Retrato de Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais (hacia 1755)
El banquero francés que estafó al Imperio español en la independencia de Estados Unidos
Beaumarchais se atribuyó el primer envío de material a los rebeldes de las Trece Colonias sin mencionar la participación de España
Después de la guerra de independencia de Estados Unidos, Francia logró proyectar la imagen de principal aliada de los rebeldes, por encima de España, cuya labor quedó relegada a un segundo plano.
Esta visión de exaltación francesa ayudó a los intereses del general George Washington, puesto que las Trece Colonias tuvieron el principal objetivo de expandirse a costa de los dominios del Imperio español en América.
Para contribuir a este olvido histórico sobresalió la figura de un francés llamado Beaumarchais, quien estafó a la corte española atribuyéndose la gestión financiera del primer envío de material destinado a los insurgentes estadounidenses.
Para hacer un contexto, en el año 1776 reinaba en España Carlos III, representante de la dinastía de los Borbones, emparentada con la monarquía francesa. El historiador Jorge Luis García recuerda que, aproximadamente, París acumulaba una deuda pública de 2.400 millones de pesos, mientras que Madrid apenas rondaba los 30 millones.
Por eso, García sostiene que la estrategia francesa consistió en «venir a España para sacarle el dinero a Carlos III y luego viajar a Estados Unidos y decir: estos son los dones de Francia».
Tras publicar su libro Revolución (EDAF, 2026), García concluye que «Francia no puso ni un solo peso» y califica su actuación -al igual que lo hizo en su día el ministro Floridablanca- como «la gran estafa maquiavélica».
Entre los franceses que estafaron al Imperio español sobresale la figura de Pierre-Agustin Caron de Beaumarchais, quien ya contaba con negocios de importación y exportación en las colonias. Vivió en un palacio en el centro de París, donde convocaba a la flor y nata de la sociedad parisina a las tertulias en su casa. Amante de la música y del teatro, alcanzó su fama como dramaturgo gracias a su famosa obra El barbero de Sevilla.
Este comerciante francés, con experiencia en España, tejió una extensa red de contactos. Debido a esta influencia, se le ocurrió organizar una empresa fantasma, que llevó por nombre Roderique Hortalez et Compagnie, con la cual recaudó fondos para el primer envío de material con el fin de ayudar a los rebeldes contra el Imperio británico, cuyo debilitamiento económico y militar ansiaban tanto Francia como España.
Aquella iniciativa, sin duda, reforzó su posición dentro de una Corte en horas bajas, llegando incluso a mantener correspondencia privada con el rey francés Luis XVI.
La principal motivación de Beaumarchais era el enriquecimiento personal
Beumarchais consiguió pintarse, desde el principio, como el único proveedor de la Revolución con cartas cargadas de personalismo: «Si es posible, eliminaré todos los obstáculos que puedan oponerse a sus deseos en la política europea». También se observa este tono cuando se atribuye la operación firmando con un: «Les he procurado unas 200 piezas de cañón de latón, de cuatro libras (…) 20.000 libras de pólvoras de cañón, 20.000 se excelentes fusiles…»
Jorge Luis García recoge en su investigación como Beaumarchais -apellido que en francés quiere decir «buen negocio», aseguró a España que había comprado 300.000 libras de pólvora, pero al Congreso de Estados Unidos solo llegaron 20.000; otros 30.000 fusiles compró a Madrid, pero solo 20.000 llegaron a los rebeldes.
¿Dónde se había quedado todo el resto? El propio Congreso concluyó, tras hacer balance, que le debía a Beaumarchais 3 millones de libras tornesas, mientras que a España solo reconoció una deuda de 150.000.
Francia supo jugar muy bien en el terreno de la propaganda, puesto que apenas tenía nada que perder en esta contienda, debido a que su posición en América había quedado reducida a un 5 % del continente; en cambio, España conservaba más del 60 %. En otras palabras, a París le interesó arrastrar a Madrid a la guerra. O, más bien, el rey Luis XVI quiso que su sobrino Carlos III dirigiera su mirada hacia los rebeldes estadounidenses.
Al final, en los albores de la Revolución Francesa, la corte parisina jugó mejor sus cartas que la madrileña. García concluye con que «parece que la principal motivación de Beaumarchais era el enriquecimiento personal, no la libertad del pueblo americano, y no ayudó en nada a los rebeldes». Sea como fuere, en París todavía hay una estatua que recuerda su labor puesto que, a pesar de sus blancos y negros, en Francia sigue siendo considerado como un patriota francés.