El guante rojo de Marrakech y la advertencia que dejó Ceuta
Cuando la hice, solo veía a un niño intentando golpear a otro mientras los demás observaban. Hoy veo también una metáfora involuntaria
El guante rojo de Marrakech y la advertencia que dejó Ceuta
El puño está detenido a unos centímetros del cuerpo. El niño mira a su adversario mientras este ocupa el extremo derecho de la fotografía, enorme por efecto de la proximidad. Lleva unos guantes rojos demasiado grandes para sus brazos y, detrás, se acumulan otros muchachos observando el combate.
Podría ser una escena construida, un «bodegón», pero es una pelea callejera de menores en Marrakech hace 23 años, uno de esos espectáculos que aparecen en determinados lugares ante la mirada de adultos que contemplan cómo dos niños convierten el juego en combate y donde se les permite apostar.
La fotografía tiene una composición casi circular. Entramos por los espectadores de la izquierda, avanzamos hacia el minarete, descendemos hasta el rostro del niño y terminamos en el guante rojo. Después, el cuerpo de su contrincante nos expulsa por la derecha.
El minarete sitúa culturalmente la escena sin necesidad de escribir Marruecos en el pie de foto. Y, sobre todo, está el cielo, un azul extraordinariamente limpio que ocupa media fotografía y contra el que sucede algo mucho menos inocente. La luz es dura, frontal, africana. Los colores primarios (azul y rojo) proporcionan una apariencia casi alegre a una situación que no lo es tanto.
Cartier-Bresson habría hablado del instante en que forma y significado coinciden. Aquí sucede en la mirada. El golpe todavía no ha llegado y los ojos del muchacho ya lo contienen. La fotografía ha detenido exactamente ese territorio que existe entre la intención y la consecuencia.
Veintitrés años después, miro ese guante y es imposible no pensar en Ceuta.
Los días 30 y 31 de julio de 2026, más de 80.000 personas entraron irregularmente desde Marruecos en una ciudad de apenas 85.000 habitantes. Asaltaron la ciudad, por seguir siendo estrictos. Dos meses después, más de 10.000 continúan allí y el Estado ha tenido que declarar la situación de interés para la seguridad nacional.
Hay una discusión abierta sobre qué papel desempeñó Marruecos. Un informe policial encargado judicialmente describió una «total permisividad» en momentos críticos, menor presencia policial marroquí de la habitual y testimonios de personas que dijeron haber recibido indicaciones de agentes hacia los puntos de entrada.
En Marruecos gobierna el Rey, por mucho Gobierno y partidos que diga tener, y el Rey, con todo su séquito, estaba ese día en la Celebración del Trono en Castillejos, pegado a la frontera de El Tarajal; es imposible que no supiera nada y, por lo tanto, es supuestamente responsable de permitir la invasión de Ceuta.
El propio Pedro Sánchez ha reconocido que durante unas diez horas la policía marroquí permitió los cruces, aunque sostiene que no existen pruebas sólidas de que Rabat organizara la operación. Marruecos lo niega y atribuye lo sucedido a las mafias, las redes sociales y la interpretación de una sentencia española. Pamplinas.
Tampoco puede decirse que España careciera completamente de señales. Al contrario: la documentación oficial publicada posteriormente recoge comunicaciones sobre «nadadores» desde el día 27 y una alerta del CNI el 29 sobre convocatorias en redes para una entrada masiva.
El alcance de esas advertencias, quién las recibió y si permitían prever una avalancha de semejante magnitud forman parte precisamente de la controversia que ahora se investiga. El presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, ha declarado que reclamó reiteradamente refuerzos antes del día 30; el Gobierno discrepa sobre parte de esos contactos.
Ahí encuentro la relación con esta fotografía. No en equiparar a quienes cruzaron la frontera con un puño, sino en el golpe político y territorial que una entrada de esas dimensiones supone para una ciudad española. El guante está delante de nosotros y la cuestión es qué ocurre cuando sabemos que puede llegar y confiamos en que alguien lo detendrá.
Existe, además, un fondo histórico imposible de ignorar. Marruecos no reconoce la soberanía española sobre Ceuta y Melilla y mantiene su reivindicación sobre ambas ciudades. España las considera parte integrante de su territorio. En agosto, declaraciones de ministros marroquíes reivindicándolas provocaron una protesta diplomática española. Y el próximo 13 y 14 de octubre, Felipe VI y la Reina Letizia visitarán ambas ciudades, un viaje de considerable significado precisamente por esa disputa.
También está el Sáhara Occidental. En 2022, el Gobierno español modificó su posición tradicional y respaldó el plan marroquí de autonomía como la propuesta que consideraba más seria y creíble para resolver el conflicto. Aquello abrió una nueva etapa de cooperación con Rabat, pero no eliminó la cuestión de Ceuta y Melilla ni las reivindicaciones marroquíes.
Por eso esta fotografía ha adquirido otro significado. Cuando la hice, solo veía a un niño intentando golpear a otro mientras los demás observaban. Hoy veo también una metáfora involuntaria.
El instante decisivo de Cartier-Bresson sucede antes del impacto.
Y quizá en política y en seguridad ocurra exactamente lo mismo: la fotografía importante no es la del golpe recibido, sino aquella en la que todavía estamos a tiempo de verlo venir.