Una guerra. Una carrera
«Fotografiar es poner en la misma línea de mira la cabeza, el ojo y el corazón». (Henri Cartier-Bresson)
Mostar, Bosnia, en la guerra
Está fotografía la hice en Mostar, Bosnia, en la guerra, en junio de 1994. Tenía veintiséis años y apenas llevaba unos meses descubriendo un mundo para el que nadie puede prepararte.
Había llegado virgen a la guerra. Sin experiencia. Sin la coraza emocional que algunos corresponsales construyen con los años. Creía que iba a fotografiar un conflicto cuando realmente no sabía lo que era. Fue como entrar de lleno en una escena de una película.
Mostar era entonces una ciudad partida por algo más profundo que un río. Era una ciudad dividida por el miedo y el odio. El viejo puente ya no existía. Los edificios eran esqueletos abiertos y las fachadas parecían mapas de metralla donde cada impacto llevaba el nombre de una historia, de una vida, de una familia, interrumpida. Los jardines fueron cementerios.
En el este de la ciudad sobrevivían miles de bosnios musulmanes desplazados tras aquella fatídica primavera de 1993. Vivían hacinados, sin apenas electricidad, con escasez de alimentos y rodeados por posiciones desde las que francotiradores y morteros convertían cualquier calle en una posibilidad de muerte. El escrito «pazi sniper» estaba visible en cada esquina; advertía de la presencia de francotiradores en la zona.
La gente salía a recoger la comida que se repartía según el día de la semana (normalmente patata cocida), con turno y personas, entre ellos menores, asignados para ese riesgo.
Sin embargo, aquella tarde del mes de junio decidieron organizar una carrera popular. La llamaron la Primera Carrera Popular en Libertad. No era una carrera, no era una competición, no había premio. Era una declaración de resistencia, una forma de decirle a la guerra que todavía no había conseguido ocuparlo todo. Y era una expresión de dignidad.
Los psicólogos explican que mantener rutinas durante un conflicto ayuda a conservar una percepción mínima de normalidad. Comer a la misma hora. Abrir una escuela improvisada. Celebrar un cumpleaños. Organizar una carrera. No porque uno olvide la guerra, sino porque necesita recordar que sigue vivo.
Las mujeres, los domingos en Sarajevo, se maquillaban y se arriesgaban a dar un paseo por la Avenida de los Francotiradores; porque necesitaban pensar que no todo estaba perdido, que la vida seguía.
El chaval que aparece suspendido en el aire se llama Edin Kapic. Tenía quince años y corría con la zancada exagerada de quien quiere salir, escapar.
Años después acabaría viviendo en Barcelona, donde hoy ocupa un puesto directivo en una empresa tecnológica. La guerra no consiguió definir toda su biografía, pero aquel día todavía no podía saberlo.
Aprendió español con los libros de Antonio Gala que le llevábamos desde España y un diccionario gastado. Me gustaba verle avanzar palabra a palabra, descubriendo un idioma mientras alrededor seguían cayendo proyectiles (hasta 900 bombas diarias en la peor época en una zona habitada por apenas 11.000 personas, Mostar Este).
En cierto modo, aprender otra lengua también era una forma de escapar.
La niña que aparece detrás, protegida bajo un paraguas, es Ines Kajic, hija de Mohammed, el chófer del director de RATNI Studio, la Radio de Guerra que cada día daba información sobre los soldados bosnios en el frente para sus familiares.
Mientras Edin desafía el espacio con una zancada imposible, Ines permanece casi inmóvil. Dos movimientos completamente distintos. Dos maneras diferentes de resistir. Él corre y ella espera.
Cuando observo esta imagen siempre regreso a Henri Cartier-Bresson y a una de las fotografías más influyentes de la historia: Derrière la Gare Saint-Lazare, el hombre suspendido sobre un charco una fracción de segundo antes de tocar el agua.
Aquella imagen convirtió el instante decisivo en una forma de entender la fotografía.
Pero existe una diferencia esencial: el hombre de Cartier-Bresson salta un charco y Edin corre y salta entre las heridas de las bombas. Formalmente ambas fotografías «dialogan». Las dos congelan un cuerpo suspendido en el aire, un instante irrepetible en el que el tiempo se detiene antes de recuperar su curso. En las dos, el pie todavía no ha encontrado el suelo. El equilibrio depende de una fracción de segundo.
Sin embargo, el significado cambia por completo. El salto de París habla del obstáculo cotidiano y el de la carrera de Mostar habla de la supervivencia. El instante decisivo ya no consiste únicamente en capturar el gesto perfecto sino en fotografiar el momento exacto en que la vida decide imponerse al miedo.
La composición refuerza esa idea. La fachada agujereada por la metralla ocupa todo el fondo. No necesita explicación. Cada impacto de bala y cada cráter de mortero forman una escritura que la guerra dejó impresa sobre los muros. La horizontalidad del edificio transmite inmovilidad. Todo permanece detenido mientras dos figuras rompen esa quietud.
Edin atraviesa el encuadre con una diagonal poderosa. Su cuerpo suspendido genera toda la tensión visual. Es la única forma completamente libre dentro de un escenario encarcelado.
Después aparece Ines.
Su paraguas rayado introduce un elemento circular que contrasta con la violencia de las líneas rectas del edificio. Lo extraordinario es que la niña camina exactamente sobre la huella de una explosión de mortero.
No parece consciente, pero quienes estábamos allí, sí. Y ahí aparece el punctum del que hablaba Roland Barthes. No es Edin ni los agujeros de la fachada. Es ese paraguas avanzando sobre una cicatriz abierta en el asfalto.
La guerra ha conseguido convertir un impacto de mortero en parte del paisaje cotidiano. Eso hiere mucho más que cualquier fotografía explícita de la muerte.
Durante mucho tiempo pensé que las mejores imágenes de una guerra eran las que mostraban la violencia y hoy creo exactamente lo contrario. He llegado a organizar exposiciones basadas en la vida dentro de la guerra.
Las mejores fotografías son las que enseñan aquello que la guerra nunca consigue destruir: una carrera, un libro, una conversación, una sonrisa, un paraguas o una canción. Porque las guerras Intentan destruir la normalidad. Y cuando una comunidad organiza una carrera popular bajo la amenaza de los francotiradores está haciendo mucho más que deporte. Está reconstruyendo, aunque sea durante unos minutos, la salud mental de toda una ciudad.
Cuando regresaba a España nadie me preguntaba qué había sentido. Querían cifras, anécdotas, pero pocas: «no me cuente desastres, no me cuentes dolor».
A poca gente le interesó qué ocurre dentro de alguien que ha visto cómo la muerte empieza a formar parte de la rutina. Yo tampoco sabía explicarlo, sólo notaba una urgencia inmensa por vivir, pero no sabía cuáles eran las herramientas para conseguirlo, así que dediqué mucho tiempo a trabajar bajo intuición y cierta valentía, con una necesidad casi física de no aplazar nada.
Después de Bosnia empecé a vivir como si el futuro fuera una promesa demasiado frágil. Quería hacerlo todo inmediatamente: viajar, amar, trabajar, aceptar cualquier desafío. La guerra me enseñó que la vida podía terminar en cualquier esquina.
Pero cometí un error: confundí intensidad con precipitación. Tardé muchos años en comprender que el futuro siempre está mucho más cerca de lo que imaginamos. Cuando alargamos artificialmente un presente, cuando vivimos convencidos de que sólo importa el ahora, terminamos robándole posibilidades al mañana. El momento puede romper el futuro.
Edin lo entendió antes que yo. Mientras yo seguía persiguiendo guerras, él estudiaba español con Antonio Gala, aprendía informática y construía pacientemente una vida nueva. Yo fotografié su carrera, sí, pero él ganó la verdadera.
Y quizá por eso esta sigue siendo una de mis fotografías favoritas: porque demuestra que, incluso cuando todo parece derrumbarse, siempre existe alguien dispuesto a echar a correr no para escapar de la muerte sino para llegar antes que ella.