Fundado en 1910

Por qué la conquista de México no puede entenderse desde el presentismo

Quizá por eso el gesto de Felipe VI tiene más importancia de la que parece. No porque cierre definitivamente un conflicto diplomático, sino porque recuerda algo esencial: las naciones maduras no construyen su futuro reescribiendo su pasado

'El camino a Tenochtitlan', de Augusto Ferrer-Dalmau

'El camino a Tenochtitlan', de Augusto Ferrer-Dalmau

Hay algo profundamente paradójico en nuestro tiempo. Nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento histórico y, sin embargo, probablemente nunca habíamos juzgado el pasado con tanta ligereza.

Esta semana, el encuentro entre Felipe VI y la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, ha puesto fin, al menos simbólicamente, a siete años de desencuentros diplomáticos entre España y México. Muchos lo interpretarán como un gesto político. Yo prefiero verlo como una lección de historia.

Durante estos años, mientras unos convertían el siglo XVI en un campo de batalla ideológico, el Rey de España hizo exactamente lo que corresponde a un jefe de Estado: esperar. No respondió a la confrontación con más confrontación ni alimentó un debate que nunca debió plantearse en esos términos. Comprendió que la diplomacia trabaja con el presente, pero también con la memoria de las naciones.

Y pocas memorias son tan compartidas como la española y la mexicana.

Lo verdaderamente interesante, sin embargo, no es el gesto diplomático. Es la pregunta que vuelve a surgir inevitablemente: ¿qué hacemos hoy con nuestro pasado?

Vivimos inmersos en una época dominada por el presentismo, uno de los mayores enemigos del historiador. Consiste en algo aparentemente inocente, pero intelectualmente devastador: juzgar sociedades desaparecidas utilizando valores que aquellas sociedades nunca pudieron conocer.

Nadie analiza el Imperio romano preguntándose por qué no existía el sufragio universal. Nadie condena a Pericles porque Atenas no reconociera los derechos políticos de las mujeres. Nadie estudia las Cruzadas exigiendo el cumplimiento de los Convenios de Ginebra. Sabemos que sería absurdo.

Entonces, ¿por qué seguimos analizando la conquista de América como si Hernán Cortés hubiera debido actuar conforme al derecho internacional de 2026?

Eso no es historia. Eso es ideología. La historia no consiste en absolver ni en condenar. Consiste en comprender.

Y comprender exige aceptar una realidad incómoda: la conquista de México fue una guerra. Como todas las guerras del siglo XVI, estuvo marcada por la violencia, las epidemias, las alianzas indígenas, las traiciones, las ambiciones personales y las enormes transformaciones que siguieron al conflicto. Negarlo sería tan absurdo como reducir todo aquel proceso únicamente a la violencia.

Porque junto a la guerra hubo otra realidad imposible de ignorar.

Hubo universidades cuando gran parte del continente americano aún no conocía la enseñanza superior. Hubo imprentas. Hubo hospitales. Hubo municipios. Hubo tribunales. Hubo un intenso debate jurídico sobre los derechos de los indígenas que no tuvo equivalente en ningún otro imperio de la época. Hubo una legislación —imperfecta, como toda legislación histórica— destinada a protegerlos. Hubo mestizaje.

PINTURA DE CASTAS Y VIRGEN DE GUADALUPE , 1750
REPRESENTACION DE MESTIZAJE ETNICO EN 8 RECUADROS
OLEO DE LUIS DE MENA
MUSEO DE AMERICA . MADRID

Pintura de castas y Virgen de Guadalupe, 1750. Representación de mestizaje étnico en ocho recuadros. Óleo de Luis de MenaGTRES

Y este último dato resulta especialmente incómodo para quienes hablan alegremente de genocidio.

Las palabras importan.

El genocidio no es una metáfora política. Tiene una definición histórica y jurídica muy precisa: la voluntad deliberada de destruir total o parcialmente a un grupo humano por razón de su origen. Eso no fue lo que ocurrió en la Nueva España.

Hubo mortalidad catastrófica, sobre todo como consecuencia de enfermedades frente a las que la población indígena carecía de inmunidad. Hubo explotación. Hubo abusos. Hubo injusticias. Pero también hubo integración, matrimonios mixtos, evangelización, incorporación jurídica de los indígenas como vasallos de la Corona y el nacimiento de una sociedad completamente nueva.

Los genocidios destruyen pueblos. La Monarquía Hispánica creó una sociedad mestiza.

Basta recorrer Puebla, Querétaro, Morelia o Ciudad de México para comprender que la herencia española no es un relato construido desde Madrid. Está escrita en la piedra, en las plazas, en las universidades, en la lengua que compartimos y en millones de familias mexicanas cuya historia comienza precisamente en ese encuentro entre dos mundos.

Como historiadora, no me interesa escribir leyendas rosas. Tampoco leyendas negras. Me interesa la verdad histórica. Y la verdad histórica casi nunca coincide con los relatos políticos.

Quizá por eso el gesto de Felipe VI tiene más importancia de la que parece. No porque cierre definitivamente un conflicto diplomático, sino porque recuerda algo esencial: las naciones maduras no construyen su futuro reescribiendo su pasado.

Lo estudian, lo comprenden y aprenden de él. Porque, como escribió Cicerón hace más de dos mil años, «no saber lo que ocurrió antes de nosotros es permanecer siempre niños».

Tal vez haya llegado el momento de que España y México dejen de discutir sobre su historia y empiecen, sencillamente, a conocerla.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas