El oceanógrafo Jacques Yves Cousteau (izq.) con el presidente Charles De Gaulle (dcha.) y la princesa Grace de Mónaco en Mónaco, 24 de octubre de 1960
Dinastías y poder
Cómo la guerra de Argelia puso a De Gaulle contra el Mónaco de Grace Kelly
La princesa, como presidenta de la Cruz Roja Monegasca y figura central de la vida social europea, invitó al general De Gaulle al tradicional Baile de la Rosa: la leyenda sostiene que aquella invitación ayudó a rebajar la tensión
¿Pudo jugar Grace Kelly algún papel en las descolonizaciones que sufrió el mundo en los años sesenta del siglo XX? Una estrella de Hollywood convertida en princesa de un pequeño Estado mediterráneo parecía estar lejos de las guerras coloniales que agitaban Europa, África y el mundo árabe.
Sin embargo, en 1962, cuando la crisis de Argelia amenazaba con redefinir el futuro de la República Francesa, Grace de Mónaco se convirtió en una protagonista inesperada a la que se atribuyó la capacidad de limar las tensiones diplomáticas con el general Charles de Gaulle.
Argelia no era para Francia una colonia más. Desde 1848, al final del reinado de Luis Felipe de Orleans, había sido organizada como tres departamentos franceses –Argel, Orán y Constantina– y, desde el punto de vista jurídico, formaba parte de la República. Cerca de un millón de europeos –los llamados pieds-noirs– residían allí junto a una población musulmana.
Por eso, la independencia argelina no significaba únicamente la pérdida de un territorio colonial, sino la ruptura de lo que había pretendido ser una «idea» de Francia. Cuando estalló la insurrección del Frente de Liberación Nacional en 1954, París respondió convencida de que no libraba una guerra colonial, sino una operación para preservar la integridad de la República.
Soldados del Ejército de Liberación Nacional junto a la bandera argelina
Ocho años de violencias, tensiones y guerras terminaron provocando el regreso al poder del general Charles de Gaulle, el «héroe de la Francia Libre», en 1958.
Mientras París libraba una guerra que estaba dividiendo profundamente a la sociedad francesa, otros países europeos contemplaban también el final de sus antiguos territorios.
España vivía su particular proceso en este contexto de descolonización. Al comenzar los años sesenta, todavía conservaba Guinea Ecuatorial y el Sáhara Español, sus últimas provincias africanas. Pero el mundo de los antiguos imperios estaba desapareciendo, cambiando el equilibrio que había nacido tras la Segunda Guerra Mundial.
En ese escenario, un pequeño principado mediterráneo de poco más de dos kilómetros cuadrados adquirió una importancia inesperada. Mónaco no tenía ejército, grandes extensiones territoriales ni recursos naturales, pero sí un modelo económico que favorecía las inversiones.
Con Rainiero III, convertido en soberano en 1949 tras la muerte de su abuelo Luis II, el Principado había crecido alrededor del Casino de Montecarlo, el turismo de lujo y una política fiscal muy favorable para grandes fortunas europeas, muchas de ellas francesas.
Desde finales del siglo XIX, Montecarlo se había convertido en un referente cultural y social gracias a la llegada de artistas, aristócratas y empresarios, aunque su modelo económico dependía del equilibrio con su vecino francés.
La llegada de Grace Kelly a la casa Grimaldi en 1956 transformó la imagen internacional de Mónaco. La actriz norteamericana, musa de Alfred Hitchcock, ganadora de un Oscar y una de las grandes estrellas de Hollywood, abandonó el cine para convertirse en princesa.
Grace Kelly y el príncipe Rainiero III durante su ceremonia religiosa de boda en la catedral de San Nicolás
Su boda con Rainiero III fue uno de los acontecimientos más mediáticos de la década y reunió a figuras del cine y personalidades como la Reina Victoria Eugenia de España, exiliada en aquellos años. A partir de entonces, la nueva princesa de Mónaco tuvo la capacidad de convertir la imagen pública en una herramienta de Estado: lo que ahora se denomina «poder blando».
La crisis llegó en 1962. Francia, ya bajo el liderazgo de Charles de Gaulle, trataba de cerrar la guerra de Argelia, que estaba dejando muchas heridas políticas y un enorme coste económico. París necesitaba reforzar sus ingresos y consideraba poco positivo que parte del capital francés escapara hacia un principado con una fiscalidad más favorable. Por ello, exigió a Mónaco que endureciera su política tributaria respecto a los ciudadanos y las empresas francesas.
Rainiero III se negó. La tensión llegó hasta el punto de que Francia bloqueó temporalmente las comunicaciones terrestres con Mónaco. Mientras el mundo temía una confrontación nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética en plena Guerra Fría, durante la crisis de los misiles de Cuba, Francia y Mónaco protagonizaban un conflicto diplomático casi teatral.
Fue entonces cuando nació una de las historias más famosas relacionadas con Grace de Mónaco. Se cuenta que la princesa, como presidenta de la Cruz Roja Monegasca y figura central de la vida social europea, invitó al general De Gaulle al tradicional Baile de la Rosa, una de las grandes citas benéficas del Principado, con el objetivo de limar asperezas. La leyenda sostiene que aquella invitación ayudó a rebajar la tensión.
La realidad es que la solución al conflicto llegó mediante la negociación política y quedó recogida en el acuerdo franco-monegasco de 1963. Francia logró modificar parte del régimen fiscal del Principado y Mónaco conservó su soberanía. Para entonces, Argelia ya era independiente.
Grace Kelly no había detenido una descolonización ni dirigido una negociación internacional, pero sí había encarnado una nueva forma de poder: la de las pequeñas dinastías europeas capaces de sobrevivir por el valor de su imagen, su historia y su capacidad de influir en la política a través de la diplomacia.