del Rey tenía contactos dentro de este mundo. Estos mismos contactos le permitieron organizar el escamoteo del cuerpo del pobre Charles Byrne.

Se dice, aunque no hay seguridad absoluta, que Hunter sobornó al propietario de la empresa de pompas fúnebres encargada de construir el ataúd y llevar a cabo el funeral náutico. Otros afirman que no solo el dueño de la empresa, sino también los amigos, estaban pringados.

Las cifras de las que se habla oscilan entre 500 y 800 libras esterlinas, lo que es una cifra importante. Sea como sea, el hecho es que el cadáver terminó en el sótano del número 28 de Leicester Square, la residencia de Hunter.

Durante cuatro años, el doctor Hunter diseccionó el cuerpo, hirvió y clasificó sus diferentes partes, realizó análisis y estudios y, finalmente, montó el esqueleto.

Una vez que terminó y ante su obra maestra, se dijo a sí mismo que ciertamente era la pieza estrella de su colección. Entonces lo puso dentro de una vitrina para que fuera admirado por sus invitados y visitantes: justo lo que a Charles Byrne le aterrorizaba que pudiera pasar.

Lo que quedó de Byrne pasó desde hace siglos a formar parte de la colección privada de HunterScience Photo Library

John Hunter cedió su colección completa al Real Colegio de Cirujanos, que aprobó una dotación perpetua para la creación del Museo Hunter o Hunterian Museum.

Durante más de doscientos años, la principal pieza del museo, la más visitada y últimamente la más codiciada por todos los tarados de los selfis, fue el esqueleto de Charles Byrne. En 2017 cerró el museo para llevar a cabo unas obras de reacondicionamiento.

Cuando reabrió en enero de 2023, el esqueleto ya no estaba en la exposición. La junta de gobierno de la institución publicó una nota informativa en la que se explicaba que se había decidido trasladar el esqueleto a los depósitos, donde permanecía a disposición para futuros estudios y aportaciones científicas.