Toros en la Plaza del Coso en PeñafielFernando Quintela

Es agosto y no hace falta mirar el calendario porque en los pueblos de España agosto todavía se reconoce por el ruido. Por la mañana estalla un cohete que sobresalta a quien no está acostumbrado, después llegan las campanas, una charanga dobla alguna esquina, las mesas empiezan a ocupar las calles y se produce ese extraño relevo en el que los más jóvenes todavía no han terminado la noche cuando los mayores ya están empezando el día.

Huele a comida, a vino, a calor y a fiesta. En Peñafiel, como en tantos lugares de España durante la segunda quincena del mes, las fiestas se celebran en honor de un santo, en este caso San Roque, y resulta curioso que sigamos recurriendo a ellos para ordenar el calendario en una España cada vez menos católica, donde las iglesias se vacían mientras aparecen otras creencias y también subdivisiones que mezclan espiritualidad y negocio de la fe, con minúscula.

Quizá porque una cosa es creer y otra recordar, y los pueblos, aunque pierdan la fe, conservan una memoria extraordinaria y resistente.

En Peñafiel esa memoria tiene forma de plaza. La Plaza del Coso lleva siglos viendo pasar generaciones por sus balcones de madera y sus fachadas irregulares y, cuando miro esta fotografía, tengo la sensación de que podría haberla hecho hace treinta días o cincuenta años.

Los balcones están abarrotados, los cuerpos se aprietan detrás de las barandillas y todos juntos forman una especie de coro alrededor de los tres hombres que ocupan el primer término. Hay centenares de personas en la imagen y, sin embargo, al principio sólo vemos una cara.

Es la del muchacho situado a la derecha. No sé quién era ni qué fue de él y precisamente ese desconocimiento permite imaginar. Mira hacia el ruedo con una seriedad que no parece miedo sino concentración, y me gusta pensar que quizá soñaba con ser torero, uno de aquellos «maletillas» que recorrían España con poco más que una muda y una esperanza dentro del atillo, buscando una plaza, una capea, una oportunidad, esperando que alguien se fijase en ellos.

Antes de convertirse en figura había que conseguir algo mucho más difícil: que alguien creyera que uno podía llegar a serlo. El muchacho de la fotografía tiene todavía la edad en la que el futuro parece enorme y el fracaso es una palabra que les sucede a los demás.

Un poco más abajo aparece el hombre que representa lo contrario. Este sí es torero. Lleva traje de luces, aunque el blanco y negro le ha robado el brillo y ha convertido el «grana y oro» en una sucesión de grises. Ya no vemos el lujo del bordado sino al hombre que está dentro: parece cansado, acostumbrado.

No encuentro miedo en su expresión, tampoco entusiasmo; encuentro rutina, que quizá sea la forma más profunda del cansancio. Ha esperado otras veces junto a una barrera parecida y ha visto a otros muchachos mirándolo como él pudo mirar alguna vez a quienes estaban delante. Tal vez también soñó con Madrid, Sevilla, una Puerta Grande, con convertirse en uno de esos nombres que ya no necesitan apellido.

Quizá quiso alcanzar ese territorio reservado a figuras como Morante de la Puebla. Pero la historia del toreo, como la historia de casi todo, no está escrita solamente por quienes llegaron, sino por los miles que se quedaron en algún lugar del camino.

Entre el muchacho y el torero cabe entonces una vida entera: la distancia entre imaginar quién seremos y descubrir finalmente quién hemos sido. Ahí están los kilómetros, las plazas pequeñas, las tardes buenas que nadie recuerda y las malas imposibles de olvidar.

El toreo atraviesa además nuestra literatura, porque durante siglos fue una metáfora de España. Ortega y Gasset consideró difícil comprender nuestra historia sin atender a las corridas; Unamuno las contempló desde una posición mucho más crítica; Hemingway encontró en ellas valor, muerte y ceremonia; Chaves Nogales hizo algo extraordinario en Juan Belmonte, matador de toros: retirar al mito de su pedestal para descubrir al hombre.

Y Lorca convirtió la muerte de Ignacio Sánchez Mejías en literatura con aquellas cinco palabras que dejaron para siempre de ser solamente una hora: «A las cinco de la tarde». Las cinco de la tarde, durante mucho tiempo fue, al menos en Madrid, «la hora de los toros».

La fotografía intenta hacer algo parecido. El rostro del joven es la puerta de entrada, enorme y próximo, y su mirada nos conduce hacia algo que queda fuera del encuadre; después el ojo desciende, encuentra al hombre que tiene detrás y llega hasta el torero, para saltar al otro lado de la plaza y descubrir los balcones repletos. Entonces deducimos que aquellas pequeñas figuras no son decoración.

Cada una contiene otra fotografía posible: una mujer que quizá lleva cincuenta años mirando desde el mismo balcón, un niño que ve los toros por primera vez, alguien que ha regresado al pueblo después de pasar el año trabajando lejos. Todo está relacionado y todo tiene importancia.

Ahí encuentro a Cristina García Rodero y aquel territorio de «España oculta» donde lo religioso y lo pagano, la solemnidad y el exceso, la procesión y la borrachera pueden convivir sin contradicción. San Roque, el toro, la charanga del Tío Honorio, el chúndara y el vino forman parte durante esos días de una misma liturgia. De Brassaï aparece la dureza del contraste, esos negros rotundos y la importancia de la materia: madera, piel, arena, piedra y tela.

De Josef Koudelka encuentro la voluntad documental, porque fotografiar las costumbres de una comunidad no consiste solo en registrar lo que hace, sino en mostrar cómo habita el mundo. Y hay algo también de Maureen Bisilliat y de su manera de encontrar en la cultura popular un territorio donde realidad y simbolismo pueden terminar siendo la misma cosa.

Por eso considero esta imagen una especie de impresionismo documental. No por su técnica, sino porque con los años me interesa menos aquello que demuestra que aquello que me devuelve: el calor, el ruido, la multitud, el vino, el cansancio, la espera y esa felicidad elemental de las fiestas de los pueblos, donde durante unos días nadie necesita demostrar que ha triunfado.

No hace falta ser Morante ni salir por la Puerta Grande de Las Ventas. Basta con encontrarse con alguien a quien no se veía desde el verano anterior, beber un Ribera del Duero, comer un cordero con los amigos, bailar mal, dormir poco y ocupar quizá el mismo balcón desde el que miraron nuestros padres.

Podríamos llamarlo pan y circo, pero sería una explicación demasiado pobre, porque la humildad y la sencillez también están llenas de alegría aunque los rostros no siempre lo evidencien.

Eso es lo que más me interesa de la fotografía: nadie sonríe y, sin embargo, no es triste. El muchacho está serio, el torero cansado, el hombre que los separa observa y la multitud espera.

Uno quizá sueña con llegar y el otro quizá recuerda dónde quiso llegar. Detrás, el pueblo continúa mirando desde los balcones como lo hizo antes de que ellos nacieran y como seguirá haciéndolo cuando ya no estén.

Dentro de unas horas habrá vino, música, baile, alguna discusión y probablemente algún beso. Después terminará agosto, el santo regresará a su iglesia, el traje de luces volverá a su funda y la plaza quedará vacía hasta el próximo verano.

Porque quizá las tradiciones nunca consistieron realmente en repetir el pasado, sino en algo bastante más humilde y necesario: encontrar, de vez en cuando, una razón para volver a estar juntos.