Fernando Quintela
El instante decisivoFernando Quintela

Una mirada

«El carácter, como la fotografía, se revela en la oscuridad» (Yousuf Karsh, fotógrafo armenio)

Una mirada

Una miradaFernando Quintela

No hay nada más difícil de fotografiar que una mirada. Dicen por esas calles que la mirada es el espejo del alma. Un recurso dialéctico fácil y simple para romper un momento de conversación mal abordada. Y es cierto.

En la mirada se adivina todo, desde la personalidad a las experiencias, el amor, el odio, la tristeza y la alegría. Son definitorias incluso las de las malas personas: cierran la profundidad, esquivan el enfrentamiento, distraen hacia abajo o hacia un lado.

El que miente, como el que abusa, sabe que su mirada le delata; no hay que ser un analista de la CIA. He conocido miradas que tocan el corazón y otras que son imposibles de compartir. El que no quiere ser conocido no permite que su mirada desvele detalles de estrategia, cuando la más relevante es esa, la que pone la barrera.

Y hay miradas limpias que duran toda una vida. Desvelan un carácter y una calidad extraordinaria de la persona. Hay personas cuya mirada ocupa mucho espacio en una familia y otras miradas que ocupan mucho tiempo, que sobreviven a la persona. Esta mujer de la imagen perteneció a las segundas.

Siempre he pensado que los retratos verdaderos no describen un rostro. Describen una manera de estar en el mundo. Yousuf Karsh dedicó su vida a fotografiar a las grandes figuras del siglo XX. Churchill, Hemingway, Einstein, Picasso o Martin Luther King pasaron por su estudio.

Pero lo que convertía aquellos retratos en inolvidables no era la fama de quienes posaban. Era la capacidad de Karsh para encontrar el carácter oculto detrás de la expresión.

Aquí sucede algo parecido porque no vemos una anciana sino una forma de entender la vida.

La composición resulta contundente por sencilla. No hay artificio ni decoración que distraiga la mirada. Todo ocurre entre cuatro o generaciones, ni más ni menos. La mujer, mayor, sostiene al niño con una naturalidad absoluta, como si aquel gesto hubiera acompañado toda su existencia. El pequeño descansa sin miedo porque todavía ignora que la seguridad también puede transmitirse con las manos.

La luz entra suavemente sobre el rostro de ella y no busca embellecer de la manera en hoy interpretamos los cánones que marcaron artistas como Miguel Ángel con su David. Busca revelar lo que hay detrás de esa calma, de esa mirada cansada por el tiempo pero viva por la satisfacción.

Cada arruga aparece donde debe estar. No como una marca del tiempo, sino como la escritura de una biografía. Irving Penn decía que el fondo más sencillo permitía descubrir a la persona sin interferencias.

Aquí sucede eso. Nada compite con la mirada. Nada pretende llamar la atención. Sólo queda ella y sus ojos limpios, serenos, sin rastro de dureza pese a todo lo vivido. Con brillo y dando un mensaje, que cada uno lo interprete como quiera. Yolo tengo claro.

Es una persona mayor, muy mayor; quizá nació siendo mayor. Y de la misma manera que hay quien envejece desconfiando del mundo, ella envejeció confiando en él. Eso no significa ingenuidad sino haber entendido que el respeto siempre pesa más que el juicio.

Yo era muy joven, quizá demasiado impulsivo para escuchar, cuando hice esta fotografía y ella me regaló un único consejo: «nunca enseñes la mano más de lo que da la manga».

Tardé muchos años en comprenderlo porque arrancaba una vida llena de luces. Cuando uno es joven no hay fecha de caducidad. Somos pequeños animales en formación que enfrentamos lo que se ponga delante, y si el camino te llega iluminado puedes incluso hasta taparte los ojos confiando en la intuición, esa que nunca falla pero pocas veces acierta.

Entonces pensé que ella hablaba de prudencia, que no tuve, pero hoy creo que hablaba de otra cosa, de la discreción, de no convertir cada pensamiento en una batalla, de reservar una parte de uno mismo para la intimidad.

Emilia, Milucha, Uta para los más cercanos, «abuelita» para los pequeños, nació 1898. Cuando en las casas no había agua corriente y la luz apenas era para unos privilegiados. Fue la segunda de ocho hermanos y, casi sin dejar de ser una niña, aprendió que la infancia podía esperar.

Hasta que llegó una rudimentaria máquina de lavar con centrifugado a base de rodillos y manivela, lavaba la ropa a mano, y la blanca la llevaba a clarear a los campos de Fonteculler (Culleredo, La Coruña).

Una vez clareadas, vuelta a lavar para quitar la tierra y las hierbas, porque se tendían sobre el campo con piedras sujetando cada esquina. Mientras sus padres trabajaban, Emilia, Milucha, Uta, en ocasiones se convertía en madre de sus hermanos. La responsabilidad le llegó casi antes que la adolescencia.

Cuenta la familia, y contaba ella, una historia preciosa por su significado y valiente por su objetivo. Cuenta el cuento, basado en hechos reales, que en una ocasión estando ella sola con sus hermanos, escuchó algún ruido extraño alrededor de la casa.

Era ya de noche (vivían en una casa independiente con huerta), cogió un viejo rifle y disparó al aire desde una ventana. No para herir a nadie. Sólo para que quien pudiese a atreverse a olisquear las cercanías, tuviese muy claro que allí había alguien dispuesto a defender a los suyos. Como en el Oeste Far West de las películas pero en Culleredo, La Coruña.

Aquel único disparo no hablaba de violencia, sino de responsabilidad. Quizá toda su vida quedó resumida en ese gesto. Y de ahí esa mirada, luminosa y segura como la protección que siempre dio a los suyos.

Después tuvo ocho hijos. Siete mujeres y un varón, que murió poco después de nacer. La vida le enseñó muy pronto que la alegría y el dolor no suelen llamar a la puerta por separado.

Nunca la vi lamentarse ni tampoco presumir. Era de esas personas que hablaban poco y con respeto y escuchaban mucho. Leía constantemente. Escuchaba todavía más. Nunca juzgaba la vida de nadie. Cada cual tenía derecho a equivocarse por sí mismo. En un mundo donde todos parecen necesitar tener razón, ella prefería comprender.

Esta fotografía la hice en 1993. Sostiene en brazos a uno de sus descendientes, bisnieto, aunque llegó a conocer tataranietos. Francisco tenía 15 días de vida y era su primera vez en el «mundo exterior». Entre ambos había casi un siglo de distancia (95 años frente a 15 días) y, sin embargo, la fotografía habla del mismo tiempo. La calma, la paz, la familia.

Vivimos en una época que parece premiar exactamente lo contrario. Las redes sociales nos empujan a opinar, sobre todo, a mostrarlo todo, a exhibir incluso aquello que antes pertenecía al ámbito más íntimo.

No hay filtros, el exhibicionismo se ha convertido en algo diferencial pero grosero. Pero ella, Emilia, Milucha, Uta, había nacido un siglo antes y, sin saber nada de algoritmos, entendía que una persona vale tanto por lo que dice como por aquello que decide callar; más esto último

Nunca fui capaz de seguir del todo su consejo. Los periodistas vivimos precisamente de enseñar la mano y yo no fui capaz de medir la manga, que era más corta que mi brazo. Pero con los años he descubierto que tenía razón. La prudencia no es cobardía, es inteligencia.

Dorothea Lange escribió que la cámara enseña a mirar sin cámara. Creo que esa frase explica por qué sigo volviendo a esta fotografía. Ya no observo únicamente a una persona mayor.

Observo una generación entera de mujeres que sostuvieron familias completas sin pedir reconocimiento, sin ocupar titulares y sin reclamar protagonismo. Mujeres cuya biografía nunca aparecerá en los libros de historia, pero sin las cuales muchas historias jamás habrían existido.

El instante decisivo de esta imagen no es un gesto espectacular. Es la quietud. Ese momento en que una mujer nacida en el siglo XIX sostiene a un niño que crecerá en el XXI.

Entre ambos caben guerras, dictaduras, cambios de régimen, avances tecnológicos y una velocidad de vivir que ella probablemente nunca habría imaginado.

Sin embargo, hay algo que permanece: la forma de sujetar a quien se quiere. Cada vez que vuelvo a contemplar este retrato pienso menos en la mujer que fue y más en la herencia que dejó, que no fue ni una casa ni una fortuna. Dejó la impronta de un apellido con valores y algo mucho más difícil de transmitir: una manera de mirar a los demás.

Ella fue, por supuesto, abuelita.

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