El almirante Luis Carrero Blanco

El almirante Luis Carrero BlancoGTRES

Los ministros franquistas que murieron con las botas puestas (y II)

En la segunda mitad del franquismo España abandonó el ostracismo y, con la llegada de los «tecnócratas», protagonizó un espectacular crecimiento económico. Dos ministros, Pablo Martín Alonso y Fernando Herrero Tejedor, fallecieron durante esta etapa en el ejercicio de sus funciones y un tercero, el almirante Carrero Blanco, engrosó la macabra lista de los presidentes asesinados

La aparente primacía falangista en los Gobiernos franquistas desapareció en 1945. Al término de la Segunda Guerra Mundial pintaban bastos para un país que había elegido una «no beligerancia» favorable al Eje. Para sortear el aislamiento, Franco redujo la representación «azul» y acudió a los propagandistas católicos, que en 1953 culminaron su normalización de la política exterior con la firma del Pacto con los Estados Unidos y el Concordato con el Vaticano.

No obstante, a mediados de los años cincuenta el modelo económico autárquico estaba agotado y, a sugerencia del cada vez más influyente ministro-subsecretario de la Presidencia, desembarcaron los primeros «técnocratas» en el Ejecutivo.

Promovidos por el citado almirante Carrero, se ligaban al Opus Dei, albergaban una patente hostilidad hacia el falangismo y, aunque muy conservadores, eran partidarios de la liberalización de la economía.

Su monarquismo, muy grato Franco, se inclinaba ya hacia el joven Príncipe Juan Carlos, y no hacia su padre de éste, el conde de Barcelona. Tras el nombramiento del «sucesor a título de Rey» del caudillo, en 1969, se conformó uno de los gobiernos más estrictamente monocolores del franquismo. La «tecnocracia» asumía el poder casi en régimen de monopolio, patrocinada por Carrero, vicepresidente desde dos años atrás.

Martín Alonso, un postoperatorio trágico

El general Pablo Martín Alonso, nacido en Ferrol en 1896, ingresó en la Academia Militar de Toledo en 1911 y protagonizó sus primeros ascensos en Marruecos, integrado en los Regulares.

En 1925 tomó parte en el desembarco de Alhucemas, a las órdenes del entonces coronel Franco, y en los combates de los meses siguientes encaminados a rendir a las fuerzas cabileñas. Luego ayudante de campo y secretario del alto comisario, general Sanjurjo, Martín Alonso sería en 1929 nombrado ayudante de armas del rey Alfonso XIII. Ello no le impidió prometer fidelidad a la República en abril de 1931, si bien pronto vulneró la promesa al comprometerse en la intentona golpista del general Sanjurjo unos meses después.

Su implicación le supuso la deportación a Villa Cisneros (Sahara) y su apartamiento del ejército. Huido a Portugal, el general Franco, que ocupaba en 1935 la jefatura del Estado Mayor del Ejército, le repuso en el servicio activo sin pérdida de antigüedad en el empleo y le confió el mando de una unidad en Cataluña.

Durante el conflicto fratricida liberó Oviedo, tomó parte en la campaña del Norte y en la batalla del Alfambra

El levantamiento de julio de 1936 le sorprendió en La Coruña, como coronel al mando de un regimiento. Fue entonces cuando Martín Alonso detuvo a los jefes militares afectos al Gobierno del Frente Popular y declaró el estado de guerra en toda Galicia.

Durante el conflicto fratricida liberó Oviedo, tomó parte en la campaña del Norte y en la batalla del Alfambra para, ya como general, asumir un papel destacado en el avance nacional que, alcanzado Vinaroz, partió en dos el frente republicano.

Al finalizar la Guerra asumió la Capitanía General de Galicia y contrajo matrimonio en Madrid con marquesa de Villatorcas (e hija de los duques de Fernán Núñez). Teniente general y jefe de la Casa Militar del jefe del Estado, se trataba de un militar al que Franco profesaba mucha confianza y afecto; en privado y con los pocos íntimos, se refería a él como «Pablito».

Jefe de la Capitanía General de la I Región Militar (1951) y director general de la Guardia Civil (1956), alcanzó el culmen de su carrera política en 1962 al ser nombrado ministro del Ejército.

En aquel gabinete se integraron algunos de los hombres de confianza más próximos a Franco como el general Muñoz Grandes (vicepresidente), el almirante Nieto Antúnez (Marina) y el general Jorge Vigón (Obras Públicas), a la vez que permanecían en sus carteras el general Alonso Vega (Gobernación) y el almirante Carrero (Subsecretaría de Presidencia).

Aunque mucho más intervencionista, Martín Alonso no sólo fue un leal a Franco, sino también muy probablemente el titular del Ejército más cercano a sus planteamientos profesionales.

Martín Alonso eliminó los precarios campamentos en favor de los grandes Centros de Instrucción de Reclutas (CIR) regionales y sentó las bases de la gran reorganización del Ejército de Tierra previa a la España constitucional.

El final del enérgico militar resultó inesperado. En febrero de 1964, tras volver de un viaje a Cataluña, fue internado de urgencia en la clínica madrileña de Nuestra Señora de Loreto para extirparle un tumor en la vesícula.

Si bien la intervención pareció satisfactoria (el día 9 le visitó el general Franco Salgado-Araujo, quien le encontró bien y con ánimo de reincorporarse al trabajo), el día 11 sufrió una embolia pulmonar y falleció de manera repentina. Sus restos fueron inhumados en el panteón de la casa ducal de Fernán Núñez en el pueblo de Barajas. Fraga anotó en sus memorias cómo, por una vez, Franco pidió que su intervención en el posterior consejo de ministros, un «breve elogio fúnebre de un viejo compañero de armas», constase en acta.

El magnicidio que marcó la Transición

Resulta muy difícil minusvalorar el papel que adquirió el almirante Luis Carrero Blanco (Santoña, 1904) durante la dictadura franquista y, en consecuencia, el impacto que produjo su asesinato. Como apuntó un colaborador incorporado al Consejo de ministros en 1969, «desde hacía décadas el poder ejecutivo era, en cierto modo, dual: todas las decisiones propiamente supremas de Franco pasaban por el consejo de Carrero».

Ligado a una familia cántabra de clase media, monárquica y católica, el joven Carrero optó por la carrera militar de su padre y abuelo, si bien en la Marina. Ingresó así en 1918 en la Escuela Naval de Infantería y entre 1920 y 1921 realizó su primer viaje a América a bordo del crucero Reina Regente.

Pese a su sincero monarquismo, similar al de Franco, aceptó igualmente servir al régimen republicano

Tras realizar un curso en la Escuela de Submarinos (donde luego sería profesor), recibió el mando de un guardacostas y participó en el desembarco de Alhucemas, donde coincidió, quizá por vez primera, con Franco. Casado en 1929, obtuvo diversos destinos en buques.

Pese a su sincero monarquismo, similar al de Franco, aceptó igualmente servir al régimen republicano, que le destinó en septiembre de 1931 a la Escuela de Guerra Naval, periodo en el que realizó diversas estancias profesionales en el extranjero. Secretario de la Escuela de Guerra Naval desde 1933, en 1935 ascendió a capitán de corbeta.

No habiendo participado en las conspiraciones contra el Frente Popular ni en el golpe del 18 de julio de 1936, quedó marcado por el inicio de la Guerra Civil. Su hermano fue fusilado por los republicanos y su padre falleció a consecuencia de un ataque cardiaco el día en que iban a apresarle.

Él, refugiado en varias legaciones extranjeras en Madrid, hubo de abandonar la capital dejando allí a su esposa embarazada y a tres hijos. Incorporado a zona sublevada en el verano de 1937, se reunió con su familia, comandó el submarino General Sanjurjo y embarcó en el crucero Canarias como jefe de Estado Mayor de la División de Cruceros. Su ascenso al almirantazgo lo recibió en 1966, cuando su carrera política estaba lejos de ser una simple promesa.

Consejero nacional del Movimiento en la inmediata posguerra, Carrero redactó en noviembre de 1940 su primer informe para Franco, al que agradó la competencia técnica de aquel marino que desaconsejaba la entrada de España en la Segunda Guerra Mundial. En mayo de 1941 se le nombró jefe de Estado Mayor y subsecretario de la Presidencia, cargo este último que implicaba contacto habitual y periódico con Franco, quien hasta 1973, y entre otras muchas cosas, fue presidente del Gobierno.

Esta cercanía y confianza en el discreto y austero colaborador permitió a éste proporcionar al jefe del Estado numerosísimos informes en cuestiones capitales como la (no) participación en la Segunda Guerra Mundial, la promulgación de Leyes Fundamentales, el ritmo y tono de las relaciones con el pretendiente Don Juan de Borbón e, incluso, la salida monárquico-constitucional del régimen.

Carrero era partidario de una monarquía autoritaria (basada en el Movimiento Nacional) que continuara la obra del franquismo

De una religiosidad muy tradicional y con inclinaciones intelectuales (firmaba en la prensa oficial bajo pseudónimo) y artísticas (practicaba, como Franco, la pintura), Carrero era partidario de una monarquía autoritaria (basada en el Movimiento Nacional) que continuara la obra del franquismo.

De hecho, fue él quien en persona entregó en Estoril al conde de Barcelona el texto de la Ley de Sucesión (1947) la víspera de su anuncio público. Esa «monarquía electiva» que enajenó al pretendiente e hizo finalmente carne en julio de 1969, cuando, a instancias del marino, las Cortes franquistas eligieron «sucesor a título de Rey» a D. Juan Carlos de Borbón, desde ese momento Príncipe de España.

Vicepresidente del Gobierno desde 1967, logró algo hasta entonces casi inédito en el franquismo, esto es, la constitución de un Gobierno monocolor en 1969. Pese al escándalo Matesa, que había salpicado a algunos de los hombres principales del Opus Dei, expulsó del Gobierno a los aperturistas Fraga y Castiella, lo mismo que al ministro del Movimiento, Solís, que habían denunciado el escándalo.

Ese gabinete de mayoría «tecnócrata» se propuso, a juicio de uno de sus ministros, «asegurar la instauración dinástica en una nación cuya clase política y cuyas masas no eran monárquicas».

El delfinato de Carrero tomó definitivamente forma cuando, en junio de 1973, Franco decidió desprenderse de la Presidencia de Gobierno y nombrar para el cargo a Carrero Blanco, previa propuesta de una –como todas, amañada– terna elevada por el Consejo del Reino. En ésta, significativamente, también se incluía el nombre del principal adversario político de Carrero, Manuel Fraga Iribarne.

La organización terrorista ETA descartó por entonces su secuestro y decidió su asesinato, que facilitaba la costumbre del presidente de asistir cada mañana, y con protección escasa, a misa en una parroquia próxima a su domicilio.

Los terroristas instalados en un bajo de la calle de Claudio Coello, que se hicieron pasar por escultores, practicaron un túnel por debajo de la vía pública para colocar explosivos. El 20 de diciembre de 1973, tras asistir Carrero a misa en la cercana iglesia de San Francisco de Borja, los terroristas accionaron la carga al paso del vehículo presidencial. El coche voló por los aires y cayó en una terraza próxima.

Murieron en el acto tanto el presidente como sus dos acompañantes, conductor y escolta. Con la desaparición de la «eminencia gris del régimen» se cerraba una etapa de la historia de España.

El extraño accidente del protector de Adolfo Suárez

Un inexplicable accidente de tráfico segó la vida de uno de los hombres llamados a desempeñar un papel significativo en la inmediata Transición. Fernando Herrero Tejedor (Castellón de la Plana, 1920), hijo de militar, estudió Derecho en Valencia mientras ocupaba cargos en el Sindicato Español Universitario (SEU).

Acabada la carrera, obtuvo plaza de fiscal de la Audiencia Provincial de Castellón. Según el primer biógrafo de Adolfo Suárez, por estar «a medio camino entre el azulete falangista y el rosado tecnocrático del Opus Dei», Herrero reunía una inhabitual doble condición: creía que «José Antonio Primo de Rivera y monseñor Escrivá de Balaguer estaban hechos para entenderse».

Al frente del Gobierno Civil y la Jefatura Provincial de FET en Ávila desde 1955, en la pequeña capital de la provincia conoce a un joven simpático y ambicioso. Aunque un año después será destinado a Logroño, no abandonará ya el valimiento de Adolfo Suárez. Delegado nacional de Provincias del Movimiento, en 1961 se convierte en vicesecretario general del Movimiento, cargo que ejerce hasta su nombramiento en 1965 como fiscal del Tribunal Supremo y consejero de Estado.

El magnicidio de Carrero, sin duda, le brinda el gran ascenso de su carrera política al conformarse un Gobierno que representa, antes que nada, una clara reacción contra el carrerismo y la «tecnocracia».

El 5 de marzo de 1975 Herrero fue designado secretario general del Movimiento por el presidente Arias Navarro, que deseaba corregir el rumbo retardatario del destituido Utrera Molina, un duro que había acudido a Franco para denunciar las tentativas gubernamentales de desmantelar el Estado de 18 de Julio. «Cuento contigo para la calle Alcalá», fue el escueto mensaje telefónica de Arias a Herrero, que atendió la solicitud y aceptó el encargo desde Castellón.

Bajo mandato del nuevo ministro se aprobó el primer Estatuto de Asociaciones Políticas (bien que algo descafeinado frente a sus esperanzadoras previsiones iniciales) y su figura emerge, ante la opinión pública, como la de un moderado aperturista con el que debe contarse, y mucho, una vez desaparecido Franco.

Como vicesecretario llama a Adolfo Suárez, que se siente a las puertas de la siempre anhelada cartera ministerial. Herrero tenía varios candidatos, pero a su joven amigo le avalaba la familia (su esposa, Joaquina, lo adoraba como a un hijo) y, sobre todo, el Príncipe Juan Carlos, que deseaba contar con personal afecto en un Ministerio donde siempre le habían escaseado los amigos.

El 12 de junio de 1975, Franco, que asistía a una corrida en Las Ventas, fue informado por un ayudante militar de que el ministro secretario general del Movimiento acababa de fallecer en un accidente de tráfico.

A Adolfo Suárez, que acompañaba a la esposa del finado en la plaza, le correspondió el trago de hacérselo saber a la ya viuda. En un cruce de la Nacional VI, a la altura de Adanero (Ávila), un Pegaso se había saltado la señal de ceda el paso a consecuencia de lo que el coche oficial del ministro se empotró en el eje trasero del camión.

En aquel momento Herrero Tejedor probablemente era la segunda opción del Príncipe Juan Carlos para liderar la Transición democrática en ciernes. El primero era Torcuato Fernández-Miranda. Fraga, entonces embajador en Londres, estaba descartado en las previsiones principescas. El nombre de Suárez, que ese día trágico creyó concluida su carrera pública, ni se le pasaba por la cabeza.

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