El retrete
Cela estaba delante de ti, conversaba, bromeaba, podía recibirte en su casa y, sin embargo, siempre permanecía una última frontera entre ambos
Retrato de Camilo José Cela por Fernando Quintela
Voy a desengrasar, porque escribir de historias pasadas suda nostalgia y en mi caso, vaya usted a saber por qué (yo sí lo sé), tiendo al drama.
Don Camilo era un animal, pero no en el sentido animal de la palabra, que también, sino porque era un gran contenedor de imaginación, cultura, naturalidad y humor. Se escribe fácil esto, pero conjugar todo para construir una vida brillante y humilde a la vez es una meta al alcance de unos pocos.
Era grande, también en tamaño, elegante hasta la altura del pantalón, que subía sin apretura por encima del ombligo. Era generoso en la conversación y directo en la expresión, sin necesidad de artificios. Le salía así, como si en algún momento hubiese sido un brillante escritor porque, total, como él mismo dijo, «para escribir solo hay que tener algo que decir». Y no es cualquier cosa esta afirmación.
Esta fotografía se la hice en los primeros años noventa, cuando frecuentaba, sin ser amigo ni notable, las casas de Cela y de Francisco Umbral. Más a la de Paco que a la de don Camilo. Yo era muy joven, y había descubierto uno de los privilegios secretos de ser fotógrafo: mientras los demás necesitan intervenir en una conversación para justificar su presencia, el fotógrafo podía quedarse callado. Mirar. Escuchar. Fingir que está pendiente de la cámara mientras aprende.
Y yo me ausentaba escuchándolos.
Cela era divertido, socarrón, excesivo. Una mala bestia, decíamos más arriba; brillante, polémico antipático y al mismo tiempo, acogedor. Podía ser cercano y a la vez mantener una distancia que uno sabía que no debía acortar. Umbral también podía ser todo aquello, pero añadía algo diferente: la complicidad; aunque Paco era selectivo: él decidía con quién.
Las casas y sus cosas explicaban bastante bien a ambos.
Umbral escribía a máquina, sentado en su poltrona desgastada junto a aquella mesa camilla donde me permitía curiosear papeles, libros y objetos. Cela escribía a mano, con libros abiertos encima de su mesa y afeitado y saneado con esmero.
Uno parecía necesitar una bufanda hasta para mear. El otro habría llevado corbata hasta para cagar.
Y no es una exageración literaria.
Un martes cualquiera de 1991 estábamos en casa de Cela, en su finca El Espinar, en La Alcarria. Presentes éramos el propio Camilo, Paco Umbral, la escritora Elvira Huelbes, Carlitos «el chófer», y yo.
La conversación entre escritores había comenzado en Irak y, como sólo podía ocurrir cuando aquellos dos se encontraban, unos minutos después ya estábamos en los vergeles de Mesopotamia como el origen de lo que entonces ya dominaba Saddam Hussein. Yo escuchaba fascinado aquel combate de inteligencia, memoria, citas y cultura.
Hasta que Cela anunció que se estaba cagando. Así. Con precisión celiana. Un hombre que sin ningún rubor anunció en la televisión pública de los 80 que era capaz de absorber un litro y medio de agua tibia por vía anal, y se ofreció a demostrarlo en directo pidiendo a una joven Mercedes Milá que le llevasen una palangana, no se iba a andar con exquisiteces ni remilgos en sus dominios.
Y entonces ocurrió algo extraordinario: hasta una necesidad fisiológica podía convertirse con Cela en literatura.
Surgió una discusión sobre cómo debía llamarse correctamente el lugar al que se dirigía. Entre los dos escritores diseccionaron los orígenes de «baño», «váter», «servicio», «aseo», «excusado», «letrina» y preguntaron a los presentes cuál era nuestra elección.
Cela escuchó las posibilidades y dictó sentencia con un término que no había aparecido todavía: lo más adecuado y ajustado al lenguaje era «retrete».
Y a continuación comenzó una cirugía de precisión sobre la palabra, su origen y su etimología que no soy capaz de reproducir. Recuerdo, sin embargo, la fascinación. Esa capacidad para coger una palabra vulgar, darle la vuelta, abrirla y descubrir todo lo que llevaba siglos escondido dentro.
Ahí estaba Cela.
El escritor que entendía que ninguna palabra era indigna de la literatura si estaba colocada exactamente donde debía. Aquél mismo que dijo «en ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano». Era un enamorado convencido de su pasión.
Fernando Quintela retrató a Camilo José Cela en 1991
Después fuimos a merendar a un bar de La Alcarria. Mesa, mantel y una merienda que terminó pareciéndose bastante a un banquete. En mitad de la tortilla de patata que Cela pidió cocinar expresamente, levantando al fogonero de su siesta, Carlitos «el chófer», que participaba de aquellas conversaciones sin el menor complejo, preguntó:
«Me estoy meando, ¿dónde digo que tengo que ir?», preguntó desde detrás de unas gafas de pasta que soportaban unas cuantas dioptrías ahumadas en cada ojo. Carlitos era especial, brillante en su forma de aceptar y entender su vida. Un currante sin complejos.
No recuerdo la respuesta porque lo que no olvido fueron las risas de todos. Y Carlitos hizo pis en un retrete.
Quizá por eso este recuerdo del retrato de ese día me interesa más ahora que cuando lo hice. El que más de muchos terminé. Ya estamos en el análisis de la fotografía.
En él Cela no está representando al Nobel. No hay biblioteca solemne, aunque se intuyan curvaturas de libros. No hay pose de académico. No hay una escenografía destinada a recordarnos que aquel hombre había escrito La familia de Pascual Duarte y La colmena, había ingresado en la Real Academia Española y acababa de recibir el Nobel de Literatura.
Hay simplemente un hombre. Y unas gafas enormes delante de él.
La fotografía está construida alrededor de su rostro, pero hay una decisión que para mí resulta esencial: algo se interpone entre Cela y la cámara: el primer plano está completamente desenfocado. No sabemos exactamente qué es, aunque sepamos que es un libro abierto y boca abajo, y tampoco importa. Esa masa borrosa ocupa la zona inferior del encuadre y nos impide llegar limpiamente hasta él.
Me gusta que sea así porque Cela también era eso: accesible y distante. Absorbía agua tibia por vía anal y a la vez viajaba en Rolls Royce con una choferesa negra cuando escribió su segundo Viaje a la Alcarria.
Estaba delante de ti, conversaba, bromeaba, podía recibirte en su casa y, sin embargo, siempre permanecía una última frontera entre ambos.
Fotográficamente, el desenfoque funciona casi como una puerta entreabierta. Detrás aparece su rostro. La profundidad de campo es mínima. El fondo desaparece. Los cuadros se convierten en manchas geométricas y todo conduce hacia los ojos, paradójicamente protegidos por unas gafas que también introducen reflejos.
No es un retrato de poder. Es un retrato de presencia.
Y quizá su «punctum», utilizando a Barthes, esté precisamente ahí: en la imposibilidad de terminar de acceder al personaje. Cela está delante de nosotros y, al mismo tiempo, conserva algo para sí mismo que no nos entrega. La mirada es limpia y directa, es casi una advertencia.
Richard Avedon despojaba a sus retratados de contexto para obligarnos a enfrentarnos al individuo. Yousuf Karsh buscaba el instante en que el personaje público bajaba durante un segundo la guardia. Arnold Newman hacía lo contrario: construía el retrato alrededor del espacio que explicaba al personaje.
Esta fotografía está en algún lugar entre esas tres maneras de mirar. El espacio existe, pero casi ha desaparecido. Lo importante es él: su cuello, sus ojos, sus gafas, su cabeza. No el Nobel, no el académico; ni siquiera el escritor: el hombre.
Y regreso un momento a Francisco Umbral y a lo escatológico para contar que llegué a fotografiarlo orinando (de espaldas) porque él mismo me invitó a hacerlo. Era su forma de entender la libertad, el cuerpo y probablemente también la literatura. Aquella fotografía con los pantalones en los tobillos en el baño de su casa en Las Rozas de Madrid sigue guardada y así seguirá por ahora.
Con Cela nunca habría imaginado algo semejante. Ésa era la diferencia. Los dos podían hablar de lo sublime y de lo asqueroso en la misma frase. Los dos poseían una libertad intelectual difícil de encontrar. Los dos podían convertir un retrete en literatura.
Umbral te hacía cómplice y Cela, como mucho, te permitía mirarle a la cara.
Y mirando aprendí algo que entonces todavía no sabía: algunas personas escriben incluso cuando no tienen delante un papel.
Cela escribía hablando, comiendo, provocando. Escribía buscando la palabra exacta para nombrar el lugar donde todos, premios Nobel incluidos, terminamos haciendo exactamente lo mismo.
Y cuando escribía de verdad, lo hacía a mano. Por eso, cuando vuelvo a esta fotografía tantos años después, veo a un hombre que parecía haber comprendido que entre todas las palabras posibles siempre existe una que es mejor que las demás.
Sólo hay que tener el talento y la mala leche necesarios para encontrarla.