Una de las suntuosas estancias de Welbeck AbbeyMARK ASHER PHOTOGRAPHY

Picotazos de Historia

La extravagante mansión del V Duque de Portland: salas de baile subterráneas, túneles y docenas de mesas de billar

William John Cavendish-Scott-Bentinck (1800–1879) fue tenido por lunático, pero desempeñó una ingente labor con sus empleados y sus familias

En el norte del condado de Nottingham, en la parte que incluye el famoso bosque de Sherwood donde Robin Hood hacia de la suyas, existe una extensa área conocida como The Dukeries. Y es que el rey Carlos II enajenó buen aparte de las posesiones de la corona que aquí tenía para poder dotar de patrimonio a cuatro casas ducales inglesas: Norfolk, Portland, Kinston y Newcastle.

El ducado de Portland fue creado en 1716, junto con el marquesado de Titchfield, para Henry Bentinck, IIº conde de Portland. Los Bentinck eran una familia noble holandesa procedente del ducado de Gueldres. William Bentinck, primer conde de Portland, fue paje de William de Orange cuando solo era príncipe de Orange. Acompañó a su señor cuando fue elegido rey de Gran Bretaña y prosperó junto a él.

En el año 1800 nació William John, a quien todos llamarían John. Fue el segundogénito del IVº duque de Portland. Era un niño enfermizo, delicado, extremadamente tímido y reservado. Fue educado en casa por tutores. A pesar de su delicada salud y timidez lo apuntaron a un regimiento de la Guardia, en donde sirvió con dedicación si no con brillantez. Abandonó el servicio con el grado de capitán de un regimiento de Granaderos Reales en 1830.

Para entonces ya había muerto su hermano mayor y de segundo pasó a convertirse en The Most Honourable marqués de Titchfield, heredero del ducado de Portland.

William John Cavendish-Scott-Bentinck, el quinto duque de Portland (1800–1879)

En 1854 John se convirtió en Su Gracia el Vº duque de Portland además de los títulos anejos a la dignidad principal. Se instaló en la casa familiar que era Welbeck Abbey en Nottinghamshire de donde apenas se movió. Será durante esta nueva etapa de su vida en la que el nuevo duque demostrará una originalidad y extravagancia que harán sospechar a muchos de que estaba completamente loco, otros muchos, por el contrario, verán a una persona brillante y original pero tímida.

Una casa impresionante

Welbeck Abbey es una impresionante casa solariega, principal residencia de los duques de Portland. La casa estaba rodeada, en aquel entonces, por una finca con una extensión de más de seis mil hectáreas. Para John el encontrarse de vuelta en el familiar entorno de su hogar de nacimiento fue una liberación. Pero ahora llegaba a Welbeck Abbey como amo y señor, lo que permitió al nuevo duque transformarse en lo que siempre había deseado ser: un ermitaño.

Se cree que la inseguridad y timidez del Vº duque se agravó al sufrir el humillante rechazo de una famosa cantante y artista de variétés llamada Adelaida Kemble. El suceso ocurrió durante su estancia en Londres donde la casa de los Portland se encontraba en Harcourt House en Cavendish Square. Tras el fracaso amoroso el joven se retrajo aún más.

De vuelta a Welbeck Abbey iniciará una serie de trabajos y reformas que pronto llamarán la atención. Primero construyó un alto muro en torno al huerto de la casa –de cuatro hectáreas de extensión–, el muro tendría nichos para permitir poner braseros en su interior para que el calor ayudase a madurar a los productos de la huerta.

Un descomunal picadero

Gran amante y conocedor de los caballos ordenó que se construyera el segundo mayor picadero de Europa –el primero estaba en San Petersburgo– con 121 metros de largo por 33 de ancho y 15 de altura. Al picadero acompañará una pista de carreras de 386 metros de largo, climatizada para permitir su uso en cualquier estación del año y con un complejo sistema de iluminación por gas con más de cuatro mil bocas de donde brotaban las llamas. El suelo de la pista estaba cubierto por virutas y serrín de roble, residuos de las curtidurías propiedad del señor duque que resultaban ser un suelo excelente para que corrieran los caballos.

Esta impresionante instalación estaba unida a la casa por un túnel subterráneo de unos ochocientos metros y con la anchura suficiente para permitir el paso de un caballo y su palafrenero por cada dirección. Paralelo a este túnel había otro que llevaba de la casa a la estación del ferrocarril. Este túnel tenía tres kilómetros de largo y la anchura y altura sobrada para conducir un carruaje y su tiro de tres o cuatro caballos a través de el.

Las reformas que realizó en la casa fueron extraordinarias. Para empezar creo un sistema de portaplatos y mecanismos de poleas que permitían que la comida le llegara al lugar donde pensaba almorzar sin necesidad de interacción humana. Pero lo más extraordinario fueron las llamadas «habitaciones subterráneas» y es que ordenó al construcción de veinticuatro kilómetros de túneles y salas ocultas, tan ingeniosamente construidas que no son visibles ni alteran el paisaje alrededor de Welbeck Abbey. Por debajo del suelo, muchas de ellas iluminadas por medio de ingeniosos sistemas de claraboyas y espejos que permiten reflejar los rayos del sol, existe un dédalo de salas y pasillos en las que podemos encontrar: una biblioteca compuesta por cinco salas contiguas, una sala de billar dotada con una docena de mesas de billar que jamás han sido usadas, un salón de baile de casi cincuenta metros de largo por veinte de ancho que nunca fue estrenado. Hay docenas y docenas de estancias por debajo del suelo y todas tienen una característica común: todas ellas están pintadas de un color rosa suave, que parece que es el que más complacía a Su Gracia.

La casa, aunque está dotada con todos los lujos y comodidades que se pueden desear en la sexta década del siglo XIX –y con todas sus estancias pintadas de rosa pálido, una obsesión ya empalagosa– paulatinamente será abandonada por su propietario que se retirará a unas pocas habitaciones del ala norte.

Una pista de patinaje

Pero estas obras, que causan extrañeza, cuando no asombro y admiración entre las gentes y pánico y horror entre la familia y futuros herederos, requirieron del trabajo de miles de operarios. Y aquí entra la parte más amable y humana del loco duque de Portland.

Para los tiempos que eran el duque de Portland resultó ser un patrón extraordinariamente considerado y humano. Cualquier persona que empezara a trabajar para él recibiría un traje nuevo cada año y un par de botas, además se le entregaría un burro para ayudarle a desplazarse al lugar de trabajo, con más motivo si tenía que transportar sus propias herramientas. También se le entregaría un paraguas para que estuviera protegido de la lluvia.

La verdad es que todas las personas de los pueblos de alrededor adoraban al señor duque. Vivían gracias a él y los sueldos que recibían eran justos. Bien es verdad que era mas raro que un perro verde. Tímido hasta la exageración, no permitía que nadie le saludara ni le mirase a los ojos. Extremadamente considerado con todo el mundo, si las circunstancias se le exponían con sinceridad y en detalle siempre buscaría la forma de ayudar. Pero también podía ser rencoroso y vengativo, no soportaba a los holgazanes ni aquellos que intentaban abusar de su buena fe.

Sufragó el sueldo de los maestros para que instruyeran a los hijos de los trabajadores mientras estos trabajaban. Construyó una pista de patinaje y animó a todos los trabajadores y sus familias para que la usaran para su esparcimientos; lo mismo que el lago de la finca, para lo cual ordenó que se construyera un embarcadero y varias botes de remo.

William John Cavendish –Scott– Bentinck, Vº duque de Portland falleció el día 6 de diciembre de 1879, un sábado a las 5:35 horas de la madrugada, en su mansión londinense de Harcourt House. Su muerte fue muy llorada por todos los pueblos alrededor de Welbeck Abbey y por la gente que se benefició de su generosidad. Fue llamado el «amigo de los trabajadores»