Ching Shih, la mujer que dirigió la mayor flota pirata de la historia

Ching Shih, la mujer que dirigió la mayor flota pirata de la historia

Dirigió la «Flota de la Bandera Roja» en el Mar de China Meridional. Llegó a tener bajo su mando a más de 80.000 piratas y cientos de barcos

Natural de la provincia de Cantón, Ching Shih se inició en su adolescencia en el robo y las artimañas hasta trabajar como prostituta en un burdel flotante.

Según las leyendas, era tan bella que el capitán pirata Zheng Yi la eligió para convertirla en su esposa. Pero, una vez a bordo del barco del temido pirata, Ching Shih provocó a Zheng Yi pidiéndole algo que era totalmente impensable para una mujer y menos si esta era una prostituta: solo se casaría con él si compartían la mitad del botín y el mando sobre su tripulación. Lo más sorprendente es que Zheng aceptó.

Y a partir de entonces, sus piratas se dedicaron a saquear tranquilamente los pueblos que estaban situados en la costa hasta el punto de que las autoridades imperiales chinas recomendaron a los habitantes que quemaran sus aldeas y huyeran hacia el interior.

En consecuencia, Zheng Yi y Ching Shih cambiaron su forma de actuar y pasaron de atacar aldeas de pescadores pobres a asaltar barcos, amenazando todas las rutas marítimas chinas.

En poco tiempo, el matrimonio logró coordinar unos 200 barcos, que se convirtieron, mediante múltiples alianzas, en una gran flota de 1.500 naves. La pareja diseñó un plan perfecto que consistía en unir a todos los piratas de la zona en una especie de asociación, eliminando así a la competencia y aumentando los beneficios.

En 1807, Zheng Yi encontró la muerte a los cuarenta y dos años. Se rumoreó que el pirata había sido envenenado con un plato de orugas cocidas con arroz. Otros afirmaron que murió en un naufragio provocado por un tsunami mientras navegaba a lo largo de la costa vietnamita.

Los piratas de Cheung Po Tsai luchando contra los barcos chinos en la batalla frente a las islas Ladrone, alrededor de 1808

Ching Shih era consciente de que su condición de mujer le dificultaba el liderazgo directo. Por ello, se casó con el hijo adoptivo de su marido, Chang Pao, al que nombró jefe de la flota, con lo que consiguió mantener la fidelidad de sus piratas. Mientras, Ching Shih se centró en todo lo referente a los acuerdos comerciales y las alianzas.

De esta manera, desde Corea hasta la costa de Malasia, no se movió un solo barco sin que la armada de Madame Ching –como era conocida Ching Shih– lo supiese. En el apogeo de su poder, la mujer pirata llegó a disponer de más de 70.000 hombres y unos 2.000 barcos que estaban divididos en seis flotas distribuidas por colores: roja, verde, amarilla, violeta y la negra, que tenía como estandarte una serpiente.

Ching Shih prohibió la violación de las mujeres apresadas en las ciudades bajo pena de muerte. Si un hombre bajaba a tierra firme por su cuenta o si se cometía el acto llamado «franquear las barreras», se le perforaban las orejas en presencia de toda la flota.

En el caso de ser reincidente, se le daba muerte. Estaba prohibido tomar cualquier cosa del botín procedente del robo o del pillaje. Todo era registrado y el pirata recibía dos de las diez partes, mientras que las ocho restantes quedaban custodiadas en el almacén comunitario.

Solo se subastaban las mujeres bellas; si un pirata compraba a una prisionera, debía tratarla como a su esposa, con absoluto respeto y sin violencia. Los crueles castigos eran inmediatos y no había segundas oportunidades.

El emperador Jiaqing envió a su armada, comandada por el almirante imperial Kuo Lang, para que atacara y acabara con la flota pirata. Pero, lejos de esconderse, las naves de Ching Shih fueron directas a su encuentro. Tras la contienda, la armada imperial perdió 63 barcos.

Un junco chino representado en Viajes por China

Desesperado, el gobierno chino solicitó ayuda a las flotas inglesas y portuguesas para que se unieran a la armada imperial en la lucha contra aquel ejército invencible. Durante los dos años siguientes, la armada de Madame Ching venció a sus enemigos. Finalmente, el emperador se vio obligado a ofrecer una amnistía a Ching Shih para que dejase la piratería.

Inicialmente, Ching Shih rechazó la oferta hasta que un día de 1810 se presentó sin avisar en la sede del gobierno general de Cantón para discutir los términos del indulto. Para alguien que en su código de conducta tenía determinado que a los desertores se les debía cortar la cabeza, solo había una manera de retirarse decorosamente: debían hacerlo todos juntos.

Ching Shih no se presentó en persona ante el emperador para firmar su propio indulto, sino para firmar el de toda su armada. Así, esta mujer pirata logró algo único: retirarse con su inmensa fortuna intacta y el perdón para sus tripulaciones.

En Cantón organizó un burdel y una casa de apuestas y murió a los 69 años sin ser ejecutada por sus acciones delictivas.