Yaiya Ibn Ibrahim, cabeza de los almorávides

Yaiya Ibn Ibrahim, cabeza de los almorávidesWikipedia

El «estado islámico» de los almorávides en la España medieval provocó un genocidio contra los mozárabes

Alfonso VII de Castilla, nieto del Alfonso VI, dio la puntilla al efímero imperio almorávide en España, tras una campaña que culminaría con la toma de Almería en 1147

En mayo de 1085 el reino taifa de Toledo, uno de los más potentes de Al Ándalus, se rindió ante el empuje del rey Alfonso VI de Castilla. Las condiciones del rey castellano fueron generosas: los musulmanes que quisieran podrían abandonar la ciudad cargando cuantas riquezas pudieran transportar; si por el contrario decidían quedarse sus vidas y haciendas serían garantizadas, pudiendo cumplir con sus ritos religiosos con mínimas restricciones y disfrutando de dos años de exención de impuestos.

Para los restantes reinos taifas de la península la caída del poderoso (para ellos) reino de Toledo les dejaba en una situación imposible. No tenían fuerza para enfrentarse individualmente contra muchos de los reinos cristianos y juntos tampoco podían contra la alianza de Castilla, León, Navarra y Aragón. Los costes de las lujosas y refinadas cortes se comían buena parte de los ingresos y no estaban dispuestos a privarse de sus placeres para gastarlo en soldados. Así que solo les quedó la opción de buscar ayuda de fuera.

El califato abásida de Bagdad había caído dejando un mosaico de estados en guerra entre sí. No se podía contar con ellos. La mejor opción era una secta que había surgido en el sur del Magreb que se había extendido rápidamente debido a una fe absoluta en la Yihad religiosa y una clara orientación expansionista.

En torno al 1042 d. C. un bereber llamado Yaiya Ibn Ibrahim peregrinó a La Meca, como es preceptivo para todo buen musulmán. En la ciudad santa observó que la religión que practicaba su pueblo era demasiado laxa en comparación con lo que allí veía. Durante su viaje de vuelta pasó por la ciudad tunecina de Keruán donde había una famosa escuela de leyes islámicas. Habló con los alfaquíes y les convenció para que uno de los jóvenes doctores en leyes le acompañara para poder explicar bien a su gente cuales son los dictados del islam.

Cuando Yaiya regresó a su pueblo, acompañado por el alfaquí, no fue bien recibido por sus vecinos y parientes. Consideraban que había vuelto hecho un pesado que se pasaba el día recriminando a todos sobre sus actos y comportamientos, y encima secundado por el pedante ese que se había traído consigo.

Con todo hubo algunos que decidieron adoptar la visión rigorista que ofrecía Yaiya en la cual el concepto de la Yihad o guerra santa o lucha contra aquellos que no aceptaban el islam, era básico. Estos abandonaron el pueblo y se instalaron en un apartado monasterio fortificado (un ribat), por ello se les empezó a llamar la gente del ribat o al Murabbitos, que derivó a la castellanización de almorávides.

A Yaiya le sucedió un líder llamado Yusuf Ibn Tasudin que combinó la capacidad con las ansias expansionistas. En el año 1070 levantó la ciudad de Marrakech que haría capital del imperio almorávide, al tiempo que llevaba la guerra hasta el río Níger y el estrecho de Gibraltar.

Será a esta fuerza y a esta persona a quienes los atemorizados reyes de Granada, Badajoz y Sevilla solicitaran ayuda. Sabían que estaban llamando a un lobo y conscientes de ello lo hicieron en el año 1085.

Yusuf Ibn Tasudin acudió con unos 20.000 guerreros y el 23 de octubre de 1086, entre la fortaleza de Azagala y el río Zapatón, en un lugar llamado Sagrajas el ejército del rey Alfonso VI fue destrozado. Salvó la vida el rey, aunque herido, junto con un personaje que tendrá gran protagonismo en le Cantar del Mio Cid: Alvar Fayez de Minaya.

Quiso la fortuna que Yusuf tuviera que volver para sofocar unas rebeliones en África lo que dio un año a Alfonso VI para organizar las defensas, hablar con otros reyes y llamar a un caudillo militar que había desterrado de nombre Rodrigo Díaz de Vivar.

Regresó Yusuf en 1089 y esta vez estaba decidido a terminar con los reinos de taifas que tan inútiles se habían mostrado. Además, los almorávides no soportaban el lujo y el refinamiento de las distintas cortes, la relajación de su religión, el consumo de vino que tanto entusiasmó a Abderramán III y las artes decadentes (consideraban tal cosa a prácticamente todo excepto el estudio del derecho islámico).

Los mozárabes (cristianos en tierras del Al Ándalus) fueron sus primeras víctimas. Ya lo habían tenido mal durante las etapas anteriores, pero ahora la alternativa era abrazar el islam o la muerte. Lo que hicieron los almorávides con ellos fue un genocidio. Los judíos no sufrieron una persecución tan salvaje pero la vida se hizo mucho más difícil para ellos. Entretanto los diferentes reinos taifas fueron cayendo en manos de los almorávides: Granada 1090, Sevilla 1091, Aledo 1092…

Las fuerzas almorávides se mostraron invencibles en el campo de batalla hasta que el 21 de octubre de 1094, en los llanos de Cuarte, cerca de Valencia, Rodrigo Díaz de Vivar derrotó completamente a un ejército almorávide comandado por Abu Abdalla, sobrino del propio Yusuf.

El empuje de los almorávides todavía duraría unas décadas –pocos años después, en 1097, moriría Diego Rodríguez, hijo de Rodrigo Díaz, en la batalla de Consuegra– pero ya se había producido un importante cambio en cuanto a la cultura se refiere. Y es que las cortes de los reinos de taifas habían sido centros de mecenazgos para artistas, médicos y científicos. Estos aportaban conocimiento y prestigio, todo ello superfluo para los almorávides.

Con la implantación del fanatismo y la intolerancia poetas como Ibn al Labbana, Ibn Haddis, Al Muttamid de Sevilla tuvieron que exiliarse. Lo mismo sucedió con eruditos como Avempace de Zaragoza, genio polímata. El médico Avenzoar o el jurista Abu Bark al Turtusi.

Y mientras Al Ándalus se convertía en un erial intelectual las cortes cristianas de León, Castilla, Navarra o Aragón florecían. Los médicos judíos, los astrónomos, matemáticos, etcétera buscaron el amparo de estos nuevos protectores para desarrollar su arte, su ciencia. Será durante estos nuevos años cuando surgirá la historiografía, como las crónicas de los reyes de León, la crónica najense, la crónica del emperador Alfonso, etcétera.

Esta España culturalmente pujante será la que se irá imponiendo a un imperio almorávide que había sabido conquistar, pero no crear ni estabilizar. Una vez perdido el ímpetu inicial que les venía de la sinceridad de su fe y del ansia de la Yihad, cuando los placeres del poder empezaron a hacer mella y hubo desaparecido la primera generación que surgió del desierto, entonces todo ese castillo de naipes se vino abajo.

Alfonso VII de Castilla, nieto del Alfonso VI, dio la puntilla al efímero imperio almorávide en España, tras una campaña que culminaría con la toma de Almería en 1147.

El poderío de estos musulmanes se derrumbó, también porque había pocos que lo apoyaran y sí muchos que los detestaban. Cuando la espada cayó de sus manos, dejaron de ser temidos y fueron atacados. Entretanto otro grupo estaba surgiendo: los almohades.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas