Monte Arruit

Cómo La Legión salvó Melilla tras el Desastre de Annual

Las unidades de La Legión, nada más desembarcar, participan en las acciones de reconquista que salvan la plaza de Melilla y permiten allanar el camino hasta la derrota total de Abd el-Krim, tras el desembarco combinado hispano-francés de Alhucemas

Acaban de cumplirse 105 años del denominado Desastre de Annual, en el que miles de españoles murieron masacrados por las harcas rifeñas en la zona oriental del Protectorado al derrumbarse completamente la Comandancia General de Melilla, con el suicidio de su jefe, el general Fernández Silvestre, y la desbandada de sus fuerzas desplegadas a escasos kilómetros de la ciudad.

A lo largo de todo el territorio oriental, las diferentes posiciones defensivas y puestos avanzados se fueron derrumbando como un castillo de naipes, en unos luctuosos sucesos en los que sus soldados y policías indígenas desertaban, se rendían, intentaban escapar o eran masacrados.

A medida que se iban recibiendo más noticias, el pánico se fue apoderando de la población melillense, pero en los meses siguientes la situación cambió y Melilla pasó de ser una ciudad en peligro al centro neurálgico de la denominada «campaña de desquite», en la que se cuenta una serie de operaciones destinadas no solo a recuperar el territorio perdido, sino a salvar el honor y la memoria de tantos y tantos españoles que regaron con su sangre las ardientes tierras rifeñas.

Legionarios españoles combatiendo en el Guerra del Rif

En estas acciones, una vez más, La Legión jugó un papel fundamental, tanto en el rápido despliegue inicial como en la consolidación de posiciones en torno a Melilla y en la ofensiva final de recuperación del territorio.

Simultáneamente a estos acontecimientos, en la zona occidental del Protectorado y, más concretamente, en la región de la Yebala, el general Berenguer, alto comisario de España en Marruecos, había decidido acabar con la rebelión del señor de ese territorio, el Raisuni, que se había atrincherado en su reducto de Tazarut, para lo que iba a necesitar lo mejor de sus fuerzas.

Con ellas, La Legión se dispuso a entrar en combate. Para ello, las unidades legionarias se encontraban acampadas en Rokba el Gozal, al suroeste de Tetuán, descansando tras haber ocupado el Zoco el Jemís de Beni Arós, el lugar donde los integrantes de esta cabila montaban el mercado cada jueves.

Eran las dos de la noche cuando se recibió un mensaje muy urgente que, sin dar más detalles, ordenaba al jefe de La Legión, el teniente coronel Millán Astray, que de inmediato enviase una bandera lista para el combate al Fondak, posada de Ain Yedida.

El jefe del Tercio mandó llamar a los dos jefes de la I y la III Banderas para ponerlos al corriente de la orden recibida e, inmediatamente, ambos se presentaron voluntarios, por lo que se hizo necesario recurrir a un sorteo que favoreció a la I Bandera, mandada por el comandante Franco.

Francisco Franco en el Desembarco de AlhucemasAgencia EFE

En silencio, sin gritos ni alborotos, se levantó al personal, que comenzó inmediatamente las tareas de embastado del ganado y la carga del armamento y el equipo y, a las dos y cuarto, la I Bandera y la 4.ª Compañía de la II Bandera iniciaron la marcha a la máxima velocidad posible, sin más detenciones que unos pocos minutos cada hora.

En diecisiete horas llegaron al Fondak por caminos montañosos y durmieron apenas tres horas para lograr llegar a Tetuán a las diez de la mañana del 22 de julio. Habían recorrido casi 100 kilómetros con todo el equipo en apenas un día y medio. En ese momento conocieron lo que había ocurrido en la zona oriental. Había que llegar lo antes posible a Ceuta para embarcar. Melilla estaba indefensa.

De la dureza de este movimiento dan fe las memorias del entonces cabo primero Piris Berrocal, condecorado posteriormente con la Medalla Militar Individual y único legionario que alcanzó el empleo de teniente coronel:

«La marcha se va haciendo insoportable, pues llevamos andando desde las tres de la madrugada con solo dos horas de descanso y las plantas de los pies son una pura llaga. Por fin, llenos de fatiga, con grandes alargamientos de la columna y muchos agotados, llegamos al Fondak sobre las doce de la noche, después de una marcha de diecisiete horas sin parar.

Cuando llegamos al campamento se nos ordena montar las tiendas y se nos da un rancho caliente que nadie recoge, de cansados que estábamos.

El mando llama desde Tetuán apremiando para continuar la marcha, pero nuestro teniente coronel expone la situación en que nos encontramos y la marcha que llevamos, por lo que le dan un plazo hasta las cuatro de la madrugada del día 23 para que reanude la marcha.

A las cuatro de la madrugada, como se había prometido, se emprende la marcha con grandes dificultades por el estado de los pies y, hasta que no se calientan, los tormentos son insufribles, pero pronto, con el andar, nos olvidamos de ellos.

Los oficiales nos animan y nos jalean para levantarnos el ánimo y pronto surgen las canciones, los chistes y las bromas que van alegrando el camino y permiten aumentar el ritmo de marcha.

A las diez de la mañana del día 23 llegamos a la plaza de Tetuán».

Pero ¿qué había pasado realmente? La I Bandera, a su llegada a Tetuán, se encontró con el resto de la II Bandera, mandada por el comandante Rodríguez Fontanés, que ya había llegado tras una marcha rápida similar desde su campamento de Ben Karrich, situado a 14 kilómetros de distancia.

La razón de reunirlos en Tetuán era que allí empezaba la línea férrea que los llevaría hasta Ceuta. Ya había más noticias: efectivamente, seguirían hasta Ceuta y allí, integrados con los Regulares de Ceuta, formarían una columna mandada por el general Sanjurjo e irían en barco hasta Melilla.

Al llegar a Ceuta, las unidades legionarias pasan por el Cuartel del Rey, donde se encuentra la Plana Mayor del Tercio de Extranjeros, para reponer munición, vestuario y equipo y atender a los heridos y despeados. Allí, frente a sus muros, el fundador los forma y se dirige a ellos con la siguiente arenga:

«¡Legionarios!, de Melilla nos llaman en su socorro. Ha llegado la hora de los legionarios. La situación allá es grave; quizás en esta empresa tengamos todos que morir. ¡Legionarios!, si hay alguno que no quiera venir con nosotros, que salga de filas, que se marche; queda licenciado ahora mismo… ¡Legionarios!, ¿juráis todos morir, si es preciso, en socorro de Melilla?».

Todos responden: «¡Sí, juramos! ¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva La Legión!».

En el puerto, los legionarios embarcan en el vapor Ciudad de Cádiz. Con ellos está a bordo Sanjurjo, que se hará cargo del mando de la operación, y, tras el embarque, la carga y la estiba del material, el armamento, el ganado y el equipo, a las ocho de la tarde del 23 de julio zarpan rumbo a Melilla.

Desembarco de refuerzos españoles en el puerto de Melilla durante la Guerra del Rif

¿Melilla? ¿Por qué este envío tan urgente de tropas de primera línea?

A 110 kilómetros de la ciudad, en el interior de Marruecos, en la zona que, a lo largo de doce años, había ido pacificándose, sobrevino un súbito y grave desastre: Annual. En realidad, había comenzado días atrás con la captura, por los rebeldes rifeños, de la posición de Abarrán, el 1 de junio de 1921, y de la de Igueriben, el 21 de julio; pasó por el suicidio del general Silvestre y la retirada de la columna del general Navarro desde el campamento de Annual, iniciada el 21 de julio, hasta su refugio en la posición de Monte Arruit, el 29 de julio, y acabó con su rendición ante los rifeños rebeldes el 9 de agosto.

Este desastre tuvo dos epílogos trágicos: el primero fue que unos 10.000 militares españoles resultaron muertos en la retirada o asesinados tras la rendición.

El segundo fue que, desaparecidas casi todas las tropas, Melilla solo podía ser defendida por unos escasos y poco experimentados soldados. Las harcas y bandas rebeldes estaban a punto de invadirla y continuar con los asesinatos de españoles.

En la ciudad, la situación es caótica. Cuando el buque avista el puerto, un oficial de la plaza se acerca y les informa de que la población está aterrorizada, por lo que es necesario infundirle todo el ánimo posible. Los legionarios van encaramados a los palos y agitan sus gorrillos y banderines; la banda de música toca canciones legionarias.

Millán-Astray, sin ni siquiera haber abandonado todavía el barco, ordena desde la borda que cesen los cánticos y los vivas y se dirige a la población, que lo observa expectante desde el muelle:

«Melillenses, os saludamos. Es La Legión, que viene a salvaros; nada temáis: nuestras vidas os lo garantizan. Manda la expedición el más bravo y heroico general del Ejército español: el general Sanjurjo. Vienen detrás de nosotros los Regulares de Ceuta, con el laureado teniente coronel González-Tablas, y artillería de montaña, ingenieros y fuerzas de Intendencia. ¡Melillenses! Los legionarios y todos venimos dispuestos a morir por vosotros. Ya no hay peligro. ¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva La Legión!».

Los legionarios desembarcan en el puerto de Melilla para defender la ciudad a los acordes de La Madelon y otras canciones legionarias. En el muelle forman y realizan una serie de movimientos de armas para, a continuación, desfilar por sus calles ante un público que, pese a verlos desfilar por primera vez, los aplaude con fervor, con la seguridad de que sus vidas ya no corren peligro, porque están garantizadas con las de esos soldados de fiero aspecto. Las palabras del fundador y la sola presencia de los legionarios infunden tranquilidad en la población.

Las unidades de La Legión, nada más desembarcar, participan en las acciones de reconquista que salvan la plaza de Melilla y permiten allanar el camino hasta la derrota total de Abd el-Krim, tras el desembarco combinado hispano-francés de Alhucemas.

Las acciones de Casabona, Nador, Xeruta o el Blocao de la Muerte son testimonios del heroísmo de los legionarios en sus primeros meses de vida. En este último, el cabo Suceso Terreros y catorce legionarios se presentaron voluntarios para una muerte segura en apoyo de la posición defendida por una sección del batallón disciplinario de Cabrerizas, que fue aniquilada.

  • Antonio Ruiz Benítez es general de División del Ejército de Tierra (Retirado).