Abdicación de Napoleón en Fontainebleau, por Paul Delaroche (1845)

Abdicación de Napoleón en Fontainebleau, por Paul Delaroche (1845)

Picotazos de historia

La insólita reliquia de Napoleón que se vende por 100.000 dólares

El abad Angelo Paul solicitó al médico ciertas partes del cuerpo para conservarlas. Esta afirmación fue confirmada, aunque sin especificar qué partes exactamente, por el ayudante de cámara de Napoleón

El ser humano tiene necesidad de guardar pequeñas cosas vinculadas a recuerdos, y este rasgo entrañable ya lo encontramos entre los neandertales. También tenemos a aquellos individuos que, por placer y pasatiempo, gustan de buscar y reunir objetos concretos o de características comunes. A estos individuos los llamamos coleccionistas.

Pero, cuando el coleccionismo desborda los límites que marca el disfrute de la posesión para entrar en el comportamiento obsesivo; cuando la pasión por adquirir supera al individuo y, en algunos casos, este no duda en violar la ley para conseguir lo que codicia, nos encontramos con una patología descrita y tipificada en psiquiatría. No significa que todos los coleccionistas estén locos, pero alguno he conocido que...

En estos tiempos en los que la mitomanía y las redes sociales han elevado el mal gusto y la estupidez a grados preocupantes, hasta el punto de que ya se oyen algunas voces clamando por la Parusía o el meteorito que ponga fin a tanto dislate, de repente te encuentras con ejemplos que prueban que ciertos comportamientos no son patrimonio de ahora, sino de siempre. Uno de ellos, y del que hoy quisiera hablarles, es el caso de el pene de Napoleón.

En teoría, todo este asunto se inicia en 1916, cuando fue adquirida una famosa colección de objetos relacionados con Napoleón Bonaparte: la colección Vignali.

El abad Angelo Paul (Paolo) Vignali fue el capellán que prestó sus servicios y consuelo espiritual al exemperador durante sus últimos años. Fue él quien lo confesó y lo ungió con el crisma de la extremaunción.

Muerte de Napoleón. Obra de Charles von Steuben

Muerte de Napoleón. Obra de Charles von Steuben

El abate fue testigo y participó en la autopsia que llevó a cabo el doctor François Antommarchi al cadáver del gran hombre, horas después de su fallecimiento, el 5 de mayo de 1821.

El abate solicitó al médico ciertas partes del cuerpo para conservarlas. Esta afirmación fue confirmada, aunque sin especificar qué partes exactamente, por el ayuda de cámara de Napoleón.

Este individuo, llamado Louis Saint-Denis, era conocido como «Alí el Mameluco», pues le recordaba a Napoleón a un mameluco que había estado a su servicio y que se llamaba así. Pues bien, Louis Saint-Denis publicó sus memorias en la Revue des Deux Mondes en 1852 y confirmó que el abate se guardó partes del cuerpo.

El abate, una vez que sus servicios dejaron de ser necesarios por el fallecimiento de Napoleón, regresó a su Córcega natal, donde se reunió con su familia. Llevó con él su colección de recuerdos, de la que siempre se mostró orgulloso, y desconfiaba de aquellos que mostraban demasiado interés por ella. El pater fue asesinado en 1828, en un crimen relacionado con los odios y las rencillas entre diferentes clanes, tan característicos de la isla.

Todo cuanto tenía el padre Vignali fue a parar a su única hermana, quien, a su vez, dejó las preciosas reliquias a su hijo Charles Marie Gianettini.

A principios del siglo XX, la colección Vignali –como se llamaba a las sesenta piezas de ropa, cartas, objetos y otras cosas relacionadas con Napoleón Bonaparte– era bien conocida y codiciada por algunos coleccionistas. En 1916, los herederos del señor Gianettini se pusieron en contacto con la prestigiosa librería especializada en manuscritos y libros raros Maggs Bros., de Londres.

Esta empresa es —ya que sigue existiendo— una de las más prestigiosas del mundo en su campo y luce con orgullo haber sido proveedora de las casas reales de Gran Bretaña, España y Portugal. Maggs Bros. adquirió la colección completa, sin que se tenga información de la cifra que se pagó por ella.

Durante ocho años, la colección estuvo en posesión de Maggs, pero, en 1924, la vendió a un viejo conocido y colega que llevaba años insistiendo y presionando para que se la cediera.

El nuevo propietario era Abraham Simon Wolf Rosenbach. Este fue el comerciante especializado en libros y manuscritos valiosos más reputado de Estados Unidos. Entre sus clientes se encontraban la Fundación Huntington, los Morgan, la Frick, etc. Él mismo era un ávido coleccionista y un erudito que ganó una descomunal fortuna con su pasión y alimentando la de otros.

Se calcula que, a lo largo de su vida, realizó ventas por unos ochenta millones de dólares de entonces. Esta persona era el nuevo poseedor de la colección.

Lo primero que hizo Rosenbach cuando se vio en posesión de las codiciadas reliquias fue dar publicidad a la adquisición. El 12 de mayo de 1924, la revista Time publicó un extenso artículo en el que se describían las piezas: «... unas cartas de Antommarchi, la última copa de la que bebió Napoleón, un cáliz de plata con las armas imperiales; juego de cuchillo, tenedor y cuchara de plata con las armas imperiales; camisas, pañuelos, un par de calzones blancos, chalecos de piqué propiedad de Napoleón... La reliquia más macabra es un tendón momificado...».

Aquí se señala un punto importante. Esta delicada y cuestionada pieza de la anatomía del Corso se ha denominado oficialmente «tendón» durante décadas, prácticamente desde siempre, pero sotto voce se afirmaba que era su pene.

Esta sería la última vez que se denominaría eufemísticamente «tendón» a lo que era otra cosa. Además, el señor Rosenbach se encargó de pregonarlo con orgullo. Incluso encargó que se fabricara una caja para poder exhibirlo en el Museo de Arte Francés de Nueva York.

La colección fue vendida en 1946 por la Rosenbach Company, propietaria de la colección tras la muerte de Abraham. Fue ofrecida y adquirida por un amigo y viejo conocido del difunto propietario, y es que Donald F. Hyde era otro coleccionista y apasionado de los libros antiguos.

Hyde conservó la colección y, tras su muerte, su desconsolada viuda la vendió a John Fleming, quien entonces era el director de la Rosenbach Company. En 1969, la colección fue adquirida por otro comerciante especializado en antigüedades llamado Bruno Gimelson.

Más pragmático que los anteriores propietarios, Gimelson deshizo la colección y la vendió por piezas. El pene —sí, para entonces ya todo el mundo lo conocía así— de Napoleón fue adquirido, por 3.000 dólares, por el doctor John K. Lattimer, profesor emérito y jefe de Urología de la Universidad de Columbia. Lo que no deja de tener gracia y lógica.

El doctor era una eminencia que había sido el urólogo de los acusados en el juicio de Núremberg a los jerarcas nazis. De allí se quedó con un pequeño frasco donde, supuestamente, había estado el veneno que acabó con la vida de Hermann Göring y, se supone, con más cosas.

También tenía el cuello duro y ensangrentado de la camisa que había usado Abraham Lincoln para ir al teatro donde le dispararon. Fue uno de los médicos que trabajaron en la autopsia que se le hizo al presidente John F. Kennedy, y es lógico pensar que se quedaría con algo. El buen doctor falleció en 2007.

Su hija, Evan Lattimer, es la orgullosa propietaria de la pintoresca colección que reunió su padre. Vive en Nueva Jersey y ha aparecido en varias revistas posando con la pieza más codiciada de la colección de su difunto padre. Pueden encontrar ustedes en internet a la propietaria exhibiendo la herencia recibida y de la que estaría dispuesta a separarse —con infinita pena por su parte— por la mezquina cantidad de 100.000 dólares.

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