Tropas españolas en Tizzi AzzaEFE

Tizzi-Assa: La batalla que devolvió la iniciativa al Ejército español en el Rif

El Ejército aprendió a transformar una amarga experiencia en una nueva forma de combatir

Cinco columnas, dos operaciones simultáneas y una maniobra de distracción que decidió el combate. La documentación inédita del Archivo General Militar permite reconstruir una de las acciones mejor planificadas del Protectorado español en Marruecos.

La madrugada del 5 de junio de 1923 no comenzó con un solo movimiento de tropas. Comenzó con varios. Mientras el coronel Emilio Fernández Pérez, jefe de la Zona de Vanguardia, ultimaba en Buhafora la operación destinada a abastecer las posiciones de Tizzi-Assa, en otros sectores del frente las columnas españolas iniciaban marchas que, aparentemente, no guardaban relación entre sí.

Sin embargo, todas respondían a un mismo plan concebido por el comandante general de Melilla, Julio Echagüe.

Un siglo después, las órdenes de operaciones, los partes de campaña, los estados de municiones y los croquis conservados en el Archivo General Militar permiten reconstruir aquella jornada con un grado de detalle excepcional.

Lo que revelan esos documentos es muy distinto de la imagen simplificada que ha llegado hasta nosotros. Tizzi-Assa no fue únicamente una operación de convoy. Fue una maniobra combinada, desarrollada simultáneamente sobre varios frentes, en la que la logística, el engaño táctico y la coordinación entre armas se integraron en un único plan.

La necesidad era urgente. Las posiciones avanzadas de la Línea de la Izquierda dependían de un abastecimiento regular para mantenerse frente a las harcas de Abd el-Krim.

Hacer llegar un convoy hasta Tizzi-Assa significaba asegurar la continuidad de todo un dispositivo defensivo. Pero el camino discurría entre barrancos, lomas y estrechos pasos dominados por un enemigo que conocía el terreno con extraordinaria precisión.

Echagüe comprendió que proteger un convoy no bastaba. Había que impedir que el enemigo pudiera concentrar todas sus fuerzas sobre él. Por eso la operación fue concebida en dos planos distintos.

El primero era el avance de cinco columnas coordinadas sobre Tizzi-Assa. El segundo consistía en obligar a las fuerzas rifeñas a combatir lejos del verdadero objetivo.

La dirección inmediata de la maniobra recayó en el coronel Emilio Fernández Pérez, que estableció su puesto de mando en Buhafora. Desde allí debía coordinar el avance de cinco agrupaciones con misiones perfectamente definidas.

Nada quedaba al azar. Cada columna conocía su objetivo, los enlaces previstos y el momento aproximado en que debía alcanzarlos.

La primera columna, al mando del coronel Coronel, recibió una misión decisiva y, sin embargo, poco recordada. Debía avanzar desde Hamuda apoyándose en Tayudait para conquistar la loma situada al este de Peña Tauarda y enlazar después con la segunda columna.

No era un objetivo secundario. De su éxito dependía proteger el flanco izquierdo de toda la operación y permitir que el esfuerzo principal avanzara sin quedar expuesto al fuego enemigo.

Mientras tanto, la columna del coronel Gómez Morato debía conquistar Peña Tauarda, asegurar la posición de Benítez y abrir el paso al convoy destinado a abastecer Tizzi-Assa. Sobre ella recaía el peso del combate, pero ese esfuerzo solo podía tener éxito si el coronel Coronel lograba dominar previamente las alturas que protegían su flanco.

La tercera columna, dirigida por Ruiz del Portal, avanzaría por el antiguo camino del convoy ocupando Buhafora y vigilando el llano para impedir cualquier ataque procedente de esa dirección.

La cuarta, mandada por el coronel Morales, descendería desde Bulherit para envolver las posiciones rifeñas entre los barrancos de Fersit y Buhafora.

Finalmente, una quinta columna de observación permanecería en Bufarcut como reserva móvil, preparada para acudir allí donde la situación lo exigiera. Analizada sobre un mapa, la maniobra recuerda un mecanismo perfectamente engranado. Observada sobre el terreno, suponía un riesgo enorme. Las montañas del Rif no ofrecían segundas oportunidades.

Al amanecer comenzó el avance. La columna del coronel Coronel fue la primera en entrar en acción. Desde Hamuda progresó apoyándose en Tayudait hasta conquistar la loma oriental de Tauarda. Aquella ocupación resultó decisiva, porque permitió enlazar con Gómez Morato y cubrir el flanco desde el que podía llegar la reacción principal de las harcas rifeñas.

Mientras Gómez Morato combatía por abrir el camino hacia Benítez y garantizar el paso del convoy, Ruiz del Portal avanzaba con extrema prudencia. Los rifeños habían excavado zanjas destinadas a inmovilizar los carros de asalto Renault FT-17 y dificultar el movimiento de la caballería.

Antes de continuar era imprescindible asegurar las cabeceras de los barrancos y dominar las alturas. Solo entonces ocupó Buhafora y estableció el enlace previsto con la columna de Morales, que descendía desde Bulherit envolviendo las posiciones enemigas.

Hasta aquí podría parecer una operación cuidadosamente planificada. Pero Echagüe había concebido algo más ambicioso.

Mientras las cinco columnas desarrollaban su maniobra sobre Tizzi-Assa, desde Dar Quebdani se ponía en marcha una segunda operación destinada a atraer hacia otro sector el esfuerzo principal de Abd el-Krim.

A las dos de la madrugada partieron las harcas amigas dirigidas por el capitán Fortea. Hora y media más tarde iniciaba su avance la columna del coronel Seoane, mientras que, a las cuatro, hacía lo propio la del coronel Salcedo, reforzada por regulares, infantería, caballería, artillería de montaña y elementos de enlace.

Su objetivo inmediato no era conquistar terreno. Era obligar al enemigo a combatir donde interesaba a los españoles… Y funcionó.

Las fuerzas rifeñas reaccionaron con violencia en torno al Yebel Uddia, sosteniendo durante horas un intenso combate contra las tropas de Salcedo, las harcas amigas y la Policía Indígena.

El propio Echagüe señalaría posteriormente que aquella acción logró descongestionar la presión que debía soportar la columna del coronel Coronel, facilitando el desarrollo de la operación principal.

Mientras unas unidades luchaban para abrir el paso del convoy, otras aceptaban deliberadamente atraer sobre sí el grueso de la reacción enemiga. Se trata un ejemplo claro de maniobra de fijación en las campañas del Protectorado. La jornada todavía reservaba otra prueba.

Hacia las ocho de la mañana nuevas fuerzas rifeñas aparecieron en el sector de Tafersit, avanzando por los barrancos del Kert hacia Azib de Midar. Lejos de limitarse a observar el desarrollo de la batalla, Echagüe intervino de inmediato. Ordenó que la columna de observación desplegada en Bufarcut acudiera hacia aquel frente.

El fuego de la artillería y la rápida actuación de los escuadrones de Treviño y Lusitania rechazaron finalmente a las harcas hacia Busfedaguen y Beni Bu Yari, cabilas de Metalza y Beni Tuzin respectivamente, evitando que aquella amenaza comprometiera la operación general. La batalla se estaba librando, en realidad, en varios escenarios al mismo tiempo.

Los estados de municiones permiten medir la intensidad del esfuerzo. En una sola jornada las fuerzas españolas consumieron 882.260 cartuchos de fusil, 4.876 proyectiles de artillería y centenares de granadas. Solo la columna de Gómez Morato disparó más de 325.000 cartuchos, una cifra que ilustra la violencia de los combates librados para asegurar el paso hacia Benítez y Tizzi-Assa.

Al caer la tarde, el objetivo se había cumplido. El convoy alcanzó las posiciones previstas, las bajas fueron evacuadas y comenzó el abastecimiento.

Para facilitar el repliegue, las fuerzas de la Línea de la Derecha, mandadas también por Salcedo, simularon un movimiento envolvente que fijó nuevamente la atención del enemigo sin necesidad de entablar un combate de gran entidad.

Quizá ahí resida el verdadero interés histórico de Tizzi-Assa. No fue únicamente una batalla ganada. Fue la demostración de una manera distinta de hacer la guerra.

Dos años antes, Annual había puesto de manifiesto las consecuencias de la dispersión, la improvisación y la falta de coordinación.

Los documentos del 5 de junio de 1923 muestran exactamente lo contrario: un plan concebido sobre el conjunto del frente, con objetivos escalonados, reservas móviles, acciones de engaño, cooperación entre infantería, caballería, artillería, carros de asalto y fuerzas indígenas, y una dirección estratégica capaz de reaccionar en tiempo real a los movimientos del enemigo.

Por eso Tizzi-Assa merece ocupar un lugar más destacado en la historia del Protectorado.

No porque decidiera la Guerra del Rif, sino porque anticipó el tipo de operaciones que culminarían dos años después en Alhucemas.

Su estudio demuestra que la recuperación de la iniciativa española no fue fruto de un único golpe de fortuna ni de una sola gran victoria.

Fue el resultado de un proceso de aprendizaje en el que jefes y oficiales como Julio Echagüe, Emilio Fernández Pérez, el coronel Coronel, Gómez Morato, Salcedo, Morales o Ruiz del Portal desempeñaron papeles complementarios dentro de una misma concepción de la maniobra.

Y quizá sea esa la principal aportación de los documentos conservados en el Archivo General Militar: permitirnos contemplar, un siglo después, no solo cómo se libró una batalla, sino cómo un ejército aprendió a transformar una amarga experiencia en una nueva forma de combatir.