Panorámica de Ceuta desde el mirador de Isabel IIMario Sanchez Bueno

Ceuta y Melilla no son colonias: así pasaron a ser españolas siglos antes de que existiera Marruecos

Cada crisis migratoria devuelve al primer plano un debate que la historia resolvió hace siglos: por qué dos ciudades situadas en África forman parte de España

Cada vez que una avalancha migratoria convierte a Ceuta o Melilla en noticia, el mismo debate resurge con la misma intensidad. Desde Rabat vuelven las reivindicaciones sobre ambas ciudades; desde determinados sectores políticos y mediáticos reaparece la expresión «colonias españolas en África»; y miles de personas se preguntan cómo es posible que dos ciudades situadas en el continente africano pertenezcan a España.

La respuesta, sin embargo, no está en la política del siglo XXI, sino en la historia, la misma que desmonta buena parte de los argumentos que reaparecen una y otra vez cada vez que se produce una crisis fronteriza. Ceuta y Melilla no pasaron a formar parte de España arrebatándoselas al actual Reino de Marruecos. De hecho, cuando ambas quedaron incorporadas a la Monarquía Hispánica, el Estado marroquí, tal y como hoy lo conocemos, ni siquiera existía.

Para comprenderlo hay que viajar varios siglos atrás. Mucho antes de la llegada de españoles o portugueses, ambas ciudades ya ocupaban un lugar privilegiado en el Mediterráneo occidental. Fenicios, cartagineses y romanos comprendieron enseguida el enorme valor estratégico de controlar la entrada al Estrecho de Gibraltar. Ceuta fue conocida por los romanos como Septem Fratres, mientras que Melilla prosperó bajo el nombre de Rusadir. Ambas pasaron después a formar parte del reino visigodo hasta la expansión islámica iniciada en el siglo VIII. Durante siglos permanecieron bajo distintas dinastías musulmanas. Pero el episodio que explica su situación actual comenzó mucho después y, curiosamente, no tuvo como protagonista a Castilla.

Ceuta fue primero portuguesa

Existe una idea bastante extendida según la cual Ceuta fue conquistada por España y no cierto. La ciudad fue tomada por Portugal en 1415 durante el reinado de Juan I. Aquella expedición, al mando del infante Enrique el Navegante, está considerada por muchos historiadores como el inicio de la expansión ultramarina portuguesa que buscaba controlar el tráfico comercial del Estrecho y frenar la piratería que afectaba a las rutas atlánticas y mediterráneas. Durante más de siglo y medio, Ceuta perteneció a la Corona portuguesa. Todo cambió en 1580 tras la muerte sin descendencia del rey Sebastián. En 1578 Felipe II de España heredó el Reino de Portugal tras la muerte sin descendencia de Sebastián I y después, del deceso, también de Enrique I. No lo heredó porque sí, tenía derechos sucesorios al ser hijo de Isabel de Portugal, es decir, nieto del rey Manuel. La anexión tuvo lugar en 1580 y trajo consigo la incorporación a la entonces Monarquía Hispánica, de Ceuta, Arcila, Tánger y Mazagán. Todo ello en virtud de la condiciones acordadas en las Cortes de Tomar en 1581. Felipe II heredó unificó ambos reinos bajo un mismo monarca en la llamada Unión Ibérica. Desde ese momento, Ceuta pasó a integrarse en la Monarquía Hispánica. Sin embargo, el episodio decisivo todavía estaba por llegar.

En 1640 Portugal inició la guerra que culminaría con la recuperación de su independencia. Y fue entonces cuando ocurrió uno de los hechos menos conocidos de la historia de España. No fue Felipe IV quien decidió conservar Ceuta, sino que fue Ceuta la que decidió seguir siendo española. Mientras la inmensa mayoría de los territorios portugueses reconocían al nuevo rey Juan IV de Braganza, las autoridades ceutíes juraron fidelidad al monarca español y optaron por permanecer vinculadas a la Corona española. Aquella decisión quedó definitivamente consolidada en el Tratado de Lisboa de 1668, mediante el cual Portugal reconocía oficialmente la soberanía española sobre la ciudad y este matiz es fundamental recordarlo porque cambia completamente el debate. La españolidad de Ceuta no nace de una ocupación militar posterior ni de una anexión unilateral, sino que surge de una decisión política de la propia ciudad, reconocida internacionalmente hace más de tres siglos y medio.

Melilla siguió un camino distinto

La incorporación de Melilla tuvo un origen diferente. A finales del siglo XV la ciudad había perdido gran parte de la importancia comercial que había disfrutado durante la Antigüedad por muchos motivos, pero quizás el principal fue el de las luchas entre las distintas dinastías norteafricanas y que la decadencia económica había provocado un importante despoblamiento. En 1497, apenas cinco años después de la conquista de Granada, una expedición organizada por los Reyes Católicos y dirigida por Pedro de Estopiñán tomó posesión de la plaza prácticamente sin encontrar resistencia organizada y el objetivo no respondía a una lógica colonial —un concepto completamente ajeno a la época— sino a una estrategia defensiva. Castilla buscaba asegurar el control del Mediterráneo occidental frente a la piratería berberisca y evitar que potencias rivales utilizaran aquellos puertos para atacar las costas peninsulares. Los Reyes Católicos se tomaban muy en serio proteger sus fronteras. Tampoco en este caso puede hablarse de una conquista del Marruecos actual ya que no existía, lo que no quiere decir que no el territorio fuese un páramo ni no existiesen poderes organizados.

Durante los siglos XV y XVI el norte de África estaba dividido entre distintas dinastías que se sucedían en el poder —meriníes, wattásidas, saadíes o, más tarde, alauíes— y cuya autoridad variaba enormemente según los periodos. El concepto de frontera nacional, tal y como hoy lo entendemos, no existía, como tampoco existía un Estado marroquí con unas fronteras reconocidas internacionalmente comparable a las actuales.

De hecho, la propia dinastía alauí, que continúa reinando en Marruecos, no llegó al poder hasta mediados del siglo XVII, cuando Ceuta llevaba ya décadas integrada en la Monarquía Hispánica y Melilla llevaba casi dos siglos bajo soberanía castellana. El Reino de Marruecos como Estado moderno surgiría mucho después, especialmente tras el establecimiento del protectorado francés y español en 1912 y, sobre todo, con la independencia obtenida en 1956.

La permanencia de ambas ciudades dentro de España tampoco puede entenderse sin los tratados internacionales. En el caso de Ceuta, el Tratado de Lisboa de 1668 puso fin a la guerra entre España y Portugal y confirmó definitivamente la soberanía española sobre la ciudad. Melilla, por su parte, consolidó progresivamente su situación mediante distintos acuerdos con los sultanes marroquíes durante los siglos XVIII y XIX. Especialmente importante fue el Tratado de Wad-Ras de 1860, firmado tras la Guerra de África, que fijó nuevos límites territoriales y reconoció la presencia española en la plaza. Desde entonces, las delimitaciones fronterizas fueron completándose mediante acuerdos posteriores entre España y Marruecos, especialmente durante el Protectorado. Es decir, la soberanía española sobre ambas ciudades no descansa únicamente sobre hechos históricos ocurridos hace cinco siglos, sino también sobre tratados internacionales posteriores.

¿Por qué las reclama entonces Marruecos?

La reivindicación marroquí es relativamente reciente desde el punto de vista histórico y no apareció mientras Marruecos fue un protectorado francés y español ni tampoco durante los siglos anteriores. Fue tras la independencia de 1956 cuando Rabat comenzó a reclamar Ceuta y Melilla como parte de su política de recuperación territorial, una estrategia que también afectó a Ifni, al Sáhara Occidental o a otros enclaves bajo administración española. Sin embargo, existe una diferencia fundamental y es que Ifni fue cedido a Marruecos en 1969 y el Sáhara Occidental sigue siendo objeto de controversia internacional, Ceuta y Melilla forman parte del territorio nacional español desde hace siglos y están plenamente integradas en el Estado. Sus habitantes son ciudadanos españoles y europeos, eligen representantes en las Cortes Generales, participan en todas las elecciones nacionales y europeas y sus instituciones funcionan exactamente igual que las del resto del país: ni Naciones Unidas incluye ambas ciudades en la lista de territorios pendientes de descolonización ni existe resolución internacional alguna que cuestione la soberanía española sobre ellas.

Mucho más que una frontera

Todo esto explica por qué es tan difícil entender el debate actual sin conocer la historia. Cada vez que tenemos una crisis migratoria retorna la misma discusión y las mismas consignas, como si Ceuta y Melilla fueran un vestigio del reparto colonial de África del siglo XIX. Melilla pasó a formar parte de la Corona de Castilla en 1497, cuando faltaban casi cuatro siglos para el reparto colonial acordado en la Conferencia de Berlín. Ceuta decidió permanecer unida a la Monarquía Hispánica en 1640 y quizá esa sea la mayor paradoja de todo este debate: que dos de las ciudades cuya españolidad más se cuestiona en la actualidad llevan formando parte de España desde antes de que naciera el Estado que hoy las reclama.