Hernán Cortés, según Augusto Ferrer-DalmauAugusto Ferrer-Dalmau

Hernán Cortés contra Barbarroja: el conquistador participó en la expedición a Argel al servicio de Carlos I

El conquistador de México trató de congraciarse con el emperador mediante la lucha contra la piratería en el Mediterráneo

El final de Hernán Cortés en México fue un desagradable apartamiento. Viejas disputas que se habían hecho crónicas con el presidente de la Audiencia Nuño de Guzmán o el virrey Mendoza, cuestiones económicas, de reconocimiento de vasallos que correspondían al marquesado del Valle o el derecho a nuevas exploraciones para descubrir Cíbola, hizo que el extremeño organizara un segundo viaje a España con tal de sostener su posición ante el emperador Carlos.

Lo habían apartado del poder mejicano acusado de abusos, pero los nuevos administradores fueron malos gobernantes. En el cambio de 1539 a 1540, embarcó en Veracruz con Bernal Díaz, Andrés de Tapia, López de Gomara, dos de sus propios hijos y otros próximos.

En 1541 Carlos I decide organizar una expedición a Argel para combatir a Barbarroja. Fue una decisión improvisada, pero confiaba en la fortuna. Y a la aventura se unió Hernán Cortés, también seguro de su suerte.

Un terrible temporal venció a la flota española y a su infantería desembarcada antes de tener contacto con el enemigo. El almirante Andrea Doria pudo salvar algunas naves, rescatar a Carlos I, a Hernán Cortés y otros y trasladarlos a Bugía donde permanecieron veinte días. Cortés volvió abatido, enfermo, decepcionado y viejo.

No volvería a Nueva España, sino que permaneció cuatro años en Valladolid luchando por sus intereses, intentando ser recibido por el rey, sintiéndose preterido. Murió a los sesenta en Castilleja de la Cuesta (Sevilla).

Es difícil explicar la decisión de Cortés de involucrarse en la expedición a Argel. Sin duda lo movió el deseo de congraciarse de nuevo con el rey, del que se había distanciado en el juego de vanidades, poder y riqueza que era la empresa americana.

Cortés se sentía poco respaldado por Carlos en aquellos momentos frente a rivales y enemigos. Abrazó un empeño inútil, un deseo de no conformarse. Quiso demostrar que todavía era un hombre valioso, reivindicarse como el conquistador que más tierra puso a disposición del emperador y como el hombre que supo pactar con los pueblos locales.

Le había negado el cargo de gobernador de Nueva España, aunque lo compensó con el nombramiento de capitán general. Era poco para el artífice del virreinato. Siempre se lanzaron acusaciones contra los grandes conquistadores de rebeldía, de actuar contra las órdenes recibidas y de menoscabar la participación del rey en lo obtenido. Los cortesanos menospreciaban a los aventureros.

El viaje a Argel tampoco le devolvió la importancia perdida, el emperador no lo consideró en su valor y los excluyó de los consejos donde se decidían las actuaciones. Tal vez si el emperador hubiera oído sus avisos, la campaña se hubiera desarrollado de otra manera.

No obstante, no le gustó a Cortés que lo mandaran embarcar para huir cuando ya estaba pisando tierra africana. El cronista testigo López de Gomara escribía:

«Tenía experiencia de hambre en guerras semejantes, no tuvo el por hambre aquella, y si le dejaran a él con los soldados, como deseaba, no tiene duda sino que la tomara; más el Emperador, por mejor aconsejado, y porque no viniese otro cierzo y acabase de destruir las naves y galeras que quedaban quebrantadas y perdidas de la tormenta pasada, acordó de embarcarse luego y dejar aquella empresa para otro mejor tiempo, pues ya aquel era tarde, e irse a España».

Desmoralizado, vencido y habiendo perdido una fortuna al caer sus joyas al mar, Cortés volvió abatido.

Fray Prudencio de Sandoval, en su Historia de la vida y hechos del emperador Carlos V, cuenta la actuación de Cortés:

«Otros hubo que dijeron que lo mejor era embarcar, aunque ya no lo quisieran los soldados españoles ni muchos caballeros, y señaladamente, Hernando Cortés, marqués del Valle, que sabía de semejantes trabajos y hambres, y últimos aprietos, y fue el que más perdió después del Emperador, porque se le cayeron en un cenagal tres esmeraldas riquísimas, que se apreciaban en cien mil ducados, y nunca se pudieron hallar; y era tal su ánimo, que no sintió tanto esta pérdida como el poco caso que de él se hizo en esta jornada, porque con haber sido tan valeroso como era, y es notorio, no le metieron en Consejo de guerra ni le dieron parte de cosa que en ella se hiciese, y aún, después de pasada la tormenta, porque decía él que se viniese el Emperador y le dejase con la gente que allí tenía, que se obligaba de ganar con ella a Argel, no le quisieron oír, y aún dicen que hubo algunos que hicieron burla de él. Ningún discreto habrá que no entienda la causa de esto, y más si conoce y sabe la soberbia del español, como si la virtud y nobleza propria no valiese tanto, y según algunos, más que la heredada».

La vuelta a España le fue amarga. En Cortés se reproduce la historia de los grandes descubridores y conquistadores que, desde Colón, son apartados del poder en beneficio de los burócratas y aristócratas protegidos por el Consejo de Indias.

Posiblemente no fueron gobernantes sin tacha y pusieron sus intereses por delante, pero fueron sustituidos por personas que tampoco gozaron de la probidad suficiente.

Le dolió al de Medellín el menosprecio del rey Carlos I que no lo recibió, ni contestó a sus memoriales. En este segundo viaje al Viejo Mundo no puedo tener una conversación privada como la que mantuvo en 1528 cuando le presento su modelo de gobierno para México.

El rey emperador lo escuchó, pero lo apartó. Le dio el marquesado, 22 villas, 23.000 vasallos. Le pareció poco ya que, según sus palabras obtuvo «honores, pero no el poder». No volvió a haber alguno como él.