Mao Zedong
«Mao no le daba valor a la vida humana»: 50 años de la muerte del dictador que arrasó China con purgas
Mao, apodado el Gran Timonel, fue responsable de más de 70 millones de muertes, provocadas por la Gran Hambruna china y las tres grandes purgas que asolaron el país asiático
El 9 de septiembre de 1976, tras sufrir tres ataques cardíacos graves, Mao Zedong, el tirano que arrasó China con hambre y represión, fallecía tras 27 años en el poder.
La China de Mao «era una ruina», indica el escritor político Doug Bandow en The American Conservative. «La crueldad con los enemigos, la intolerancia hacia la crítica, la certeza ignorante, el utopismo dogmático y la determinación de gobernar o arruinar caracterizaron su reinado», analiza.
Mao, apodado el Gran Timonel, fue responsable de más de 70 millones de muertes, provocadas por la Gran Hambruna china y las tres grandes purgas que asolaron el país asiático. «Era tan malvado como Hitler o Stalin, e hizo tanto daño a la humanidad como ellos. Sin embargo, el mundo sabe asombrosamente poco sobre él», consideró la escritora Jung Chang, quien, junto a su marido, el historiador Jon Halliday, publicó una biografía sobre él titulada Mao: La historia desconocida.
Y es que su ideología y poder fueron consolidándose a base de muertes. «Mao no le daba valor a la vida humana. La muerte de otras personas no significaba nada para él», dijo Li Riu, secretario del dictador chino y uno de los pocos en la corte de Mao que se atrevió a llevarle la contraria.
Fue precisamente su vehemencia la que impresionó al Gran Timonel, quien en 1958 le nombraría su secretario personal. Pero poco después esa misma franqueza le costaría dos años de cárcel al atreverse a criticar públicamente la desastrosa política del Gran Salto Adelante, que costaría la vida a decenas de millones de personas y, por extensión, perjudicaría a un líder que empezaba a proyectarse como infalible.
«Ya en 1958, Mao afirmó que el culto a la personalidad era necesario», advirtió el exsecretario personal del dictador chino. «Para la época de la Revolución Cultural (1966-1976), esto se había convertido en un culto maligno», sentenció Li.
Prueba de ello es el testimonio de Ai Hua, que tenía 16 años cuando se unió a los Guardias Rojos, una especie de ejército que, dentro de la siniestra maquinaria del presidente chino, debía delatar e informar de cualquiera que fuese contrario al partido maoísta.
«Recuerdo que un compañero una vez nos llevó a mí y a otra niña a una cámara de tortura para ‘educarnos’ porque no éramos suficientemente radicales», recuerda Ai en la BBC.
Soldados del Ejército Popular de Liberación chino recitan en abril de 1970 algunos párrafos del «Pequeño Libro Rojo» de Mao Zedong
Según explica Elisabeth Perry, experta en historia y política china de la Universidad de Harvard, en declaraciones al medio BBC Mundo: «El líder chino decidió atacar a todos sus potenciales enemigos, pero lo hizo de una forma diferente a otros dictadores: no fue con la policía o con organismos de seguridad, sino de una forma incluso más macabra: movilizó a la gente común, a los campesinos, a los estudiantes, a los trabajadores, para que hicieran su voluntad».
Ai Hua recuerda que, al comienzo de la Revolución Cultural, varios estudiantes acusaron a su profesor de chino de «formar una sociedad reaccionaria a través de la poesía». Este señalamiento hizo que el profesor se ahorcase en una clase: «Yo tenía solo 16 años en esa época. Pensaba que no era correcto golpear a la gente, que el mundo se había vuelto loco y que ya no se nos permitía pensar», confesó Ai en el medio británico.
Las víctimas de la Revolución Cultural fueron detenidas y reeducadas para jurar fidelidad al partido. En caso contrario, fueron torturadas, golpeadas hasta la muerte, enterradas vivas, lapidadas, decapitadas…
Y es que las vejaciones a las que eran sometidos los que eran acusados de traidores eran terribles: «Olvidé mi dignidad, mi futuro, mi libertad, todo», asegura Harry Wu, preso político a quien sometieron durante 19 años a trabajos forzados, durante los que fue torturado, golpeado y sometido a inanición.
Los testimonios de Li Riu, Ai Hua y Harry Wu, aunque proceden de experiencias radicalmente distintas, tienen algo en común: los tres se enfrentaron, de una forma u otra, a un régimen que no toleraba la discrepancia.
Ilustración de Mao Zedong con una gran multitud de personas
Li lo hizo desde el círculo más próximo a Mao, atreviéndose a cuestionar sus decisiones y pagando por ello con la cárcel. Ai Hua descubrió siendo apenas una adolescente hasta dónde podía llegar la violencia de un sistema que había convertido a los propios ciudadanos en vigilantes de sus vecinos, profesores y familiares.
Harry Wu, por su parte, sufrió en primera persona la maquinaria represiva del Estado y, tras salir de aquel infierno, se convirtió en activista y defensor de los derechos humanos, dedicando el resto de su vida a denunciar los abusos del sistema penitenciario y los campos de trabajos forzados en China.
Sus historias reflejan, medio siglo después de la muerte de Mao, las consecuencias de un régimen cuyo legado fue la devastación de toda una sociedad.