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Retrato de Barbara Villiers

Retrato de Barbara Villiers

Picotazos de historia

Barbara Villiers, la amante que dominó la corte de Carlos II de Inglaterra

Vendió información a los embajadores de España y Francia; vendió influencias, cargos, prebendas y sinecuras. Gastaba con prodigalidad en absurdos caprichos, por lo que aceptaba toda forma de soborno

Hoy vamos a entrar en la parte más frívola de la historia y voy a contarles unos cotilleos de la corte del rey Carlos II Estuardo de Gran Bretaña. Créanme que son mucho más jugosos que los que encontramos en Madrid, aunque estos también tienen su cosa, si hacemos caso de lo que nos cuentan los avisadores (personas que escribían desde el lugar dando «avisos» de los sucesos ocurridos, el antepasado del periodista).

Vamos a centrarnos en la década de 1660, ya que verá sus inicios en la restauración de los Estuardo al trono tras la muerte de Cromwell. También marcará la fortuna y ascenso de Edward Hyde, realista que ha acompañado a los Estuardo en el exilio. Es persona seria, sobrio en sus modales y costumbres, pero muy lejos de ser un puritano.

Tiene un golpe de suerte brutal cuando el duque de York —James Estuardo, el hermano del rey— se enamora de su hija y decide casarse con ella. A Edward no le hace ninguna gracia, ya que conoce bien al duque de York, y es que ambos hermanos Estuardo parecen competir en quién deja más bastardos detrás de sí.

Edward Hyde

Edward HydeWikimedia Commons

Anne Hyde se casa con James. Edward jamás volverá a hablar a su hija con otro tratamiento que no fuera Alteza o Señora; en compensación, se le creará barón Hyde, vizconde Cornbury y conde de Clarendon. Virtualmente controlará el gobierno, como canciller del Reino, durante los próximos siete años.

El principal rival y enemigo de Clarendon es George Digby, conde de Bristol. Este personaje, nacido en Madrid, donde su padre fue embajador durante muchos años, fue una personalidad intensa, conflictiva, contradictoria y encantadora. El contraste con Clarendon no podía dejar de notarse.

Bristol fue católico por decisión personal, lo que obligó a Clarendon a privarle de puestos en la corte al estar prohibidos a los católicos por ley. En 1664 abjuró del catolicismo y públicamente abrazó el luteranismo. Como enemigo jurado de Clarendon apoyaba la postura contraria a la que sostuviera este. Así, mientras este organizaba el matrimonio de Carlos II con Catalina de Braganza, Bristol se mostraba acompañando públicamente a la amante del rey. A la larga, las incoherencias de Digby acabarían acabando con él mismo, pero consiguió que la amante del rey centrara su odio en el serio ministro de la Corona y, con el tiempo, le destruiría.

Barbara Villiers (1640-1709) era miembro de una importante familia cuyo elemento más destacado era el duque de Buckingham. Este había acompañado a Carlos II, cuando era príncipe de Gales, en una romántica aventura en Madrid pretendiendo casarse con una infanta española. El asunto fue muy sonado, pero quedó en nada.

El padre de Barbara había arruinado a su familia levantando y armando tropas en defensa de Carlos I durante la guerra civil. Murió en combate. Barbara, con diecinueve años, contrajo matrimonio con un político en ascenso llamado Roger Palmer, a quien habían hecho conde de Castlemaine. No se consideró entre los Villiers como un matrimonio ventajoso, pues Palmer era católico, pero tenía acceso al rey y eso siempre era importante.

Barbara era una mujer alta, con una hermosa figura para los voluptuosos estándares de la época. Su piel era de una blancura extrema y su cabellera castaña era la envidia de muchas. Se sabía hermosa, era decidida y completamente desinhibida. Vamos, que en menos de un año tenía al rey en el bote y era su amante oficial y pública, y a su marido le profetizaron «que sería el hombre más desdichado del reino».

Retrato de Barbara Villiers, primera duquesa de Cleveland (1640-1709), amante de Carlos II de Inglaterra

Retrato de Barbara Villiers, primera duquesa de Cleveland (1640-1709), amante de Carlos II de Inglaterra

Disfrutando del favor real empezaron a llover sobre ella privilegios y prebendas que la enriquecieron rápidamente. Al cornudo del marido le crearon barón y conde de Limerick (en Irlanda), con la condición de que los títulos se transmitieran por línea de descendencia de Barbara Villiers, no de Roger Palmer. Todo el mundo fue consciente de que era una manera de encajarle a los futuros bastardos reales.

Barbara tuvo seis hijos en total y se tiene la certeza de que ninguno fue de su marido, aunque al primer hijo —una muchacha encantadora llamada Ana, que casó con el conde de Essex— se le atribuyen al menos tres padres diferentes: el rey Carlos II, Roger Palmer y el conde de Chesterfield. Al final todos adoptarían el apellido FitzRoy, junto con sus hermanos de diferentes lechos, al ser reconocidos por el rey. El sexto y último hijo se llamaría como su madre, Barbara. La niña ingresaría en un convento. Con toda seguridad fue hija de John Churchill, primer duque de Marlborough.

Y es que la señora condesa de Castlemaine era poseedora de unos muy activos apetitos conjugados con la más absoluta desvergüenza. Vendió información a los embajadores de España y Francia; vendió influencias, cargos, prebendas y sinecuras. Gastaba con prodigalidad en absurdos caprichos, por lo que aceptaba toda forma de soborno.

Carlos II le regaló el palacio de Nonsuch, que ella desmontó y vendió hasta las vigas para pagar sus deudas. Consiguió acabar con la carrera política de Clarendon para alegría de Bristol. Este, aunque notoriamente homosexual, se había casado con una Russell, hija de los condes de Bedford. Tuvo cuatro hijos y moriría diez años más tarde físicamente destrozado por todos los excesos. Fue el tatatarabuelo de Sarah Ferguson, la ex duquesa de York.

Retrato de Carlos II de Inglaterra

Retrato de Carlos II de Inglaterra

Barbara Villiers fue creada baronesa de Nonsuch y duquesa de Cleveland, a condición de que sus herederos fueran los hijos de Carlos II. Con el rey siempre mantuvo una afectuosa relación, aunque hubiera perdido el favor y hubiera sido sustituida por otras más jóvenes. En total se conocen los nombres de catorce amantes de Carlos Estuardo y al menos habrá el doble que se desconozcan. Reconoció a catorce hijos a los que permitió llevar el apellido FitzRoy, otorgando un ducado a los varones (Grafton, Monmouth, Southampton, Cleveland, Northumberland, St Albans, Lennox y Richmond).

Con todo, la duquesa de Cleveland mantuvo numerosos amantes a lo largo de su vida, individuos de la peor ralea y de cada vez más indigno jaez. Viuda —¡por fin!—, casó en 1706 con el general Robert Fielding. Este señor era un sinvergüenza, estafador y bígamo. Viudo dos veces, se casaba con ricas herederas y dilapidaba su fortuna. Se sospechaba que sus esposas murieron víctimas de sus malos tratos.

Antes de casarse con Barbara Villiers, Fielding estudió la fortuna de una viuda y casó con ella, en secreto, dos semanas antes de hacerlo con la duquesa de Cleveland. Sobornó a los testigos de la anterior boda para que permanecieran callados y poder dilapidar la fortuna de sus dos esposas, a las que encima maltrataba. Harta del energúmeno al que se había atado, Barbara Villiers denunció al general Fielding por bígamo, maltrato y amenazas. El divorcio fue un escándalo morrocotudo que no hizo ninguna gracia al nuevo rey, que era James Estuardo.

Barbara murió en 1709. Murió siendo una mujer muy rica, a pesar de que lo que conservaba apenas era una pálida sombra de lo que llegó a tener.

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