Carro de bronce tartésico, se trata del principal hallazgo de la reciente campaña en Casas del Turuñuelo.RTVE

El carro de bronce del Turuñuelo que revela cómo las élites de Tartessos exhibían su poder

Estamos ante un artefacto cuya función práctica todavía se desconoce, pero cuya capacidad para impresionar resulta indudable

El poder en el mundo antiguo se mostraba de innumerables formas, y una muy eficaz era el banquete, con sus rituales, sus alimentos y una escenografía cargada de simbolismo. Una de las piezas más lujosas de banquetes singulares eran los conocidos «carros de bronce»: piezas singulares que avanzaban sobre pequeñas ruedas, exhalando un aroma a resinas aromáticas o transportando pequeñas piezas rituales y ocupando el centro de una ceremonia en la que nada –ni los alimentos, ni los objetos, ni los animales sacrificados, ni la posición de los asistentes– se dejaba al azar.

El excepcional carro de bronce descubierto recientemente en Casas del Turuñuelo, en Guareña, permite contemplar el poder tartésico desde una perspectiva nueva. No estamos únicamente ante una obra artística extraordinaria ni ante una prueba más de los contactos de Tartessos con el Mediterráneo. Estamos ante un artefacto cuya función práctica todavía se desconoce, pero cuya capacidad para impresionar resulta indudable.

El carro está formado por una caja de bronce apoyada sobre dos ruedas decoradas. En su frente aparece la imagen de Aqueloo, la antigua divinidad fluvial de rostro humano, mientras que dos grifos ocupan los laterales. En los extremos, dos personajes barbados, con los brazos levantados, parecen sostener la estructura.

Las primeras comparaciones conducen a los carros cultuales conocidos en Etruria, aunque todavía no puede asegurarse que la pieza haya sido fabricada allí. Tampoco se conoce con certeza su contenido ni su función: pudo sostener ofrendas, perfumes, líquidos rituales o sustancias destinadas a la combustión.

Lo que sí sabemos es que apareció junto a la denominada estancia del banquete y rodeado de objetos que revelan conexiones con distintos puntos del Mediterráneo: cerámica ática, un recipiente egipcio de alabastro y marfiles decorados.

El carro de bronce, del que se ha recuperado la mitad, conserva una rica decoración figurativa en la que aparece un AquelooIAM-CSIC

En las sociedades antiguas, el banquete constituía una de las formas más eficaces de hacer visible la jerarquía. Pero comer juntos no significaba ser iguales; muy al contrario. Mediante el ceremonial se seleccionaba a los invitados, se ordenaba su posición, se distribuían las porciones y se establecía quién tenía derecho a ofrecer, recibir, beber o comer qué cosas sí y qué otras no. Sabiendo qué comía cada uno y cómo lo hacía, se conocía su posición social.

Y en una interesante forma de exposición de poder, el anfitrión, durante el banquete, demostraba que poseía más de lo necesario. Disponía de animales que sacrificar, alimentos que repartir, bebidas que servir, objetos extraordinarios que exhibir y personal para cocinar y servir, para mantener el fuego y ejecutar correctamente el ceremonial.

Así que un banquete era una actividad costosa que, además, requería piezas, instrumentos y una puesta en escena en justa correspondencia con el rango de la casa.

Por otro lado, el emplazamiento donde se ha encontrado el carro es decisivo. Un objeto aislado puede ser ambiguo; un objeto dentro de una secuencia ceremonial comienza a adquirir significado. Y aquí la profesionalidad de los arqueólogos es sustancial.

Carro de bronceCSIC

No basta con encontrar una pieza excepcional: es necesario registrar con precisión dónde apareció, con qué materiales se relacionaba, qué estratos la rodeaban y qué actividades se desarrollaron en aquel espacio. Solo así puede afirmarse que nos encontramos ante la estancia de un banquete y no ante una interpretación sugerida por la espectacularidad del hallazgo.

En la estancia S-1 del Turuñuelo, Esther Rodríguez y Sebastián Celestino pudieron distinguir arqueológicamente dos actividades consecutivas: primero, la preparación y cocinado de los alimentos; después, su consumo. No se trata, por tanto, de una denominación literaria o intuitiva ni de una hipótesis especulativa, y es que justamente de eso va la investigación: de la seriedad, el conocimiento y la experiencia, que es con lo que los profesionales generan su prestigio.

Para poseer un objeto de tradición etrusca –o uno de factoría local inspirado en ella– era necesario participar en redes de intercambio capaces de adentrarse en el Mediterráneo. Este objeto, el carro de bronce, no solo tenía valor por el material empleado o por la destreza de sus artesanos. Su prestigio procedía también de la lejanía del diseño, de la idea o de la propia pieza. También de la dificultad para obtenerlo y del conocimiento que incorporaba.

Quien mostraba el carro ante sus invitados demostraba que su autoridad no terminaba en las tierras próximas al Guadiana. Sus relaciones alcanzaban circuitos por los que circulaban cerámicas griegas, alabastros egipcios, vidrios orientales, marfiles y modelos iconográficos compartidos por las élites del Mediterráneo. Poder y riqueza. Nada nuevo, por cierto.

Ahora bien, no debemos imaginar Tartessos como un receptor pasivo y únicamente fascinado ante cuanto llegaba. Los objetos importados eran seleccionados e introducidos en contextos locales, y aunque el carro hubiera sido ideado o fabricado en Etruria, su uso en el Turuñuelo habría sido tartésico. El poder no consistía solamente en importar el mundo, sino en apropiarse de él, ordenarlo e integrarlo en una liturgia propia.

Y demos un salto en el tiempo: podemos imaginar –siempre como hipótesis– la entrada del carro en la estancia o su desplazamiento entre el espacio de preparación de comidas o el lugar de sacrificio y el ámbito de consumo. El bronce reflejaría la luz de las lámparas, los grifos se moverían con la pieza y las figuras sustentantes parecerían avanzar. Si contenía perfumes o resinas, el olor habría precedido o acompañado su paso.

En ese contexto, el carro podía actuar como una pequeña epifanía. No sería simplemente un soporte útil, sino el vehículo mediante el cual se hacía evidente el valor del ceremonial. El contenido importaba, pero también era sustancial la manera en que era presentado.

Los paralelos etruscos ayudan a comprender esta dimensión. Los denominados carrelli cultuali aparecen vinculados a contextos aristocráticos, funerarios y sacrificiales.

Los especialistas han propuesto para ellos funciones diversas: transporte de agua lustral, presentación de ofrendas, aceites y perfumes o participación efectiva en los ritos funerarios. No existe una explicación única aplicable a todos los ejemplares. El consenso se limita a reconocer que eran objetos rituales de prestigio y no simples carros domésticos destinados a repartir alimentos.

En cualquier caso, el ejemplar del Turuñuelo parece pertenecer a ese universo conceptual de los objetos que median entre el gobernante, los participantes y lo sagrado. El banquete del Turuñuelo fue, por ello, una representación del orden social y cósmico. El carro de bronce, con sus figuras híbridas y sus seres protectores, participaba visualmente en ese orden.

No sabemos qué crisis, transformación política o decisión religiosa condujo a la clausura del edificio, que fue incendiado, derrumbado y sellado intencionadamente bajo un túmulo a finales del siglo V a. C.; no se abandonó de manera precipitada.

El poder de aquellos gobernantes era tal que podían ordenar la construcción de un edificio monumental, reunir alimentos y animales procedentes de distintos territorios y acceder a bienes llegados de Grecia, Egipto o quizá Etruria. Podían organizar una comunidad, seleccionar a los comensales, ofrecer la valiosa carne, derramar líquidos preciosos y hacer avanzar ante ellos un carro de bronce poblado de dioses, grifos y figuras humanas.

Y, finalmente, podían hacer desaparecer todo aquel mundo bajo la tierra. Es evidente que el poder se manifestó en esta clausura, aunque desconozcamos los motivos.

El carro del Turuñuelo no es únicamente una obra maestra de la broncística antigua. Es la imagen condensada de una autoridad que necesitaba hacerse visible y que lo hizo mediante las piezas expuestas durante el banquete. Sobre sus pequeñas ruedas avanzaban en forma simbólica el poder, la riqueza, el control de los canales comerciales y también el conocimiento.

Quizá por eso constituye uno de los testimonios más elocuentes del banquete tartesio: porque muestra que, alrededor de aquella mesa que decoró el carro del Turuñuelo, lo que verdaderamente se servía era el poder.