Helicóptero AS532 AL Cougar del Ejército de Tierra
El desastre del Cougar en Afganistán que segó la vida de 17 militares españoles: ¿accidente o ataque?
Mientras en los círculos políticos se hablaba de reconstrucción, estabilización y asistencia, sobre el terreno los militares españoles operaban en un país en guerra. La caída del Cougar ET-657 acabaría demostrando hasta qué punto la realidad afgana era mucho más dura de lo que muchos estaban dispuestos a admitir
La mañana del 16 de agosto de 2005 amaneció despejada sobre el desierto afgano. Desde la base española de Herat despegaron dos helicópteros Eurocopter AS532 Cougar de las Fuerzas Aeromóviles del Ejército de Tierra (FAMET).
Al frente de la formación volaba el ET-657, con cinco miembros de las FAMET y doce integrantes del Regimiento de Infantería Ligera Aerotransportable «Isabel la Católica» nº 29 de la BRILAT a bordo. Minutos después, todos ellos perderían la vida cuando el aparato se precipitó contra el terreno.
España en Afganistán
Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Afganistán se convirtió en el principal escenario de la lucha internacional contra el terrorismo yihadista. España participó en la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF), desplegada bajo mandato de Naciones Unidas y dirigida por la OTAN.
En el verano de 2005 España mantenía unos 850 militares en Afganistán. Parte de ellos pertenecían a la BRILAT, reforzada pocas semanas antes para apoyar la seguridad de las elecciones parlamentarias afganas.
Aunque oficialmente se presentaba como una misión de estabilización y apoyo a la seguridad, la realidad era que los militares españoles operaban en un país en guerra. Las emboscadas, los ataques insurgentes y la amenaza talibán formaban parte del escenario cotidiano en amplias zonas de Afganistán.
El vuelo que no regresó
Los dos Cougar navegaban en formación táctica a baja cota sobre un terreno tan árido como engañoso. Aquella técnica de vuelo buscaba reducir la exposición de las aeronaves frente a posibles amenazas desde tierra, una precaución habitual en un escenario donde la actividad insurgente era una realidad cotidiana.
A las 11:01 de la mañana, hora local, algo salió mal. El Cougar que abría la formación impactó contra el terreno y quedó destruido. El segundo helicóptero, que había perdido de vista al ET-657 mientras ambos seguían rutas diferentes adaptadas a la orografía del terreno, observó poco después una enorme columna de humo negro elevándose sobre el paisaje afgano.
El segundo Cougar intentó aproximarse a la zona del siniestro, pero acabó realizando una toma de emergencia que provocó heridas de diversa consideración a varios de sus ocupantes. Las razones exactas de aquella maniobra serían objeto de debate durante los meses y años siguientes.
Nadie sobrevivió en el aparato siniestrado.
Los restos del ET-657 quedaron dispersos sobre el terreno y posteriormente fueron trasladados a España para ser analizados por la comisión encargada de investigar las causas del accidente.
La noticia conmocionó a España. Apenas dos años antes, las Fuerzas Armadas habían sufrido el desastre del Yak-42, en el que murieron 62 militares cuando regresaban de Afganistán. El Gobierno decretó dos días de luto oficial.
Entre los fallecidos había integrantes del Batallón de Helicópteros de Maniobra IV (BHELMA IV), con base en El Copero (Sevilla); del Parque y Centro de Mantenimiento de Helicópteros de Colmenar Viejo (Madrid); y del Regimiento «Isabel la Católica» nº 29, con base en Figueirido (Pontevedra).
¿Accidente o ataque?
Desde los primeros momentos surgió la gran pregunta: ¿había sido un accidente o un derribo? La duda era razonable. El siniestro se había producido en una zona con actividad insurgente y durante una misión táctica desarrollada en un entorno en el que había una amenaza real.
Afganistán estaba lejos de ser la misión de estabilización que a menudo se presentaba en el discurso político. Los militares españoles operaban en una zona de guerra donde el enemigo existía, combatía y atacaba. De hecho, los talibanes llegaron incluso a atribuirse públicamente la caída del aparato.
La polémica aumentó aún más cuando algunos testimonios recogidos en las horas posteriores al siniestro apuntaron a la posibilidad de un ataque. A ello se sumó la maniobra evasiva realizada por el segundo Cougar tras observar la caída del ET-657.
Diversas voces cuestionaron entonces la explicación oficial y señalaron que maniobras de ese tipo suelen estar asociadas a la percepción de una amenaza inminente.
Sin embargo, las investigaciones técnicas no encontraron pruebas concluyentes de un ataque. En septiembre de 2005, un segundo informe oficial descartó expresamente la hipótesis del derribo, así como la posibilidad de una explosión interna o una colisión con otra aeronave.
Los especialistas examinaron los restos trasladados a España, las autopsias, los testimonios de los supervivientes del segundo helicóptero y las declaraciones de vecinos afganos de la zona.
La comisión investigadora apuntó finalmente a una combinación de factores operativos y ambientales. Entre ellos figuraban el vuelo a muy baja altura, la dificultad del terreno, las fuertes turbulencias y los riesgos inherentes a una misión táctica desarrollada en una zona considerada potencialmente hostil.
Una de las reconstrucciones más difundidas planteó que el helicóptero pudo rozar el terreno con el tren de aterrizaje, dañando el rotor de cola y provocando la pérdida de control de la aeronave.
Años de investigación
Pero las conclusiones oficiales no cerraron el debate. Durante años, familiares y asociaciones cuestionaron determinados aspectos de la investigación y reclamaron nuevas diligencias.
Las dudas se centraron en la posible existencia de amenazas no detectadas y en las circunstancias exactas del siniestro. Sin embargo, la tesis del accidente terminó imponiéndose judicialmente.
Más de dos décadas después, la tragedia del Cougar sigue recordando una realidad incómoda. Mientras en España se hablaba de reconstrucción, estabilización o asistencia, los militares desplegados en Afganistán operaban en un escenario de guerra donde el enemigo existía y combatía.
Las controversias sobre las causas del accidente siguen formando parte del legado de aquella tragedia, pero hay una certeza que permanece inalterable: diecisiete militares españoles perdieron la vida cumpliendo una misión en uno de los escenarios más peligrosos del mundo.
Resulta ciertamente chocante que, a diferencia de lo que ocurre en otros países, el recuerdo de quienes murieron en misiones internacionales permanezca en España casi exclusivamente en el ámbito de sus familias, sus compañeros y sus unidades, lejos del lugar que merecería en la memoria colectiva nacional.