El príncipe Félix Yusúpov sentado junto a su madre, padre y hermano mayor Nikolái

Dinastías y poder

La familia que superó en riqueza a los Romanov y cuyo heredero asesinó a Rasputín

El príncipe Félix Yusúpov, escribiría el último capítulo de aquella dinastía al convertirse en uno de los asesinos de Grigori Rasputín

Hubo un tiempo en el que el apellido Yusúpov significaba más riqueza que el de los propios Romanov. En sus palacios colgaban Rembrandt, Rubens o Tiepolo; sus joyeros guardaban algunas de las piezas más célebres de Europa y sus recepciones en el palacio Moika de San Petersburgo, la capital de estilo europeo abierta al mar que había ordenado construir Pedro el Grande, marcaban la vida de la alta sociedad rusa.

La matriarca de aquel mundo era la princesa Zinaida Yusúpova, considerada la mujer más bella y rica de Rusia. Entonces, pocos podían imaginar que su hijo, el príncipe Félix Yusúpov, escribiría el último capítulo de aquella dinastía al convertirse en uno de los asesinos de Grigori Rasputín. Ella simbolizó el lujo; él, el ocaso de un imperio.

Zinaida Yusúpova representaba el poder de toda una dinastía al servicio de la Corona rusa desde los tiempos de Catalina la Grande hasta el reinado del zar Alejandro II.

La finca familiar cerca de Moscú; Palacio de Arkhangelskoye

Como única heredera de la mayor fortuna privada del Imperio ruso, tenía un patrimonio inigualable: decenas de palacios, minas de carbón, fábricas de azúcar, porcelana y tejidos y explotaciones petrolíferas en el Caspio, además de una de las colecciones de arte más importantes de Europa.

Entre sus joyas figuraban el diamante «Estrella Polar»; la perla Regente, que había sido comprada por Napoleón en 1811 para celebrar el nacimiento de su hijo, montada después en una tiara de María Luisa de Habsburgo y convertida posteriormente en un corsage para Eugenia de Montijo; y unos pendientes de diamantes en forma de lágrima atribuidos a María Antonieta.

Era amiga personal de la zarina María Fiódorovna –nacida Dagmar de Dinamarca– y estaba considerada la gran anfitriona social de aquel San Petersburgo que se reflejaba alegre en las aguas del Neva. Pero aquel mundo empezó a venirse abajo cuando murió su hijo mayor, Nicolás, en 1908, en un duelo de honor. Toda la herencia de los Yusúpov recayó entonces sobre el joven Félix.

Retrato de Félix Yusupov (1903) de Valentin Serov

Aquel aristócrata destinado a grandes gestas nunca fue convencional. Educado en Oxford, refinado, extravagante y con fama de seductor, decían que divertía a sus amigos disfrazándose de mujer, aunque llegó a casarse con una sobrina del zar, la gran duquesa Irina –hija de Xenia, hermana menor de Nicolás II–.

Pero el destino de los Yusúpov no se decidió en los bailes del Moika, sino en los sótanos de aquel palacio. Mientras Rusia se desangraba en la Gran Guerra y la influencia de Rasputín sobre la zarina a causa de la enfermedad que sufría el heredero debilitaba el poder imperial, un grupo de aristócratas creyó que el único modo de salvar la monarquía era eliminar al estrafalario monje siberiano. Defendían un nacionalismo radical contrario a las políticas de gobierno que estaba llevando a cabo Nicolás II.

Décadas más tarde, Félix Yusúpov justificaba esta decisión en una frase que sintetiza parte del pensamiento de la aristocracia rusa: «Creíamos que, al eliminar a Rasputín, salvábamos a Rusia». Pero este asesinato, ocurrido en diciembre de 1916, no iba a salvar a los Romanov.

Apenas unos meses después, estallaba la Revolución y todo ese mundo desapareció para siempre. El propio Félix lo llegó a reconocer en su autobiografía, El esplendor perdido, y en sus Memorias: «Aquella noche cambió el curso de mi vida para siempre».

Los bolcheviques de Lenin confiscaron palacios, fábricas, minas, colecciones de arte y tierras. La leyenda asegura que parte de las joyas de Zinaida permanecieron ocultas en una cámara secreta del palacio Moika, donde nunca pudieron recuperarse. Ella, como tantas otras aristócratas, consiguió escapar con algunas de sus alhajas, que le sirvieron para vivir en el exilio.

Primero se estableció en Roma y después en París, destino de tantos príncipes y grandes duquesas. Murió en 1939. Su hijo Félix, protagonista de uno de los asesinatos más famosos del siglo XX, sobrevivió hasta 1967. Invirtió los restos de su exigua fortuna en Irfé, una firma de alta costura en el París de los años veinte, y demandó a la Metro-Goldwyn-Mayer por la película Rasputín y la zarina, estrenada en 1932, con John Barrymore en el papel del príncipe. Con ellos desaparecía la última gran dinastía de la aristocracia de los zares.