Idealización de la caída del Imperio Romano pintada por Thomas ColeWikipedia

Cuando Roma dejó de ser eterna: el saqueo de Alarico

El 24 de agosto del año 410, los godos de Alarico atravesaron las murallas de Roma y durante tres días saquearon la ciudad que durante siglos había dominado el mundo conocido

Frente a la Puerta Salaria, melena rubia y barba trenzada, un hombre observa impasible cómo las antorchas de la enfervorecida horda goda inundan las calles de la Ciudad Eterna. Como si de las aguas de un embravecido río se tratase, los godos discurren anárquicos, fuera de su cauce, arrasando cuanto encuentran a su paso.

Ante la escena, Alarico habría de recordar las traiciones romanas, las humillaciones de Honorio, la muerte de su gran rival, Estilicón, y, ante todo, el sueño incompleto de su pueblo, que recorría Europa en busca de un lugar al que llamar patria.

Roma no estaba destinada a ser la capital de los godos. En aquella madrugada del 24 de agosto del año 410, al tiempo que se escribía el prólogo del reino visigodo que gobernaría Hispania durante tres siglos, también se escribía el epílogo de una idea: la de Roma como ciudad eterna. El Imperio aún se mantendría en pie durante 66 años más, pero hacía 800 que, desde los galos de Breno, ningún ejército extranjero había osado atravesar las puertas de la capital como enemigo.

Semillas de venganza

El saqueo de Roma, no obstante, comenzó a gestarse mucho antes, y muy lejos de la capital del Imperio. La batalla de Adrianópolis en el 378 demostró a godos y romanos que el equilibrio de fuerzas había cambiado y que los bárbaros eran una amenaza real. Alarico apenas contaba 8 años, pero ya estaba destinado a acaudillar a los godos, asentados entonces, dentro de las fronteras del Imperio, en la actual Rumanía, como foederati, tropas bárbaras al servicio del Imperio bajo mando romano.

En el 395 fallece el Emperador Teodosio y, con él, la unidad del Imperio Romano, que quedó dividido entre sus dos hijos: Honorio en Occidente y Arcadio en Oriente. Las sucesivas traiciones y ataques indiscriminados de Arcadio hacia distintas facciones godas perfilaron en la mente de Alarico la idea de que los godos precisaban un reino independiente, una patria propia, no prestada por los romanos. Sólo entonces serían verdaderamente libres. Empujado por este sueño dirigió su mirada hacia Occidente y en concreto, hacia la Península Itálica. Impetuoso, inapelable, nada se interponía entre él y su ansiada Roma. Excepto el que, a la postre, sería su gran rival: Estilicón.

Estilicón: La última barrera de Roma

Estilicón era la consecuencia visible de los cambios sociales en el Imperio: de origen vándalo, alcanzó el rango de magister militum (mariscal de campo) de los ejércitos romanos, en los que se integraban ingentes cantidades de extranjeros, y regente durante la minoría de edad de Honorio. Durante más de una década fue la persona más poderosa en Roma. Estilicón derrotó sucesivamente en batalla a Alarico en Pollentia y Verona, disipando las ambiciones godas, aunque fuera temporalmente.

A pesar de la rivalidad entre ambos caudillos, el pragmatismo les llevó de la contienda a la alianza, prácticamente, de inmediato. Las continuas revueltas y la violación de fronteras por parte de los pueblos bárbaros de norte Europa no ofrecían duda a Roma: Alarico era más útil a los intereses imperiales como aliado que como enemigo, previo pago de cuantiosas sumas para comprar su amistad y sumisión.

Con lo que nadie contaba era con la locura de Honorio, obsesionado con derrocar a su hermano Arcadio en Oriente. Sólo el repentino fallecimiento de Arcadio en el 408 hizo a Honorio renunciar a su plan y ordenar a Alarico su retirada inmediata.

Frente a las costas de Epiro un airado Alarico demandó el pago de 4.000 libras de oro para reemprender el camino andado, siempre con el objetivo de dotar a los godos de los medios necesarios para crear un reino propio. Paradójicamente, su gran rival, Estilicón, fue su principal valedor ante el Senado de Roma que, contrariado, accedió a satisfacer la voluntad de Alarico. Manipulado por los rivales políticos de Estilicón, el Emperador Honorio ordenó el asesinato de su general más preciado, acusado de haberse pasado a los godos y de traición contra el Emperador, así como una purga sin precedentes de los foederati godos.

La caída de la Ciudad Eterna y el prólogo de Hispania

La fuga en masa de 30.000 soldados formados por Roma al bando de Alarico dejó Roma indefensa. Esta vez ningún genio militar podría detener al rey único de los godos. Honorio, sabedor de su destino si permanecía en la capital se agazapó en la impenetrable Rávena, a la espera de un asedio que se antojaba largo.

Alarico intentó negociar con Honorio; había llegado su momento. Reclamó para sí las tierras de la actual Viena, en Europa Central, para levantar la tan ansiada patria de los godos. Las maquinaciones romanas y los continuos desaires imperiales terminaron por convencer a Alarico de que sólo la caída de Roma haría que su pueblo fuera respetado.

Durante tres días Roma ardió. No fue una venganza iracunda y despiadada. Alarico ordenó, como cristiano que era, (arriano, sí, pero cristiano) que las iglesias fueran respetadas, así como los símbolos de la ciudad imperial. Cuando marchó de Roma, dirección sur, Alarico continuó en busca de un territorio para los godos de occidente, los visigodos. Ese reino que Ataulfo habría de fundar en Hispania, pero que Alarico nunca llegaría a contemplar, pues encontró la muerte en ese mismo año 410.

El saqueo de Roma conmocionó al mundo; estaba sucediendo algo inconcebible. En palabras de Jerónimo de Estridón: «mi voz se ahoga en mi garganta y mis lágrimas empañan el texto. La ciudad que ha conquistado el mundo, ha sido conquistada».

Roma ya no era eterna.