Vista del patio con el sacrificio de animales, la gran escalinata y el camino de lajas de pizarra que parte de su base
Tras las huellas de Tartessos: hallazgos e investigaciones arqueológicas que han revelado sus secretos
La historia del descubrimiento de Tartessos ha estado plagada de sorpresas y enigmas, Desde joyas de oro encontradas por casualidad hasta los sacrificios masivos en las excavaciones de El Turuñuelo
A principios del siglo XX, el arqueólogo alemán Adolf Schulten se propuso descubrir la casi mítica ciudad de Tartessos, que describían escritores de Roma y Grecia como Estrabón y Plinio el Viejo. Excavó con su equipo zonas del bajo Guadalquivir, convencido de que ahí se hallaban los restos de Tartessos y, aunque no encontró la ciudad que buscaba, halló restos que confirmaban la existencia de una cultura próspera en la región, con una fuerte influencia de los fenicios.
Otros descubrimientos fueron menos sistemáticos que las excavaciones de Schulten. En 1920, dos hermanos, junto con el sobrino de ambos, se encontraban en la localidad extremeña de Aliseda recogiendo tierra para hacer tejas, cuando salieron a la luz unas joyas antiguas de oro, ocultas durante siglos bajo tierra.
No informaron del hallazgo, sino que las llevaron a Cáceres para venderlas, pero el comprador, convencido de que eran joyas robadas, avisó a la policía, que, tras interrogarlos, les obligó a confesar el lugar del hallazgo. Se dictó una Real Orden declarando los bienes propiedad del Estado español en aplicación de la Ley de Excavaciones y Antigüedades de 1911, y así el tesoro de Aliseda, datado en el siglo VII a. C., fue llevado al Museo Arqueológico Nacional, donde puede verse hoy.
No es el único tesoro que fue encontrado de forma casual. En 1958, a tres kilómetros de Sevilla, en unos cerros que llaman «carambolos», la Real Sociedad de Tiro de Pichón de Sevilla estaba llevando a cabo unas obras para ampliar sus instalaciones, cuando un obrero de la empresa constructora encontró un brazalete de oro de 24 quilates.
Los trabajadores siguieron excavando hasta encontrar más piezas, y uno de ellos, convencido de que no podían ser de oro, dobló una de las piezas varias veces para intentar demostrarlo, hasta que finalmente se rompió. Aunque los obreros se repartieron las joyas, la directiva de la Real Sociedad de Tiro de Pichón intervino y contactó con un historiador. El tesoro de El Carambolo está compuesto por 21 piezas, entre ellas, una estatua de la diosa fenicia Astarté, lo que confirmó la relación de esta cultura con la tartésica.
Original del Tesoro de El Carambolo, expuesto en el Museo Arqueológico de Sevilla en el 50 aniversario de su hallazgo
También fue fortuito el descubrimiento del excepcional yacimiento de Cancho Roano, en Badajoz. En 1978, un labrador comenzó a excavar para construir una alberca de riego en su finca. Durante la obra, descubrió bajo el terreno impresionantes estructuras de piedra y objetos de gran antigüedad, que permiten fechar su creación en torno al 550 a. C., mientras que su destrucción no fue posterior al 370 a. C. Cancho Roano respondió varios interrogantes sobre la misteriosa civilización tartésica, pero también planteó nuevas preguntas, que siguen ocupando a arqueólogos e historiadores.
Por ejemplo, la existencia de numerosas habitaciones, similares a celdas individuales, ha dado lugar a la hipótesis de que el sitio podría haber sido un templo dedicado a la práctica de la prostitución sagrada en honor a Astarté, la diosa de la fertilidad. También se encontraron esculturas que evidenciaban una civilización más avanzada de lo que se pensó en un principio, y cerámicas griegas que demuestran que Tartessos participaba activamente en el comercio del Mediterráneo, probablemente a través de su contacto con los fenicios.
Lugar arqueológico de Cancho Roano, vista del lado oeste
En 2014, se descubrió, gracias a la labor de los arqueólogos dirigidos por el CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas), el yacimiento de El Turuñuelo, donde hoy continúan las minuciosas excavaciones de los vestigios de un edificio monumental. Con la ayuda de un equipo de GNSS (sistemas globales de navegación por satélite, de los cuales el GPS es el ejemplo más conocido), se toman los datos de las coordenadas de los descubrimientos y, junto con las imágenes tomadas por fotografía digital y drones, un programa informático permite elaborar mapas y visualizaciones virtuales, obteniendo un levantamiento en 3D que permite analizar con precisión la distribución y estructura de los yacimientos.
Esto ayuda a los arqueólogos a entender mejor la organización y el contexto de las antiguas civilizaciones sin necesidad de realizar excavaciones invasivas.
Estos yacimientos plantean también un interrogante sobre la súbita desaparición de la cultura tartésica: los edificios de Cancho Roano y El Turuñuelo fueron arrasados, incendiados y sellados con arcilla por sus propios habitantes a finales del siglo V a. C., en un acto deliberado cuyas razones se desconocen.
En un patio del yacimiento de El Turuñuelo se encontró un hallazgo impresionante: los restos de más de cincuenta animales, principalmente caballos, que habían sido sacrificados antes de la destrucción del edificio. Se han planteado múltiples hipótesis sobre el porqué de esta destrucción: pudo ser una respuesta a una crisis interna o un colapso social, o quizás la presión de otros pueblos, como los celtas del norte de la península.
También se ha propuesto que pudiera haber sido un acto ritual religioso o un sacrificio simbólico para cerrar un ciclo, o incluso una medida desesperada ante el declive económico de Tartessos, buscando evitar que sus recursos cayeran en manos ajenas.
A medida que las investigaciones y excavaciones continúan, nuevos descubrimientos seguirán arrojando luz sobre la misteriosa civilización tartésica. Con el avance de la tecnología y el trabajo de los arqueólogos, cada hallazgo nos acerca más a entender su historia, sus costumbres y su influencia, mientras el enigma de Tartessos sigue desvelándose poco a poco.