Bernardo de Gálvez visto por Augusto Ferrer-Dalmau en la Batalla de Penascola
Bernardo de Gálvez: el héroe que Estados Unidos recuerda y España olvidó
Bernardo de Gálvez no necesita que exageremos sus hazañas ni que reescribamos la independencia estadounidense para hacerle un hueco, basta con contar lo que hizo
España tiene una magnífica historia, desde luego llena de luces y sombras. El problema es que las luces no siempre han sido suficientemente bien contadas y las sombras se han exagerado, desde fuera y también desde dentro.
Siempre ha sido un poco nuestro sino: el de una nación tan grande como desastrosa a la hora de hacer propaganda de sí misma. La famosísima Leyenda Negra que nos acompaña desde hace siglos.
Existe una frase, atribuida durante décadas al canciller Otto von Bismarck, aunque sin prueba documental de que realmente la pronunciara, que resume bastante bien nuestra particular relación con nosotros mismos: España sería el país más fuerte del mundo porque los españoles llevábamos siglos intentando destruirlo y todavía no lo habíamos conseguido. Sigue teniendo, lamentablemente, toda la actualidad.
Algo parecido nos ha ocurrido con nuestros grandes personajes. Otros países los habrían convertido en películas, estatuas, series de televisión y héroes nacionales; nosotros, en demasiadas ocasiones, hemos conseguido que apenas sepamos quiénes fueron.
La industria del cine español es un magnífico ejemplo de esto: hemos contado la Guerra Civil hasta la saciedad y, en demasiadas ocasiones, desde una mirada bastante previsible, mientras apenas hay grandes producciones capaces de narrar otros siglos de nuestro pasado. La historia de España no va únicamente de 1936 a 1939 y es una pena que esto no haya cambiado demasiado.
La historia, si está bien contada, interesa. Pero no solo eso: es muy necesario conocer nuestro pasado. Primero porque conocerlo es también una forma de respetar nuestra patria y, segundo, porque saber qué fuimos nos ayuda a entender qué somos.
Pocos ejemplos resultan tan sorprendentes como el de Bernardo de Gálvez. Fue un español que derrotó a los británicos en América, arrebató a Gran Bretaña posiciones fundamentales en el golfo de México y contribuyó de manera decisiva al escenario militar que permitió a las Trece Colonias conquistar su independencia.
Un hombre al que Estados Unidos terminaría nombrando ciudadano honorario más de dos siglos después de su muerte y cuyo retrato cuelga hoy en el Capitolio.
Mientras cualquier estadounidense sabe quiénes fueron George Washington, Benjamin Franklin o Thomas Jefferson, no estoy tan segura de cuántos españoles podrían explicar quién fue él.
Resulta paradójico que Bernardo de Gálvez sea uno de los poquísimos extranjeros nombrados ciudadanos honorarios de Estados Unidos y siga siendo un desconocido para buena parte del país en el que nació.
Bernardo de Gálvez nació en Macharaviaya, un pequeño pueblo de Málaga, en 1746, en el seno de una familia que acabaría teniendo un peso extraordinario en la administración de Carlos III. Muy joven inició una carrera militar que terminaría llevándolo al otro lado del Atlántico.
Fue destinado a Nueva España, combatió a los apaches en la frontera norte y resultó herido. También pasó por Francia, conoció de cerca su organización militar y participó en la desastrosa expedición española contra Argel de 1775, donde volvió a ser herido.
Es decir, cuando en 1777, con solo treinta años, fue nombrado gobernador de Luisiana, Gálvez no era precisamente un funcionario enviado a pasar tranquilamente los días junto al Misisipi encontró con una revolución.
Un año antes, el 4 de julio de 1776, las Trece Colonias británicas habían declarado su independencia. Los nombres que hemos aprendido desde entonces son los de Washington, Jefferson, Franklin o, como mucho, el francés Lafayette. Sin embargo, aquella guerra estuvo muy lejos de ser un asunto exclusivamente angloamericano.
Francia y España contemplaban el conflicto con enorme interés. Gran Bretaña era la gran rival de ambas y España tenía, además, cuentas pendientes. Tras la Guerra de los Siete Años (1756-1763) había perdido Florida y quería recuperar los territorios que los británicos le habían arrebatado.
Pero Carlos III tenía un problema nada pequeño: una cosa era desear la derrota de Inglaterra y otra entusiasmarse con la idea de unas colonias rebelándose contra su rey cuando él mismo gobernaba un inmenso imperio americano. Por eso España actuó inicialmente con prudencia.
Ayudó a los insurgentes con dinero, armas, pólvora y suministros, buena parte de ellos canalizados a través de Nueva Orleans y La Habana, pero evitó reconocer inmediatamente la independencia estadounidense y entrar de manera abierta en la guerra. España quería debilitar a Gran Bretaña, pero no legitimar alegremente el principio de que una colonia podía rebelarse contra su monarca.
Gálvez estaba en una posición privilegiada para ayudar. Desde Luisiana facilitó que los suministros llegaran a los rebeldes a través de la ruta del Misisipi. Pero en junio de 1779 todo cambió.
Tras la Convención de Aranjuez firmada con Francia, España entró en guerra contra Gran Bretaña. Carlos III combatió contra los británicos, pero España no se convirtió formalmente en aliada de las Trece Colonias.
Sus objetivos eran propios: debilitar el poder británico y recuperar los territorios perdidos. Para Gálvez, en cualquier caso, se acababa el tiempo de actuar entre bambalinas comenzando así su guerra.
El Misisipi y el golfo de México
Gálvez comprendió rápidamente algo fundamental: mientras los británicos combatían a Washington y al Ejército Continental más al norte, España podía golpearles en otro escenario y obligarles a dividir hombres, barcos y recursos. Su ejército tenía además poco que ver con la imagen de una fuerza homogénea.
Españoles, criollos, franceses, americanos, hombres libres de origen africano e indígenas formaron parte de unas tropas extraordinariamente diversas que avanzaron contra las posiciones británicas.
En 1779 cayeron Manchac, Baton Rouge y Natchez. Con aquellas victorias España debilitaba el control británico sobre el bajo Misisipi y protegía Nueva Orleans. Al año siguiente llegó Mobile. Quedaba la pieza más importante: Pensacola, capital de la Florida Occidental británica y una de las principales bases de Gran Bretaña en el golfo de México. Nacía la leyenda.
La expedición contra Pensacola estuvo plagada de dificultades. Temporales, problemas logísticos y discrepancias entre los mandos retrasaron una operación en la que Gálvez sabía que necesitaba el apoyo de la flota.
El acceso a la bahía era peligroso y los responsables navales temían que sus barcos encallaran al atravesar la entrada bajo el fuego británico. Gálvez decidió entonces hacer algo que explica bastante bien por qué seguimos hablando de él casi dos siglos y medio después.
A bordo del bergantín Galveztown, atravesó el paso bajo el fuego enemigo para demostrar que era posible. Después lo siguieron los demás. La tradición ha resumido aquel episodio en el célebre «Yo solo», lema que Carlos III autorizó posteriormente a incorporar a su escudo de armas como reconocimiento a su valor.
Pensacola capituló el 9 de mayo de 1781, después de un asedio iniciado en marzo. Gálvez volvió a resultar herido durante los combates. La victoria española privó a Gran Bretaña de una posición esencial en el golfo de México y culminó una campaña que había eliminado buena parte de su presencia militar en aquella región.
No debemos cometer ahora el error contrario al olvido y convertir a Gálvez en el hombre que, él solo, independizó Estados Unidos. No fue así. La victoria estadounidense fue consecuencia de numerosos factores y la intervención francesa, especialmente en Yorktown, resultó fundamental.
Pero tampoco puede entenderse aquella guerra mirando únicamente las batallas libradas por Washington.
Mientras los rebeldes combatían a los británicos en las Trece Colonias, Gran Bretaña tenía que enfrentarse a una guerra que se había hecho global. Francia atacaba sus intereses y España combatía contra los británicos desde el Mediterráneo hasta América.
Las campañas de Gálvez obligaron a Gran Bretaña a defender el Misisipi y el golfo de México y eliminaron bases desde las que los británicos podían haber amenazado el flanco sur de los rebeldes.
Y no lo decimos solamente nosotros dos siglos después. Cuando en 2014 el Congreso de Estados Unidos decidió conceder a Bernardo de Gálvez la ciudadanía honoraria a título póstumo, la resolución recordó expresamente que proporcionó suministros, información y apoyo militar a los estadounidenses, destacó sus victorias en Baton Rouge, Natchez, Mobile y Pensacola y señaló que sus tropas protegieron el flanco sur de Estados Unidos durante la Revolución americana.
El héroe que tardó más de dos siglos en llegar al Capitolio
Gálvez no tuvo demasiado tiempo para disfrutar de su gloria. Carlos III lo recompensó con títulos y honores. Fue nombrado gobernador y capitán general de Cuba y posteriormente virrey de Nueva España. Murió en 1786, en Ciudad de México, con apenas cuarenta años.
Su nombre, sin embargo, permaneció al otro lado del Atlántico de una manera que muchos españoles desconocen. La ciudad de Galveston, en Texas, lleva su nombre, al igual que la bahía de Galveston y otros lugares de Estados Unidos. Pero quizá la historia que mejor explica el extraño destino de Gálvez sea la de su retrato.
En 1783, terminada prácticamente la guerra, el Congreso estadounidense quiso reconocer la ayuda prestada por el militar español y acordó que su retrato fuera colocado en el lugar donde se reunía. La decisión, sin embargo, quedó olvidada y durante más de dos siglos aquel cuadro nunca llegó a ocupar el lugar prometido.
Hasta 2014. Ese año, 231 años después de aquel reconocimiento, un retrato de Bernardo de Gálvez fue finalmente colocado en el Capitolio de Estados Unidos. Pocos meses después llegó un honor todavía más excepcional.
En diciembre de 2014, el presidente Barack Obama firmó la resolución por la que Bernardo de Gálvez fue proclamado ciudadano honorario de Estados Unidos a título póstumo, una distinción extraordinariamente rara.
La resolución del Congreso reconocía que sus tropas habían protegido los territorios estadounidenses durante la guerra y destacaba expresamente su papel en la independencia.
Hay cierta justicia poética en todo ello. Estados Unidos necesitó más de dos siglos para cumplir la promesa de colocar entre sus paredes al malagueño que había combatido contra los británicos cuando la supervivencia de la joven nación todavía estaba muy lejos de estar garantizada.
España, mientras tanto, sigue teniendo una relación peculiar con sus propios héroes. Tal vez porque durante demasiado tiempo hemos contado nuestra historia a la defensiva, respondiendo a lo que otros decían de nosotros, en lugar de contarla nosotros.
Bernardo de Gálvez no necesita que exageremos sus hazañas ni que reescribamos la independencia estadounidense para hacerle un hueco, basta con contar lo que hizo.
Un malagueño de treinta y pocos años dirigió tropas por el Misisipi, conquistó posiciones británicas, tomó Mobile, se plantó ante Pensacola y, cuando otros dudaron si entrar en aquella bahía, decidió pasar primero. «Yo solo», decía su escudo. Quizá lo verdaderamente incomprensible sea que hayamos tardado tanto en contarlo.