Retrato de Vasco Núñez de BalboaWikipedia

Vasco Núñez de Balboa, el extremeño que descubrió el océano Pacífico

Tenía treinta y tantos años, enemigos que esperaban su caída y una historia extraordinaria detrás. Pero en aquel momento solo parecía importarle una cosa: encontrar un mar

El 1 de septiembre de 1513 Vasco Núñez de Balboa salió de Santa María la Antigua del Darién (actual Chocó colombiano, muy cerca de la frontera con Panamá) al frente de una expedición de unos 190 españoles y numerosos indígenas.

Tenía treinta y tantos años, enemigos que esperaban su caída y una historia extraordinaria detrás. Pero en aquel momento solo parecía importarle una cosa: encontrar un mar. Le habían hablado de él los indígenas.

Al otro lado de aquellas montañas, decían, existía una enorme extensión de agua y, más allá, tierras donde abundaba el oro. Ninguno de aquellos españoles había visto jamás ese mar. Así que Balboa decidió comprobarlo.

La expedición partió desde el Darién en dirección al territorio del cacique Careta (actual Panamá). Primero avanzaron por mar y después comenzó lo verdaderamente difícil: atravesar a pie el istmo de Panamá. Calor, humedad, ríos, vegetación prácticamente impenetrable y caminos que solo podían recorrer gracias a quienes llevaban siglos habitándolos.

Los indígenas aliados proporcionaron información, alimentos, porteadores, guerreros y, sobre todo, el conocimiento del territorio sin el cual probablemente Balboa jamás habría llegado a su destino.

Tampoco todos los pueblos que encontraron estaban dispuestos a recibirlos. Hubo pactos y violencia. Balboa llevaba años aprendiendo algo fundamental para sobrevivir en Tierra Firme: cuándo combatir y cuándo negociar. Pasaban los días y aquel mar seguía sin aparecer. Pero el 25 de septiembre los guías señalaron una montaña desde cuya cima, aseguraron, podrían verlo.

Balboa comenzó a subir acompañado por sus hombres, pero cuando se aproximaron a la cima les ordenó detenerse. Quería recorrer solo los últimos metros. Podemos imaginar el cansancio después de semanas atravesando la selva, el calor, la ropa empapada y la incertidumbre de un hombre que estaba a punto de descubrir si todo aquello que le habían contado era cierto.

Subió y, cuando alcanzó la cumbre, miró hacia el horizonte. Allí estaba, al otro lado del continente, aquella inmensa extensión de agua de la que le habían hablado. Es fácil imaginar la sensación de satisfacción al contemplar tan magna belleza.

Balboa llamó entonces a sus compañeros. Gonzalo Fernández de Oviedo contaría después que el extremeño se arrodilló, levantó las manos hacia el cielo y dio gracias a Dios. Acababa de contemplar el océano Pacífico desde América, aunque él nunca lo llamó así. Para él fue el Mar del Sur.

Cuatro días después, el 29 de septiembre, festividad de San Miguel, alcanzó sus aguas, entró en ellas con la espada y el estandarte y tomó posesión de aquel mar y de las tierras que bañaba en nombre de la Corona de Castilla, cuya reina legítima era Juana y que gobernaba entonces su padre, Fernando el Católico.

Pero vayamos hacia atrás en el tiempo porque, como casi todas las gestas de nuestros conquistadores, la de Vasco Núñez de Balboa también tiene una gran historia detrás. Solo tres años antes había sido un hombre arruinado que tuvo que esconderse dentro de un barco para escapar de sus acreedores. Para entender cómo aquel polizón terminó solo en lo alto de una montaña mirando el océano más grande del planeta hay que regresar unos años atrás.

De hidalgo extremeño a polizón

Vasco Núñez de Balboa había nacido hacia 1475 en Jerez de los Caballeros, en la actual provincia de Badajoz. Pertenecía a una familia de hidalgos, aunque no especialmente rica, y poco sabemos de sus primeros años. Como tantos jóvenes de su tiempo, acabó mirando hacia ese nuevo mundo que se abría al otro lado del Atlántico y que prometía aventuras, tierras y riquezas. Si uno se para a pensar en el XVI español solo puede llegar a la maravillosa conclusión de un tiempo que prometía una nueva era en todos los aspectos.

En 1501 embarcó en la expedición de Rodrigo de Bastidas, que recorrió parte de las costas de las actuales Colombia y Panamá. Regresó después a La Española, donde intentó establecerse como propietario de tierras y dedicarse a la agricultura y a la cría de cerdos, pero no parece que tuviera demasiado talento para los negocios.

Acumuló deudas hasta encontrarse en una situación desesperada. Como un deudor no podía abandonar libremente la isla dejando atrás a sus acreedores, Balboa recurrió a una solución bastante poco honorable para quien acabaría entrando en los libros de Historia: huir escondido en un barco.

En 1510 se introdujo como polizón, acompañado por su perro Leoncico, en una nave de la expedición que Martín Fernández de Enciso preparaba para dirigirse hacia San Sebastián de Urabá, en Tierra Firme. Cuando ya estaban en alta mar Balboa salió de su escondite. A Enciso aquello no le hizo ninguna gracia y, según relatarían después las crónicas, amenazó con abandonarlo en la primera isla desierta que encontraran. Sin embargo, pronto descubrió que aquel polizón podía resultarle bastante útil.

Balboa conocía aquellas costas gracias a la expedición de Bastidas y sabía que San Sebastián de Urabá no era precisamente el mejor lugar para instalarse. El asentamiento había sufrido ataques indígenas y sus habitantes estaban en una situación límite. Recordó entonces una zona situada al otro lado del golfo de Urabá que había conocido años antes y propuso trasladarse allí.

La decisión cambió su vida

Los españoles llegaron a territorio del cacique Cémaco, al que derrotaron, y fundaron Santa María la Antigua del Darién, considerada la primera ciudad española estable fundada en Tierra Firme. El hombre que había subido clandestinamente a un barco comenzaba a convertirse en una figura imprescindible, aunque también en un problema para Enciso.

Balboa supo ganarse el apoyo de buena parte de los colonos y aprovechó una cuestión jurídica para cuestionar la autoridad de Enciso: aquel territorio no pertenecía a la gobernación para la que este había recibido poderes. Enciso terminó apartado y Balboa fue elegido alcalde de Santa María la Antigua.

En apenas unos meses, el polizón perseguido por sus acreedores había pasado a gobernar uno de los primeros asentamientos españoles del continente. Pero necesitaba demostrar a la Corona que no era simplemente un aventurero que se había hecho con el poder. Necesitaba éxitos y necesitaba oro.

Comenzó entonces a explorar el territorio y a establecer relaciones con los pueblos indígenas. Hubo enfrentamientos muy violentos, pero también pactos y alianzas. Uno de los más importantes fue con el cacique Careta, cuya hija, según las crónicas, se convirtió en su compañera.

Y fue a través de aquellos contactos cuando empezó a escuchar la historia que terminaría obsesionándolo: hacia el sur, detrás de las montañas, existía otro mar y, más allá, un reino inmensamente rico donde abundaba el oro. Balboa no podía saberlo, pero aquellas noticias hablaban de las tierras que años después llevarían a Francisco Pizarro hasta el Imperio inca. Para él lo urgente era encontrar aquel mar. Y así regresamos al punto donde comenzaba esta historia: al 1 de septiembre de 1513.

De la gloria al cadalso

El descubrimiento del Mar del Sur convirtió a Balboa en uno de los grandes nombres de la exploración española en América. Regresó a Santa María la Antigua con oro, perlas y noticias de aquel inmenso mar y comunicó el hallazgo a Fernando el Católico. Pero mientras Balboa atravesaba selvas, en Castilla ya habían decidido quién gobernaría aquellos territorios. Y no sería él.

En 1514 llegó al Darién Pedro Arias Dávila, Pedrarias, nombrado gobernador de Castilla del Oro. Balboa tuvo que someterse al recién llegado y la relación entre ambos fue complicada. Pedrarias desconfiaba de su popularidad, aunque la Corona reconoció sus méritos nombrándolo adelantado del Mar del Sur y gobernador de Panamá y Coiba, siempre bajo su autoridad.

Hubo incluso un peculiar intento de reconciliación: Pedrarias le ofreció en matrimonio a su hija María de Peñalosa. Balboa aceptó y se casaron por poderes, ya que ella permanecía en España. Suegro y yerno parecían haber enterrado sus diferencias. Solo lo parecía.

Balboa quería seguir explorando el Mar del Sur y comenzó a construir barcos en su costa. Pedrarias sospechó que pretendía actuar al margen de su autoridad y ordenó detenerlo. El encargado fue Francisco Pizarro, el mismo hombre que había acompañado a Balboa cuando contempló por primera vez aquel océano en 1513.

Acusado de traición, fue juzgado y condenado a muerte. A comienzos de 1519 Vasco Núñez de Balboa fue conducido al cadalso en Acla y decapitado con poco más de cuarenta años. Pedrarias, su gobernador y también su suegro, había ordenado su ejecución; Pizarro, su antiguo compañero, había participado en su detención.

Habían pasado apenas seis años desde aquel 1 de septiembre de 1513 en que Balboa salió de Santa María la Antigua buscando un mar del que solo había oído hablar.

Lo encontró y aunque murió en un cadalso, la Historia conservó su nombre ligado para siempre al momento en que un extremeño atravesó el istmo de Panamá, subió solo los últimos metros de una montaña y descubrió que al otro lado de América había otro mundo.