Carlos V y Felipe II. Obra de Antonio Arias Fernández
Cuando España y Portugal compartieron rey y gobernaron juntos el mayor imperio del mundo
Felipe II incorporaría Portugal a la Monarquía Hispánica y ampliaría el mayor imperio de su tiempo hasta unos límites nunca vistos
A pocas horas de que España y Portugal se enfrenten en octavos de final del Mundial de fútbol, resulta oportuno echar la vista atrás y recordar que hubo un tiempo en que ambos pueblos no se miraban como rivales, sino como parte de una misma Corona.
El fútbol tiene esa capacidad extraordinaria de despertar pasiones nacionales, banderas, himnos y fronteras emocionales. La historia, sin embargo, suele ser bastante más compleja que un marcador y nos recuerda que durante casi sesenta años españoles y portugueses compartieron rey, destino político y una de las empresas imperiales más formidables de la Edad Moderna..., aunque hoy muchos lo desconozcan.
Aquella unión no nació de una ocurrencia ni de una conquista improvisada, sino de una crisis dinástica. En 1578, el joven rey Sebastián de Portugal murió en la desastrosa batalla de Alcazarquivir, en Marruecos, sin dejar descendencia. Le sucedió su tío abuelo, el cardenal Enrique, ya anciano y también sin herederos. Cuando este falleció en 1580, el trono portugués quedó abierto a varios pretendientes.
Entre ellos estaba Felipe II, rey de España, hijo de Isabel de Portugal y nieto, por tanto, de Manuel I el Afortunado. Su candidatura no era una extravagancia extranjera, sino una reclamación dinástica perfectamente fundamentada.
Aquel matrimonio, que, como casi todos los de las grandes dinastías europeas, comenzó por razones de Estado, terminó convirtiéndose en una auténtica historia de amor entre Carlos V e Isabel de Portugal. El Emperador nunca logró sobreponerse a la muerte de su esposa.
Lo que ninguno de los dos podía imaginar era que de aquella unión nacería un hijo que, décadas después, incorporaría Portugal a la Monarquía Hispánica y ampliaría el mayor imperio de su tiempo hasta unos límites nunca vistos.
Pero Portugal no aceptó sin más aquella solución y el prior de Crato, don Antonio, intentó hacer valer sus derechos. Felipe II actuó con la mezcla de legitimidad dinástica, habilidad política y fuerza militar que caracterizaba a la Europa de su tiempo.
Antonio, prior de Crato
Las tropas del duque de Alba entraron en Portugal y, tras la victoria de Alcántara, el camino quedó despejado. En 1581, las Cortes de Tomar reconocieron a Felipe II como Rey de Portugal. Desde entonces, y hasta 1640, los dos reinos compartieron soberano.
Portugal, sin embargo, no fue borrado del mapa ni convertido en una provincia castellana. La llamada Unión Ibérica fue una unión dinástica, del mismo modo que un siglo antes lo había sido la de Castilla y Aragón, no una absorción administrativa. Felipe II juró respetar las leyes, las instituciones, la moneda, la lengua, los cargos y las particularidades del reino portugués.
Portugal conservó su personalidad política dentro de una Monarquía que, por naturaleza, era compuesta. La Monarquía Hispánica no funcionaba como un Estado centralizado moderno, sino como un conjunto de reinos y territorios unidos bajo un mismo soberano. Ese mismo modelo se proyectó después sobre todos sus dominios, incluidos los americanos.
Y aquí aparece la parte más fascinante, la que con demasiada frecuencia pasa desapercibida. Con la incorporación de Portugal, la Monarquía de Felipe II alcanzó una dimensión verdaderamente planetaria. A los dominios españoles en Europa, América y Asia se sumó el inmenso imperio portugués. Brasil, Angola, Mozambique, Cabo Verde, Goa, Macao, Malaca, Ormuz y otros enclaves estratégicos pasaron a integrarse bajo la misma Corona.
Por primera vez, una única Monarquía proyectaba su poder sobre los dos grandes océanos y articulaba una red de rutas, puertos y posesiones que unía América con Asia; el Atlántico, con el Índico y el Pacífico.
La expresión «el imperio donde nunca se ponía el sol» adquirió entonces todo su sentido. La suma de España y Portugal no fue únicamente peninsular: fue americana, africana, asiática y oceánica. Mientras la América española se extendía desde México hasta el Perú y el Río de la Plata, Portugal aportaba Brasil y una extraordinaria red de enclaves comerciales que enlazaban África oriental, la India, el sudeste asiático y China. Lisboa y Sevilla, Madrid y Goa, México y Macao, Salvador de Bahía y Manila formaban parte, con todas sus diferencias y particularidades, de un mismo universo político.
Aquella unión también tuvo enormes consecuencias geopolíticas. Ingleses, holandeses y franceses comprendieron enseguida que la incorporación de Portugal multiplicaba el poder de Felipe II, pero también abría nuevos frentes. Las posesiones portuguesas, dispersas por cuatro continentes, se convirtieron en objetivo prioritario de las potencias protestantes, especialmente de los holandeses, que encontraron en Brasil, África y Asia una vía para debilitar la hegemonía de la Monarquía Hispánica. La Unión Ibérica hizo más poderoso aquel imperio, pero también mucho más difícil de defender.
Durante esos sesenta años, España y Portugal compartieron mucho más que un Rey. Compartieron enemigos, desafíos oceánicos, intereses dinásticos y una concepción global del poder. También convivieron con recelos. Los portugueses temían verse subordinados a Castilla; muchos castellanos contemplaban aquel inmenso imperio añadido como una oportunidad, pero también como una carga.
'Felipe II a caballo', obra de Rubens
El equilibrio era frágil, porque el éxito de la unión dependía de que Portugal sintiera respetada su singularidad. Mientras ese compromiso se mantuvo, la fórmula funcionó. Cuando el desgaste fiscal, militar y político terminó por imponerse, la ruptura fue cuestión de tiempo.
En 1640, en plena crisis de la Monarquía Hispánica, Portugal proclamó Rey al duque de Braganza, Juan IV. Era el final de la Unión Ibérica. España, inmersa en conflictos por media Europa, tardaría todavía años en reconocer aquella independencia, pero el proyecto común había llegado a su fin.
El lunes, España y Portugal volverán a medirse como rivales. Es la lógica del deporte y parte del encanto de estas grandes citas. Sin embargo, bajo esa rivalidad cordial late una historia mucho más profunda. Durante décadas, ambos países compartieron sangre dinástica, intereses atlánticos, enemigos comunes y una vocación universal que desbordó con mucho las fronteras de la Península.
Quizá por eso, cuando el árbitro haga sonar el silbato inicial, merezca la pena recordar que antes de disputarse un balón, España y Portugal compartieron una misma Corona y gobernaron juntos un imperio que se extendía por cuatro continentes. Durante aquellos sesenta años, la historia de ambos países fue, en buena medida, la historia del mundo.