Retrato de Cristóbal Colón
Una pequeña historia de un engaño a Colón
Hoy he querido tener un recuerdo para con aquellos animales, despreciados y motivo de indignación por Cristóbal Colón, pero que tanto hicieron y transformaron con su presencia esas maravillosas tierras
El día 25 de septiembre de 1493, una hora antes del amanecer, zarpó del puerto de Cádiz una flota compuesta por diecisiete navíos, cinco naos y doce carabelas.
En el puerto se habían congregado todas las autoridades junto con los dos hijos de almirante, Diego y Hernando Colón, que habían acudido a despedirse de su padre, conscientes de la importancia de la expedición y la posibilidad de no volver a verle.
La flota partió hacia las tierras descubiertas el año anterior. Aparte de los bastimentos para el viaje, llevaban cuanto podía ser necesario para levantar un trozo de Castilla en aquellas lejanas tierras.
Llevaban artesanos, herreros, material e instrumentos para labrar la piedra, arar los campos y criar ganados. Contaba y estaba la flota, como nos cuenta el propio almirante, «bien aderezada y con mil doscientos hombres de pelea», junto a los marinos, funcionarios y artesanos la cifra total estaría entre mil quinientas y mil ochocientas almas.
Entre los integrantes de esta segunda expedición encontramos nombres conocidos. Al almirante le acompaña su hermano Diego Colón. Es contador mayor y alguacil Bernal Díaz de Pisa, que tiene orden de vigilar al almirante e informar al contador y secretario del príncipe heredero, Juan de Soria.
Cristóbal Colón organizará un buen follón cuando descubra que Bernal Díaz de Pisa le está fiscalizando en secreto. Furioso dará orden de que se le encarcele a él, sus sirvientes y empleados.
Continuando con los miembros de la expedición está el cartógrafo y marino Juan de la Cosa. Tenemos al doctor Diego Álvarez Cancha, quien había sido el médico de la infanta Isabel. El benedictino fray Bernardo Boyl está a cargo de un grupo de frailes franciscanos que se encargarán de la predicación y el bienestar espiritual de todos.
A bordo está el futuro descubridor y adelantado de la Florida Juan Ponce de León, sobre cuya lápida se grabará: «aqueste lugar estrecho es sepulcro de un varón, cuyo nombre fue León y mucho más en el hecho».
También está Diego Velázquez de Cuéllar, futuro gobernador de la isla de Cuba o Juana como se la llamó en honor de la infanta de ese nombre. Alonso de Ojeda, Pedro de las Casas (padre de fray Bartolomé de las Casas) y un largo listado de nombres, tal vez no tan famosos, pero ciertamente no carentes de mérito.
Esta no fue solo una expedición de descubrimiento y toma de posesión, también iban a poblar. Y es que el levantar ciudades –«poblar y blanquear (esto es, mezclarse)»– será casi una obsesión. Ello es porque el levantar poblaciones no solo creaba asentamientos y riqueza, también fama y para la gente de entonces era lo más importante después de la fortuna.
Es de señalar que a partir de las reales ordenanzas que se publicaron por orden de Felipe II, el 13 de julio de 1573 en Balsaín, la palabra «conquista» será suprimida y sustituida por «población o pacificación» en todo documento oficial o capitulaciones futuras que se acordasen.
Volviendo a la expedición. Han pasado unos meses, se ha fundado una nueva ciudad en la isla de la Española (hoy compuesta por Santo Domingo y Haití), con el nombre de La Isabela.
Ese nuevo año de 1494 el almirante don Cristóbal Colón entregó un memorial al capitán de la nao Mariagalante y primer alcaide de la villa de La Isabela –Antonio de Torres– en el que se detallaba y daba cumplida información de cómo había sido el viaje, de los descubrimientos que se habían hecho y la información recogida acerca de otras islas y pueblos.
Por cierto, que se alaba la actuación e iniciativa del joven Alonso de Ojeda, «el caballero de la Virgen».
En medio del memorial nos cuenta el almirante una queja que tiene, un detalle menor e incluso chusco en medio de la histórica expedición, y que tiene relación con los caballos.
Este fue elemento fundamental que hará exclamar a Bernal Díaz del Castillo, en su Historia Verdadera de la Conquista de Nueva España”, «después de Dios, debimos la victoria a los caballos».
Volviendo al tema, se queja el almirante por medio del memorial. «Ítem: diréis a Sus Altezas como los escuderos de caballo que vinieron a Granada, en el alarde que hicieron en Sevilla mostraron buenos caballos, y después al embarcar, yo no lo vi porque estaba un poco doliente, metieron tales que el mejor de ellos no parece que vale dos mil maravedíes, porque vendieron los otros y compraron estos…, parece que a Juan de Soria después de dado el dinero del sueldo, por algún interés suyo puso otros en el lugar de aquellos que yo acá pensaba hallar».
Es la segunda vez que nombramos a Juan de Soria y esta última es directamente acusado por el propio Colón de estafa. Juan de Soria había sido nombrado por los reyes contador de la flota que se estaba reuniendo.
Como mencioné antes, al nombrarle la primera vez, era persona de confianza y ocupaba el cargo de secretario del príncipe Juan. En 1489 ya había sido recompensado con unas tahullas de huerta y terrenos tras la toma de la ciudad de Baza y cuando se conquistó Granada fue nombrado contador de la artillería de la Alhama.
Prosperaría este Juan de Soria sirviendo a la corona. En 1515, junto con su esposa Ana García de los Fayos, como él de familia hidalga de Ágreda (Soria), constituyó mayorazgo con un tercio del total de los bienes de ambos y ordenó que se labraran sepulcros en la iglesia de San Miguel de esa su villa natal.
¿Fue culpable el contador del cambiazo de los caballos? No lo sabemos. Tal vez. Cierto es que Juan de Soria pensaba, junto con el obispo de Burgos y presidente de la Junta de Indias Juan Rodríguez de Fonseca, que el almirante tenía demasiada ambición y muy suelto el gusto del mando y que las capitulaciones de Santa Fe habían sido demasiado generosas en conceder lo que se ignoraba qué se estaba dando.
De una manera u otra esos pencos famélicos –todo huesos y mataduras, buenos solo para el matadero– que se embarcaron, sobrevivieron al peligroso viaje. Debieron de mejorar algo su aspecto cuando empezaron a alimentarles cómo se debe, pues se mostraron más valioso de lo que su triste imagen inicial presagiara.
De ellos salieron los caballos que desembarcaron en el continente, en tierra firme. Los que se escaparon se volvieron cimarrones y adaptándose a los diferentes hábitats dieron lugar a nuevas razas. La más conocida es la Mesteña, que los gringos llaman Mustang.
Hoy he querido tener un recuerdo para con aquellos animales, despreciados y motivo de indignación por Cristóbal Colón, pero que tanto hicieron y transformaron con su presencia esas maravillosas tierras.